ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 55, enero-febrero 2024

VUELTA A LOS PRINCIPIOS SOCIALISTAS: EL COSTE DE LA LIBERTAD

Jesús Mora (Investigador postdoctoral Margarita Salas de la Universidad Carlos III de Madrid)

 

Es constatable que muchos colectivos humanos valoran de manera muy intensa la libertad. La Izquierda debe tenerlo en cuenta; ahora bien, eso no puede llevar a menospreciar otros valores que son medulares en el socialismo, y sobre todo la igualdad. Por ello es necesario mostrar cómo se incluye la libertad en un sistema de objetivos más completo, de manera que se comprendan las reciprocidades de la libertad y sus costes, los sacrificios que a menudo exige la libertad, y el ideal de conseguir la mayor para todos

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En 1993, el filósofo marxista Jerry Cohen contemplaba exasperado un documento del Instituto para la Investigación en Políticas Públicas del Partido Laborista británico. En los prolegómenos de la más tarde bautizada como Tercera Vía, a Cohen le escandalizaba que la respuesta de los laboristas a sus cuatro fracasos electorales consecutivos (tres contra Thatcher, uno contra su sucesor, John Major) consistiera en revisar los fundamentos teóricos socialistas que durante décadas habían inspirado la acción partidista y sindical de izquierdas en Gran Bretaña, pero que ahora resultaban poco atractivos para los electores. Jerry coincidía en el diagnóstico, pero impugnaba el tratamiento recetado: si los principios habían dejado de ser atractivos, había que revisar la línea estratégica del partido —en el plano comunicativo y tal vez en la fijación de prioridades—, mas nunca renunciar a los principios mismos pues, sin ellos, ninguna propuesta de los laboristas podría jamás ser “auténticamente suya”. El relato de lo que había pasado en las décadas anteriores avalaba esta perspectiva: aun cuando Hayek y Friedman sabían que sus ambiciosos horizontes desreguladores eran inalcanzables en el contexto del Estado de bienestar aún vivo a finales de los ’70, los economistas y filósofos neoliberales fueron siempre inflexibles en la negociación de sus principios. Tal vez fue ese espíritu inquebrantable el que granjeó a los conservadores, liderados por la Dama de Hierro, su éxito electoral. Su objetivo nunca fue gobernar el país durante una legislatura, sino cambiar el ethos de la sociedad.

La izquierda sigue navegando perpleja ante el poder discursivo que la palabra libertad, tal y como la entendían los ingenieros de la revolución neoliberal, aún atesora tres décadas después del fatídico giro en el laborismo que denunciaba nuestro filósofo. Es imposible ignorar el peso que el vocablo ha adquirido alrededor del mundo, en la órbita del negacionismo científico asociado a la pandemia. Recientemente, el podcast diario del periódico El País dedicó una serie a los orígenes y el ascenso de Javier Milei hasta la presidencia de Argentina. Entre muchos otros factores asociados a su personalidad, al contexto económico de la nación y a su amplio aprovechamiento de las redes sociales, el patrón del discurso basado en la libertad se repite, en la narración del fenómeno Milei, como el eco de un grito mundial que nos encamina a un nuevo giro ultraderechista. Joaquín de la Torre, exministro de la administración Macri que anticipó esta versión más sublimada del capitalismo extremo, relata, en el tercer episodio de la serie, que mantuvo una veintena de reuniones durante la pandemia con familias del conurbano bonaerense, todas ellas de clase trabajadora. En esos encuentros, le sorprendió constatar la falta de referencias al término “enfermedad” en las discusiones sobre las consecuencias del COVID-19. Con el mundo detenido, era mucho más común en esos entornos clamar por el cierre de las escuelas que no por las muertes de decenas de miles de compatriotas, víctimas de la transmisión del virus.

Creo que los partidos y movimientos de izquierda tienen dos razones para preocuparse por esa tan habitual obliteración, en el abordaje público de la pandemia, del hecho de que millones de personas perdieron la vida o enfermaron gravemente alrededor del mundo, y otras tantas vieron sufrir y partir a sus allegados desde la distancia y la frialdad de aquellos fatídicos días. Ambas razones tienen que ver con la libertad. En primer lugar, la denuncia de las familias pobres de las afueras de Buenos Aires nos recuerda que la libertad, toda la libertad, tiene bases materiales. Una decisión que nos protege del contagio, como el cierre de los centros educativos, no condiciona de igual manera la libertad de una familia con escasos recursos —que afronta la dura decisión de seguir yendo a trabajar y dejar a sus criaturas descuidadas en casa— que la de quienes pueden permitirse externalizar las tareas de cuidados. Esto también afecta a nuestra sensibilidad a la enfermedad: si exponernos al contagio es la única manera de garantizar un sustento, la realidad material nos empuja a dejar las consideraciones sanitarias en un segundo plano. Sin duda es imperativo insistir en esos cimientos económicos de la libertad, pero, además, la izquierda debería empezar a enfatizar, con urgencia, la idea de que la verdadera libertad solo es posible si establecemos límites al actuar individual. En el trasfondo de las manifestaciones negacionistas y contra los confinamientos, caldo de cultivo del apoyo electoral a figuras como Milei, subyace la perspectiva de que la libertad individual es sacrosanta hasta el punto de no sujetarse nunca a un contrapeso de valores. La libertad de uno, vagamente definida como un concepto que lo atrapa todo, no puede, por tanto, ser restringida en nombre de cualquier otro objetivo, por valioso que este sea, por mucho Texto

Descripción generada automáticamente que esté vinculado a la preservación de la salud y la vida misma.

¿Cómo articular, ante este panorama, una respuesta al discurso derechista basado en la libertad sin renunciar, por el camino, a los principios socialistas? En ocasiones pensamos que la respuesta pasa por desafiar la mistificación que la libertad opera respecto a otros valores, en recordar que el verdadero debate no se da entre la libertad y su ausencia, sino entre diferentes dimensiones de esta: la preservación de la vida, por un lado, tomar cañas en terrazas, por el otro. No dispongo de fundamentos empíricos que permitan contrastar el éxito o el fracaso de esta estrategia. No obstante, sí que creo que la izquierda dispone de otra arma en el arsenal de los fundamentos filosóficos del socialismo que a menudo olvidamos: recordar que la libertad siempre comporta sacrificios.

Una “vuelta a los principios socialistas” como la que reivindicaba Cohen nos permite rescatar fácilmente esta idea y, con ello, impulsar cambios en la conciencia pública en términos que favorezcan el éxito cultural, social y electoral de las políticas y las metas progresistas en los próximos años. Basta con repasar los artículos que Marx dedicó al problema de la libertad en la Gaceta Renana —hace casi dos siglos— para encontrar horizontes que nos orienten en ese sentido. Si, como señalaba con su habitual crudeza e ironía el joven Karl, “nadie combate la libertad, lo que combate es a lo sumo la libertad de otros”, quizá no debamos afanarnos tanto en contraponer libertad a salud, igualdad o seguridad, sino en recordar que la libertad es imposible para todos sin que cada uno acepte limitar la suya propia.

Un par de reflexiones finales. Primero, la izquierda ha fiado, por buenas razones, una gran parte de la reivindicación de la justicia de sus propuestas al problema de la desigualdad. Nunca deberíamos dejar de subrayar, sin embargo, que la igualdad importa porque es lo que permite que todos, sin excepción, seamos libres. Segundo, resituar la libertad en el arsenal discursivo de la izquierda no debe comportar una renuncia a sus principios, sino una vuelta a los mismos que nos permita entender, y hacer comprender al electorado, hacia dónde vamos y por qué nuestra concepción de la libertad es más valiosa que la versión fratricida que hoy reivindican los movimientos reaccionarios a nivel mundial.

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