ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 55, enero-febrero 2024

ELECCIONES, CONSENSO NACIONAL Y PROPAGANDA DE LAS DERECHAS

Hombre con la mano en la cara Descripción generada automáticamente con confianza media
Enrique del Teso (Profesor de Lingüística de la Univ. de Oviedo. Ha escrito sobre Lingüística, Comunicación y temas sociopolíticos)

 

Las elecciones del último 23J clarificaron el “mapa democrático” de España. Aparece una gran pluralidad política y diversidad territorial que hace inevitable el diálogo y la negociación permanentes para asegurar la gobernabilidad; incluyendo temas como la amnistía para retornar a un clima de sosiego político, frente a la crispación y el radicalismo innecesarios del “procés” de 2017 en Catalunya. La vuelta de Junts y de Puigdemont a la política es una apuesta valiente, con beneficios mutuos, por una convivencia en paz y progreso. Enfrente están las derechas con otros objetivos políticos y sociales antagónicos. Así, la izquierda tiene que entender mejor a la gente, gestionar mejor lo público y dejar de “sacar brillo” a su ideario

Las elecciones de julio dejaron un rosario de partidos precarios. Las instituciones y los actores políticos fueron prensados por las tensiones internas y por la onda expansiva del exterior. Parecía que eran hollejos sin valor lo que se exprimía, visto el tono de la campaña electoral y la pequeñez de todas las fuerzas. Pero el jugo resultado de ese prensado fue virtuoso. La sensibilidad política mayoritaria en el parlamento coincidió con la del país. En España asusta más Vox que Bildu. De hecho, Bildu no asusta, es solo un espantajo con el que la derecha quiere agitar odio. Feijoo dijo haber ganado las elecciones y que le robaban el gobierno (la derecha solo lee la línea de la Constitución donde dice que España es una monarquía). Pero lo que realmente ocurrió fue que no formó gobierno porque la mayoría de los españoles estuvo en contra. Esta fue parte de la virtud que salió de tanta presión política. Pesó más la verdad que el odio.

Pero hubo otra parte virtuosa. En la famosa transición se cultivó el arte de la negociación y de los acuerdos imposibles. Había una sensación intensa de tarea común inevitable, en parte motivada por el miedo. Se circulaba por una senda muy estrecha con precipicios a los lados y todo el mundo entendió que no se podía romper la baraja. Algo así, en pequeño, flotó en el ambiente postelectoral de julio. El ambiente se erizaba de odio y se espesaba de amenaza. Por eso, la primera sensación fue de alivio. Se llegó a un acuerdo para gobernar entre piezas muy heterogéneas porque ninguna de esas piezas se podía permitir no llegar a un acuerdo. Volvía la implicación en la tarea común. La crispación inicial de tener que entenderse con Junts y Puigdemont fue abriendo una puerta virtuosa. El núcleo de la negociación era el sapo político de la amnistía, mal vista por la mayoría y por muchos sectores progresistas. La puerta virtuosa fue que se nos recordó que el peor cisma civil que vivimos recientemente fue el que enfrentó a las dos mitades de la población catalana y a Cataluña con el resto de España. Los indultos de la legislatura anterior habían sacado vapor de aquella olla a presión y había mejorado la convivencia en Cataluña. Las furias independentistas habían bajado del monte. A pesar de las derechas, la primera fuerza en Cataluña fue el PSC, seguida de Sumar. La fuerza independentista más votada quedó en tercer lugar. La amnistía no se plantea por la perspicacia de ningún gran estadista. Se plantea por la necesidad de que forme gobierno el único que lo puede formar y evitar que entre en algún gobierno una ultraderecha que perjudica a todos los demás. Pero en cuanto se plantea se va percibiendo como una oportunidad. Caiga bien o mal Puigdemont, la vuelta de Junts a la política y el estado, la distensión en Cataluña y la normalización de Cataluña en el estado solo ofrece beneficios. El resultado de la precariedad que salió de las urnas fue un entendimiento que empezó siendo un encaje parlamentario para nombrar gobierno y que se fue convirtiendo en una verdadera operación de estado. Volvía Cataluña y volvía el arte de los acuerdos imposibles.

Las derechas tienen otros planes. La radicalización de las derechas consiste sobre todo en los siguientes puntos:

      • Neoliberalismo y desregulación: retirada de impuestos a rentas altas y grandes empresas y todo tipo de desregulación, laboral, ecológica o urbanística.
      • Eliminación de servicios públicos y privatizaciones. El estado se reduce y elimina sus servicios. Los servicios públicos son los entes que gestionan nuestros derechos, de manera que su supresión es la supresión de nuestros derechos.
      • Exclusión y odio. Las derechas buscan roles diferenciados de género (regresión en los derechos de la mujer) y promueven intransigencia racial, nacional y religiosa.
      • Nacionalismo sobreactuado y patriotismo impostado y reaccionario.
      • Fundamentalismo religioso. Cuando pueden, aumentan la financiación de la Iglesia, estimulan su protagonismo en la educación y extienden los dogmas religiosos en la legislación.

Este es un cuadro que perjudica a la mayoría, pero que gana influencia por una propaganda muy financiada internacionalmente y bien anclada en el estado emocional de la gente. Se acentúan los aspectos que mejor encajen con los miedos y con las emociones negativas más intensas de la población. Siempre es más fértil recordar pocas cosas que afectan mucho, que intentar recordar muchas más cosas que al final acaban no recordándose. Así que debemos concentrar nuestra atención en la propaganda de la derecha y la ultraderecha en dos puntos. Uno tiene que ver con el encauzamiento de la frustración y el malestar. El otro tiene que ver con el deterioro planificado de los servicios públicos.

La ultraderecha (y la derecha) sabe que hay extensas capas de población desorientadas, desanimadas y airadas. La gente no ve ninguna senda, no ve adónde conduce la situación actual. Mucha gente perdió mucho, vive peor, no ve acceso a la vivienda o no lo ve para sus hijos. La gente de treinta o cuarenta años no tiene ni idea de cómo será su vejez. Hay una mezcla de emociones de baja energía (desánimo, desorientación) y de alta energía (ira, indignación). Cualquier propaganda debe encapsular en ellas sus ideas y su práctica política. La izquierda entiende mal este punto. Con una población iracunda, tienes que encajar tus ideas en la ira para que sean tus ideas las que grite la conducta airada. La extrema derecha lo tiene bien estudiado. En general, quieren que la pulsión emocional se desconecte de la situación real y sus causas y que se conecte a una identidad simbólica que impulse la ira y la autoafirmación. Por ejemplo, tus derechos laborales disminuidos hacen fácil prescindir de ti y pagarte poco, y la especulación del suelo y el desvío de los pisos para usos ajenos a la vivienda hacen que tu vida sea precaria y difícil. Crece la indignación y tu predisposición al odio. La ultraderecha quiere que desconectes esa ira de tus condiciones laborales y de la situación de la vivienda y la conectes con tu identidad, con que eres español, heterosexual, varón y blanco. Quiere que seas un español enfadado con los inmigrantes y con los independentistas porque te parece que ya ni puedes decir lo que eres ni sacar la bandera. Quiere que te invada el rencor contra las minorías usando la palanca de tu identidad: ¿Por qué tantos derechos y tanta ayuda para homosexuales y mujeres, desde cuándo soy un privilegiado por ser varón y heterosexual? ¿Qué debo a las minorías? Así dejamos de pensar en quién me despide o quién me cobra casi un sueldo por un alquiler.

El nacionalismo es en estos tiempos uno de los principales elementos compulsivos simbólicos que utiliza la derecha para canalizar tu odio hacia tu identidad. La amnistía de los políticos catalanes no afecta a la vida de casi nadie ni a la del país. Pero la propaganda la carga de humillación y amenaza para que esa ira que está en el ambiente se canalice contra el Gobierno y los independentistas y se desconecte de las condiciones de vida reales de la gente. La sobreactuación patriótica es parte de este juego. La bandera española no se exhibe por apego a la tierra ni como elemento de unidad. Se exhibe contra españoles, se afirma la españolidad propia contra los enemigos de España, que resultan ser españoles. En este momento se está utilizando el desquiciamiento de la situación de Cataluña y el recuerdo de ETA, hace mucho desaparecida.

El recurso a la identidad simbólica sirve para sacar provecho de las emociones de baja energía y las de alta energía, que mencionábamos antes. Frente al desánimo y desorientación (baja energía), la identidad te da orgullo y autoafirmación, esa sensación de ser español y heterosexual sin complejos y sin tener que pedir perdón. La ira y la indignación (alta energía) se enfocan contra el Gobierno, la izquierda y las minorías. La distorsión de la propaganda es evidente: no puedes pagar el alquiler y como solución gritas tu orgullo ser español.

El otro punto de la propaganda tiene que ver con el deterioro y eliminación de los servicios públicos. Ninguna propaganda puede basarse en quitar derechos a la gente. Ese es el propósito, pero no la propuesta. Los derechos se gestionan en servicios públicos (el derecho a la salud no cura las cataratas si no hay hospitales, aparatos y profesionales). La forma de atacar el derecho es atacar el servicio y la forma de atacar el servicio es atacar a los profesionales y a los activistas que reivindican el servicio. Se trata de que la gente perciba a los profesionales como sujetos subvencionados, a los servicios como chiringuitos carísimos y a los activistas o políticos progresistas como hipócritas que viven bien y que solo buscan chiringuitos. Es un aspecto de la propaganda que engancha bien con la ira de antes. Los privilegiados no son Florentino Pérez ni Amancio Ortega, sino esos y esas profesionales que trabajan en los servicios de políticas de igualdad o en servicios ligados al medio ambiente. La propaganda no defenderá la contaminación. La propaganda busca que caiga mal y parezca un listillo hipócrita el que defienda medidas contra la contaminación.

En este preciso momento, los aspectos de la propaganda ligados a la nación, a España y su historia serán prioritarios para sacar beneficio del diálogo inevitable con fuerzas independentistas. La operación nacional de integración debe consistir en algo simple: que en España todo el mundo acepte vivir en un mundo que no es cien por cien como lo querría. Frente a esto, las derechas necesitan odio y desánimo para hacer funcionar su propaganda. Al final está siempre la lucha de clases. Los ricos sienten más seguros sus intereses en una sociedad con menos derechos, más crispada y con más exclusión. Por eso las derechas van tomando ese sesgo más oscuro. No es materia de este escrito, pero es evidente que la izquierda debe abandonar discursos repetidos del pasado y discursos universitarios urbanos y repulidos que no tienen el voltaje requerido en una población airada, preocupada y desanimada. La izquierda tiene que entender mejor a la gente y dejar de sacar brillo a su ideario.

Print Friendly, PDF & Email