ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 55, enero-febrero 2024

CONTRA LA MEZQUINDAD

Marta Carmona Osorio (Psiquiatra comunitaria. Portavoz de sanidad de Más Madrid en la Asamblea de Madrid)

 

Vivimos en un momento histórico peculiar, de fuerzas muy diversas funcionando en equilibrio precario. El espacio político de la izquierda, turbulento como siempre, no es una excepción. A la vez la comunidad internacional constata cómo las herramientas de paz construidas tras los horrores del s. XX fracasan para detener el horror en el s. XXI. Hay un hilo que conecta el genocidio en curso con nuestra cotidianidad. Y una fuerza extremadamente destructiva que puede acabar con el equilibrio en la izquierda, y en todos nosotros

Desde hace un tiempo que no sabría definir (más de unos meses, menos de unos años) entro a las redes sociales temerosa de ver cosas que me hagan daño, por distintas razones. Una de ellas la fecho mejor que otras: desde el 7 de octubre (en realidad desde antes) veo cada día cómo decenas de palestinos y palestinas son masacrados. Casi siempre son niños o bebés, casi siempre sometidos a la más desoladora de las violencias. Muchas veces están muertos, otras sobreviven maltrechos, con lesiones extremadamente dolorosas y miradas aterrorizadas. Bebés asfixiados en incubadoras, abandonados para descomponerse lejos de sus padres, o embarazadas torturadas y enterradas vivas. Las imágenes llegan sin cesar porque lo único que pueden hacer los gazatíes a día de hoy es lanzarle su realidad a un mundo que observa impasible.

Hay otro tipo de vídeos circulando desde el 7 de octubre (en realidad desde antes). Son tiktoks de chicas israelíes mofándose de las mujeres gazatíes que lloran a sus bebés muertos. Soldados del IDF de uniforme carcajeándose mientras destruyen parques infantiles, tiendas de regalos o guarderías. Soldados del IDF de paisano orinando sobre cadáveres o profanando cementerios. Israelíes de clase media-alta mofándose del aspecto de los gazatíes, pintándose de negro algunos dientes para fingir que les faltan, marcándose con rotulador entrecejo y bigote para continuar la larga tradición de asociar hirsutismo a escasa higiene, escasa inteligencia o escasa dignidad. Israelíes ricos grabándose abriendo y cerrando grifos de agua para reírse de que le han impedido el acceso al agua a dos millones y medio de civiles (en su mayoría niños) en represalia a un ataque terrorista.

Los dos tipos de vídeo son sobrecogedores, pero el segundo daña diferente del primero. Es lícito no querer o no ser capaz de ver las imágenes de la masacre. Sin embargo los vídeos de la mofa, de la humillación durante el genocidio ejerciendo de sal en la herida, no pueden no ser vistos. Lejos de reflejar a víctimas involuntarias, pertenecen a personas satisfechas, pletóricas, que desean compartir con el mundo su odio y su deseo de hacer daño. Ante la imagen de un bebé enterrado en escombros todos nos encogemos de pavor. La fragilidad de las víctimas es una fragilidad universal. Nos horroriza vernos ahí. Nos aferramos a la improbabilidad de que esta noche caigan bombas sobre nuestra casa para restaurar la tranquilidad. Sin embargo, las imágenes de los israelíes regocijándose en la crueldad paralizan. Nadie quiere verse reflejado en ellas. Y sin embargo, si uno no quiere verse en ese espejo, precisamente está obligado a asomarse a mirar. Está obligado a ver qué parte de sí mismo, del propio entorno, se refleja en esas escenas grotescas y vergonzosas. ¿Podrías tú hacer algo así? ¿Podrían tus amigos? ¿Podrían tus hermanos?

Tenemos obligación de buscarnos en esa imagen. Somos herederos de un infierno similar. Nuestras historias familiares enraizan en un periodo atroz de bombardeos a civiles, matanzas, profanación de tumbas, chivatazos, represalias, hambruna y paseíllos. Somos sobrino-nietos de tías rapadas y purgadas durante una dictadura fascista y nietos políticos de farmacéuticos que el 17 de julio de 1936 tenían una farmacia y el 2 de abril de 1939 tenían 5 farmacias y 4 amigos menos.

Valle-Inclán, en Luces de bohemia, desgrana en una escena terrorífica la volubilidad y crueldad de la masa ante una madre que abraza a su bebé muerto. Exactamente cien años más tarde tenemos la misma escena reflejada en un juego perverso de realidad material de miles de madres abrazado a sus bebés envueltos en sudarios, decenas de vídeos de tiktok mofándose de ellas y una masa imposible de determinar de espectadores enfurecidos que aúllan impotentes. El mismo esperpento con menos tinta y más píxeles. En los cien años que transcurren entre la escena de Luces de Bohemia y los tiktoks de la vergüenza, ¿no hemos avanzado nada? ¿No ha existido ningún tipo de progreso? ¿Cuál es la posición progresista ante un genocidio emitido en directo que no estamos siendo capaces de detener? ¿Podríamos las personas progresistas perpetrar algo así?

Partamos de la base. Para poder reírte de una mujer que abraza el cadáver de su bebé, tienes que haber articulado durante años un discurso de odio que haya deshumanizado por completo a esa mujer y a ese bebé. Ese odio, ese relato deshumanizante que sirve de pasto a la crueldad, no existe solo en esa máxima expresión actual que es el genocidio de Gaza y su burla inefable. Esa deshumanización existe también en las leyes fronterizas y las políticas migratorias que han hecho que normalicemos que el mediterráneo sea una fosa común. Existe esa deshumanización en la mirada que tenemos sobre los niños de piel negra a los que tratamos como invasores sin nombre ni origen, algo que jamás haríamos con menores alemanes de piel blanca. Ver las consecuencias de la deshumanización extrema nos horroriza, pero si de verdad queremos que los últimos cien años hayan servido para algo, tenemos que conseguir erradicar el discurso deshumanizante y eso empieza por expugnarlo de nosotros mismos. Porque, por lo que sea, no estamos consiguiendo que la deshumanización que nosotros perpetramos nos horrorice. Lejos de ello, la asimilamos.

Valga un ejemplo de esa deshumanización naturalizada. Tengo un amigo desde el colegio, de esos que será mi amigo siempre, que además de mi amistad tiene como una de sus características fundamentales ser de izquierdas. Vota a veces a unos y otras a los otros, se decepciona con todos, pero se queda. Es esa clase de persona con mirada suficientemente politizada, que no milita pero siempre responde. Decía al inicio del texto que, de un tiempo a esta parte, cada vez que me asomo a internet temo que algo me haga daño. Una de las cosas que más daño me hace es leer a este amigo. Cada vez que me asomo a su tuiter, donde había (¿hay?) una persona progresista, ahora encuentro su nombre profiriendo insultos cada vez más descarnados a políticos de izquierdas. Con particular saña carga contra las mujeres que hablan de feminismo. Pero el culmen de su odio se lo llevan las mujeres trans que participan en política. Bajo cada tuit que pone alguna de ellas, encuentro indefectiblemente a mi amigo hablándolas en masculino, mofándose de su existencia, sin ni siquiera atender a lo que dicen. El nivel de inquina y desprecio que manifiesta contra las mujeres trans, acongoja. En comparación con las vejaciones israelíes a los gazatíes, es un odio a pequeña escala. Está claro: mi amigo no derrumba edificios ni lanza fósforo blanco. Pero la veta de odio descarnado y tremebundo que alimenta ambos fenómenos, es exactamente la misma. Hay un hilo que conecta Tel-Aviv con Ciudad Lineal. Un odio deshumanizante que corroe como la carcoma, capaz de acabar con cualquier ideal político. Lejos de expresar divergencias con lo que estas mujeres manifiestan, solo es capaz de reducirlas a una caricatura, negarles la capacidad de razonar y hasta su mismo nombre. Quizá ese odio deshumanizante siempre estuvo ahí. Probablemente su opinión sobre las fronteras sea también deshumanizante. Probablemente, si le pregunto por su opinión por el colectivo al que más hemos deshumanizado en nuestro contexto social, el pueblo gitano, me lleve una sorpresa. Es curioso cómo la amistad de las personas progresistas puede construirse omitiendo las grandes vetas por las que discurre este fenómeno destructivo y arrasador.

Hay quien ha dado en llamar a este fenómeno crispación o polarización. Se me atraganta. La crispación no tiene por qué llevar a genocidios ni tiene por qué implicar deshumanizar al otro. Ser progresista no implica necesariamente ser tibio. Uno puede tener convicciones fortísimas y experimentar, por ejemplo, un odio de clase férreo. Uno puede odiar a los ricos con todas sus fuerzas, sin que ello acerque lo más mínimo a perpetrar un genocidio. Si acaso, alguien apasionado puede soñar con expropiar a Jeff Bezos y el resto de archimillonarios del mundo y redistribuir esa riqueza. Repartido el dinero, ningún rico es rico; resuelto el problema, no hay que matar a nadie. No hay que pensar que nadie es menos humano que el resto, que merece menos su plaza en la Tierra. Odiar lo que representa Jeff Bezos –un sistema económico injusto y vampírico– no es deshumanizante. Odiar a una nación, a una raza o a un género, sí lo es, en tanto que esas categorías no pueden desgajarse de las personas. No es lo mismo odiar por lo que se hace que odiar por lo que se es.

Las guerras feministas se han caracterizado desde su inicio, hace más de 40 años, por la virulencia de sus posicionamientos. Es inherente al desarrollo de los feminismos que surjan divergencias significativas, por lo amplio del movimiento, la multiplicidad de realidades bajo el paraguas feminista, la pavorosa desigualdad material atravesada de violencias y lo naciente de sus herramientas epistémicas. Es comprensible que haya mujeres progresistas que reaccionen de forma virulenta al concepto de sistema sexo/género de Gayle Rubin por considerarlo arriesgado, igual que puede entenderse que haya mujeres progresistas que se oponen de forma férrea a las tesis antipornografía de Dworkin por considerarlas puritanas. Lo que no es comprensible es que una divergencia teórica, por furibunda que sea, abra las compuertas a ese odio deshumanizante que discurre dentro de nosotros. Y que al dejarlo salir sea legitimado y se le haga crecer.

Quienes nos consideramos de izquierdas en este país estamos condenados a entendernos y trabajar juntos. Y ese trabajar juntos incluye hacer coexistir posiciones irreconciliables. Cada uno tenemos nuestras batallas irrenunciables, pero también tenemos mirada larga y capacidad de seleccionar el momento de cada una. Nadie vamos a renunciar a ninguna de nuestras metas, pero sí podemos sacrificar la inmediatez de algunas a cambio de un bien mayor para todos. Es un equilibrio difícil, pero puede funcionar. Es más, nunca se consiguen mejores cosas que cuando funciona. Frente al fetichismo de la unidad de la izquierda, que busca una izquierda única y monolítica, olvidando la multiplicidad de realidades y las diferencias irreconciliables, confiamos en un trabajo conjunto que permita ir avanzando y construyendo para que esos cien años transcurridos entre Max Estrella y el aciago comienzo de 2024, no hayan transcurrido en vano. Pero de esa repetición grotesca y dolorosa que va de Luces de Bohemia a los tiktoks israelíes solo puede extraerse una conclusión: si queremos construir un espacio progresista no puede tolerarse el odio deshumanizante. No puede abrirse esa compuerta. No puede normalizarse esa forma de negar la humanidad del otro. No puede ponerse al frente de una institución a quien ha hecho gala de odiar, ridiculizar y humillar a una categoría de personas por el hecho de existir. A quien se ha jactado victoriosa de odiar a un colectivo de personas no por lo que hacen, sino por lo que son. Las distintas izquierdas somos capaces de trabajar juntas y vamos a hacerlo. Siempre y cuando no cedamos ni un milímetro a ese terrorífico odio deshumanizador, ese fenómeno poderosamente capaz de hacernos dejar de ser de izquierdas.

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