EUROPA Y LA BRÚJULA MORAL

Un grupo de personas posando para la cámara con un fondo de colores

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La Guerra de Ucrania ha provocado grandes cambios en el marco geopolítico, y entre ellos un fortalecimiento y unidad de la Unión Europea que ha conferido a ésta un protagonismo muy importante. Ya antes, con ocasión de la pandemia, la UE cambió de política económica, y la hizo más expansiva y solidaria. Ahora se ha reforzado la unidad ante la Guerra de Ucrania, pero esa solidaridad requiere grandes esfuerzos, sobre todo para conseguir un aprovisionamiento seguro y económico en el campo energético, fortalecer la cooperación en defensa e impulsar el desarrollo industrial

El 24 de febrero pasado comenzó una nueva etapa para Europa y para el mundo. Mientras las tropas rusas se adentraban a sangre y fuego en el territorio de Ucrania ante los ojos atónitos de una población acostumbrada a vivir en paz, comenzaba a cristalizar un marco geopolítico diferente, con la Unión Europea en un papel protagonista. Por ese motivo, las decisiones que hemos adoptado en Bruselas en las últimas semanas, con una unanimidad que nos ha sorprendido incluso a nosotros mismos, son relevantes, no solo para el pueblo ucraniano y la resolución de este conflicto en particular, sino también para nuestro futuro como proyecto político.

Hace tan solo cinco años, la Unión Europea se debatía en una crisis existencial, con el traumático abandono del Reino Unido y el trasfondo de la crisis financiera de 2008. Por primera vez en su historia, la UE no crecía, sino que se desmembraba, y nadie podía asegurar entonces que el proceso se limitara solo al Brexit y no fuera el comienzo de una desbandada. Por otra parte, el desencanto ante una Unión Europea amarrada a la ortodoxia liberal y convertida en estricta gobernanta, que ya no actuaba como proveedora de modernización y bienestar, sino de austeridad y recortes, y con el drama de los refugiados muriendo a sus puertas, no ayudaba precisamente a generar un discurso ilusionante sobre el proyecto de una Europa unida. Porque, dicho sea entre paréntesis, al contrario de lo que sucede con los Gobiernos nacionales, el electorado no percibe tanto que la UE tenga un color político salido de las urnas, que, por tanto, se puede cambiar en unas elecciones, sino que identifica sus políticas con el ser o no ser de la propia institución. Y por eso, cuando vienen mal dadas, la conclusión fácil consiste en decir que la institución no sirve.

En esas estábamos cuando llegó la pandemia y las cosas comenzaron a cambiar. Al margen de unos primeros momentos vacilantes y de errores que debemos analizar seriamente, podemos decir con orgullo que la Unión Europea asumió su papel en la historia. Más allá de sus competencias estrictas, puso medios ingentes para el desarrollo de vacunas, emprendió la compra conjunta de material sanitario y organizó el tráfico de personas y mercancías en circunstancias nuevas para todos. Además, espoleada entre otros por el Gobierno de Pedro Sánchez y la familia socialista, emprendió el camino inverso al adoptado en la crisis de 2008, con medidas expansivas para estimular la economía y un plan de recuperación masivo financiado por primera vez con una deuda común. Es decir, que ante una amenaza global donde las haya, con un virus que no conoce fronteras, Europa ha entendido al fin que la respuesta correcta es más unión, y un regreso a los valores compartidos de cooperación, solidaridad y gobierno para las personas. Una vez más, la predicción de Monnet: Europa se forja a golpe de crisis.

Y ahora, la invasión de Ucrania. No es de extrañar el intento de Putin de buscar la división de la UE frente a su “operación militar especial”. Los europeos siempre hemos tenido dificultades para una política exterior común. La posición vacilante hacia el Kremlin de algunos, la dependencia energética y la asimetría en los intereses de unos y otros Estados, no hacían prever una respuesta rotunda. Pero las cosas han cambiado. El desafío de Putin se ha encontrado enfrente un cierre de filas. Los cinco paquetes de sanciones contra Rusia y el suministro de armas a Ucrania aprobados por los 27 de forma unánime, marcan el camino de una UE decidida a dejar de “ser herbívoro en un entorno de carnívoros”, como apuntó ya hace algunos años el socialdemócrata alemán Sigmar Gabriel.

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Nuestra política exterior necesita dibujar un nuevo enfoque común, que en todo caso deberá ser acorde a nuestros valores y a nuestra apuesta por la autonomía estratégica de la Unión en un mundo multilateral regido por normas. Los retos mundiales del siglo XXI, el cambio climático, la globalización, la salud pública, la desigualdad o la seguridad, no pueden abordarse desde una perspectiva de bloques, sino de actores múltiples que revitalicen las instituciones multilaterales y busquen en ellas instrumentos pacíficos para resolver sus conflictos. Ese debe ser el principio que proyecte nuestras políticas hacia el futuro y nos ayude a redefinir nuestro encaje en un tablero internacional donde China reclama su espacio como potencia global.

La Unión Europea tiene que recuperar su influencia en el mundo, y para ello debe cesar la externalización de su producción industrial. Somos demasiado dependientes, como se demostró de forma dramática durante la pandemia. Europa debe recuperar su industria y dotarse de instrumentos de defensa comercial frente a China, que además protejan nuestros estándares laborales y de respeto al medio ambiente. Pero la base previa ha de ser forzosamente la unión. Seamos realistas. Una UE que representa el 5% de la población mundial solo puede aspirar a influir si se mantiene unida. Por eso, necesitamos una Europa cohesionada en su política comercial, exterior y de defensa, con posiciones y alianzas propias que podamos defender de manera conjunta para actuar como la potencia de equilibrio que pretendemos ser. Empezando por la energía.

Decía Josep Borrell en una entrevista reciente, que estos días, cuando le preguntan qué hace, responde que “comprando gas”. La energía es el talón de Aquiles de una Europa altamente dependiente del régimen de Putin. Por eso, el paso más inmediato es diversificar el origen de nuestros combustibles. Además, como ha propuesto el Gobierno de España y hemos defendido los socialistas, necesitamos crear reservas estratégicas, organizar la compra conjunta e impulsar la interconexión de la Península Ibérica para que actúe como centro de almacenamiento, regasificación y distribución de gas natural licuado. Eso, en el corto plazo. Sin embargo, nuestra apuesta estratégica tiene que ir mucho más allá. Para atajar nuestra vulnerabilidad necesitamos acelerar la instalación de energías renovables que contribuyan a nuestra soberanía energética y a combatir la emergencia climática.

Ese es el primer paso. Pero si realmente estamos decididos a desarrollar atributos “carnívoros”, debemos dar un nuevo enfoque a nuestra política exterior y de defensa. Y aquí hay que reconocer la visión del Alto Representante de la UE. Meses antes del infausto comienzo de la agresión a Ucrania, Borrell presentó su Brújula Estratégica, un planteamiento para un orden mundial basado en normas, con las Naciones Unidas como eje central y una defensa reforzada para Europa. Se trata de utilizar de forma más eficiente las actuales capacidades de los Estados miembros y hacerlo de modo complementario a nuestros compromisos trasatlánticos y dentro de la OTAN. La Brújula Estratégica, que ya ha sido aprobada por el Consejo, ofrece un plan de acción con un calendario preciso para fortalecer nuestra defensa de aquí a 2030, y plantea, entre otras medidas, propuestas de indudable potencia integradora, como la creación de una fuerza operativa europea de 5.000 personas.

El objetivo final no puede ser otro que el de apoyar la defensa de nuestros valores comunes, la libertad, la democracia, la solidaridad y el Estado de derecho. Porque es en nuestros principios donde debemos encontrar la brújula moral que refuerce nuestro modelo basado en la igualdad de oportunidades, la defensa de los más vulnerables y la dignidad humana. Por eso los socialistas insistimos en el desarrollo de un pilar social que proteja a quienes más lo necesitan y nos blinde ante los populismos. No hay mayor amenaza que el secuestro de nuestros principios a manos de una ultraderecha en connivencia con Putin, que actúa con el propósito declarado de desmantelar el proyecto europeo.

Europa es ante todo sus principios. Por eso no podemos permitir tampoco la vergüenza de la insolidaridad y la muerte en nuestras fronteras. Necesitamos un nuevo pacto y una nueva narrativa sobre las migraciones y la política de asilo que nos permitan rectificar los errores cometidos en la crisis de refugiados de 2015 y el vergonzoso cierre de nuestras fronteras a quienes huían de la guerra de Siria. De eso también hemos aprendido. La activación ahora, por primera vez, de la Directiva sobre protección temporal para acoger a quienes huyen de Ucrania, es la oportunidad para diseñar otra política migratoria, con un sistema de reparto y una estructura de acogida estable, acorde con la legalidad internacional y el respeto a los derechos humanos.

Vivimos tiempos difíciles. Una guerra en suelo europeo y una crisis que ha disparado los indicadores económicos a límites impensables desde hace décadas no es, ciertamente, momento para el optimismo. Tardaremos años en recuperarnos de las consecuencias de esta agresión que ha hecho tambalear las bases de nuestro sistema. Sin embargo, me atrevo a afirmar que, en la respuesta a los sucesivos desafíos de los últimos años, Europa ha ido encontrando su camino. Ya sea la pandemia, la crisis económica, la energía o la guerra, la respuesta ha sido siempre la integración, más Unión y más Europa en el sentido más amplio del término, en defensa de la democracia, la igualdad y la salud, la dignidad, el medio ambiente y el bienestar de las personas. Esa es la Europa en la que creemos, la que debe guiar la brújula para ocupar nuestro lugar en el mundo.

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