ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 67, septiembre – noviembre 2026

INCENDIANDO PUEBLOS – APAGANDO INCENDIOS

Avatar de Mónica Lafuente

Este artículo denuncia que los incendios forestales son el resultado de un modelo territorial que ha vaciado el mundo rural y ha debilitado su capacidad de gestión. La prevención no se hace en invierno: se hace con servicios públicos, con trenes que paran, con escuelas abiertas, con médicos estables y con comarcas con recursos. Sin quienes viven en el territorio, ninguna política forestal funciona. El abandono institucional tiene un coste. Y ese coste, cada verano, se convierte en fuego

¿Cuándo es el momento?, ahora, sin duda, porque en unos días –espero menos que más– ya no lo será. Pero es el momento de hablar de los incendios forestales; no de ponerles solución, porque esa se va a postergar “sine die”, porque esa va a tardar mucho en llegar, si llega.

Ahora es el momento de hablar de incendios, de obviedades como que el cambio climático los hace más virulentos, que no se invierte en prevención, en las condiciones de trabajo y seguridad de los bomberos forestales (bueno de eso no, eso para un poco más tarde, cuando se manifiesten ellos solitos en la puerta de los parlamentos pidiendo mejoras, poque no los vamos a acompañar como a la Selección Española ganadora del mundial.); de “los incendios se apagan en invierno” –¡qué gran máxima!!! y qué poco cierta–.

Los incendios se apagan durante todo el año, los incendios se apagan denegando licencias para construcciones aisladas dentro de los montes, fincas y parcelitas privadas insostenibles urbanísticamente, y como después de demuestra, insostenibles en emergencias. Los incendios se apagan evitando macroeventos en núcleos forestales; los incendios se apagan no permitiendo acampadas en medio del monte con ningún seguimiento posterior a autorización; los incendios se apagan evitando cortas “a hecho”, matarrasas que arrasan el terreno, lo secan y generan el crecimiento de maleza y monte bajo sin control; los incendios se apagan evitando plantaciones de crecimiento rápido y no autóctono que destruyen el medio generando espacios desconocidos, y por tanto imposibles de controlar. Los incendios no se apagan autorizando y promoviendo “puntos forestales masivos para ver un eclipse”, los incendios no se apagan únicamente utilizando el medio, sino viviendo en él.

Continuamos hablando de incendios: “más cabras en el monte y menos cabrones en los despachos”, y tan anchos que nos quedamos, con eso colgado en el estado de mi móvil, de mi Instagram y de mi Facebook un par de días, y ya he aportado mi granito de arena a solucionar el problema… O mi problema; es decir, el de mi cabreo personal.

Mas cabras en el monte… había, hace años, muchos… cuando había cabreros, cuando había ganaderos, cuando había pastores, cuando había beceñas, cuando había madereros, cuando había resineros… Cuando había vecinos en los pueblos, cuando había mundo rural. El fin de ese mundo ya hace tiempo que llegó; el que podía llevar las cabras al monte ya no existe. No existe porque lo han dejado morir.

Y creo que el verdadero problema de los incendios es ese y no se ataja, la sangría poblacional, el fin del mundo rural. Siempre he sido y sigo siendo partidaria de la gestión forestal, agrícola y ganadera en el escalón administrativo más bajo, y si es posible en la comunidad vecinal, el más cercano al monte, el del propietario, pero cada vez soy más consciente de que hoy no se puede. En este punto, discrepo con el “que nos dejen gestionar a los del pueblo, que somos los que sabemos… No sabemos, hoy en día no sabemos. Mis padres sí, seguro, y su generación también, pero por razones obvias ya no pueden. Pero nosotros, los cuatro que quedamos en los núcleos rurales, urbanitas viviendo en el pueblo, tenemos voluntad pero no capacidad. ¿Cuántos jóvenes rurales somos ganaderos o agricultores?, ¿Cuántos trabajamos en el monte? ¿Sabemos utilizar una hacha, una sierra, un batefuegos…? No. Si hay un incendio acudimos, seguro… Y algunos en chancletas.

Hoy, con lo recursos que nos han dejado después de décadas de abandono y ninguneo, no podemos gestionar solos como antes, porque ya no somos suficientes. Pero eso no significa que debamos quedar fuera de la gestión. El dejarnos fuera conlleva políticas equivocadas. Sin quienes viven en el territorio, ninguna política forestal funciona.

Creo que toda la tragedia que supone los incendios forestales se va a seguir repitiendo mientras no es tomen medidas más profundas. Los incendios no son un problema puntual, ni estacional. No se previenen en invierno y se producen en verano, los incendios son un problema estructural, son un problema de país, de falta de ordenación del territorio, de carreteras radiales que unen grandes urbes, de vías de tren excluyentes, de estaciones rurales cerradas, de servicios centralizados en núcleos urbanos, de falta de comarcalización, de desconexión digital, de falta de cobertura, de esperar señal en el teléfono cuando en la ciudad vamos por el 6 o 7 G.

No invertir en el mundo rural nos sale caro. Que la gente abandone el pueblo nos sale muy caro. Mantener las cuencas limpias nos da agua; los montes limpios nos evita tragedias.

A mi escaso entender, la mejor manera de prevenir los incendios forestales no es solo limpiar; es ordenar el territorio, “encender pueblos” y no apagar incendios. Cuando un colegio se cierra, cuando no hay consulta médica, cuando cierra la tienda, cuando las carreteras comarcales son puros baches, cuando el joven piensa que no es viable vivir en un pueblo y decide marcharse, es un paso más hacia un incendio forestal.

Los incendios no son un fenómeno únicamente natural, son un fenómeno territorial. Cuando un país ha decidido organizarse en torno a unas pocas ciudades abandonando el resto del territorio, el resultado es el que tenemos.

La prevención no se hace en invierno; la prevención se hace manteniendo abiertas las estaciones rurales, porque un tren que para es un pueblo que respira.

La prevención se hace garantizando cobertura digital real, porque sin conexión no hay empresas, ni teletrabajo, ni jóvenes que puedan quedarse.

La prevención se hace con carreteras comarcales vivas, porque un territorio accesible es un territorio habitado.

La prevención se hace con escuelas abiertas, porque donde hay niños hay futuro.

La prevención se hace con médicos estables, porque sin sanidad no hay vida posible.

La prevención se hace con vivienda rehabilitada y asequible, porque sin casas habitables no hay repoblación.

La prevención se hace devolviendo competencias y recursos a las comarcas, porque nadie gestiona mejor un monte que quien vive junto a él.

Y esto no cuesta dinero; es más barato que apagar incendios; es más barato que reconstruir infraestructuras. Más barato que perder vidas.

Y por último, es un problema de respeto, del que se nos falta cuando se nos quita la gestión, cuando se nos imponen órdenes y no se nos escucha nuestra opinión. Al final, todo se reduce a algo que rara vez se menciona en los debates sobre incendios, despoblación u ordenación del territorio: el respeto.

Respeto a quienes viven en los pueblos.

Respeto a quienes conocen el monte.

Respeto a quienes han sostenido durante generaciones un territorio que ahora se pretende gestionar desde despachos lejanos.

Porque el mundo rural no ha entendido nunca la tierra como un recurso económico. No ha cobrado por mantener limpias las cuencas, por conservar los montes, por producir agua, oxígeno o descenso térmico. No ha pedido compensaciones por los beneficios que aporta al país entero. Lo ha hecho porque era su vida, su entorno, su responsabilidad natural. Lo ha hecho porque el vínculo con la tierra era un principio, no una transacción.

Y cuando ese vínculo se rompe, cuando se nos quita la gestión, cuando se nos imponen órdenes sin escucharnos, cuando se nos limita, se nos prohíbe, se nos cobra por usar lo que siempre hemos cuidado, entonces el territorio deja de ser nuestro. Y cuando algo deja de ser tuyo, deja también de ser tu responsabilidad emocional.

El respeto apaga incendios porque solo quien siente el monte como propio lo protege como si le fuera la vida en ello.

El respeto apaga incendios porque permite que la gestión sea compartida, no impuesta.

El respeto apaga incendios porque reconoce que la experiencia de quien vive allí no es folclore, sino conocimiento.

El respeto apaga incendios porque devuelve dignidad a quienes han sido tratados como figurantes de un paisaje que otros administran.

Y cuando ese respeto falta, cuando el mundo rural se convierte en un decorado turístico, cuando se legisla sin escuchar, cuando se decide sin preguntar, cuando se interviene sin comprender, entonces el territorio se vuelve ajeno. Y un territorio ajeno es un territorio abandonado. Y un territorio abandonado, arde.

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