
Europa se encuentra en un momento decisivo sobre lo que es y puede representar en el mundo de cara al futuro. En ese sentido, atender a lo que sucede en los países que conforman la Unión Europea es una obligación y un buen termómetro sobre las tendencias políticas y sociales que se dan en nuestro entorno. En el caso concreto de este artículo, se analizan los resultados de las últimas elecciones federales en Alemania y sobre esa base se llama la atención sobre distintos aspectos a los que se debe atender desde posturas progresistas: la profundización del Estado Social, las políticas medioambientales o qué postura tomar frente al fenómeno de la migración

Las últimas elecciones federales de Alemania, celebradas el pasado 23 febrero, han arrojado un resultado inaudito: el partido de extrema derecha, AfD, se ha convertido en segunda fuerza con el 20,8% de los votos; los socialdemócratas, el SPD, han obtenido el 16,4%, su peor resultado de la historia; y los democristianos, la CDU, a pesar de ser la fuerza más votada en estos comicios, han cosechado únicamente el 28,6%, lo que para este partido representa su segundo peor resultado desde su fundación [1].
Para entender estos resultados es significativo atender a las encuestas [2]. En ellas, por ejemplo, la población alemana ha manifestado que sólo el 17% estaba satisfecho con el gobierno conformado por el SPD, los Liberales (FDP) y los Verdes (Die Grünen), la denominada “coalición semáforo” [3]. Además, el candidato y por entonces canciller, Olaf Scholz, tampoco era valorado como un buen dirigente: únicamente el 26% consideraba que podía ser un buen canciller. Al contrario que en 2021, cuando tenía una aceptación superior al 60% [4].
En relación con la CDU, como decía al comienzo, a pesar de ser el partido más votado, los resultados obtenidos no son los más satisfactorios. Esto, en cierto modo, se debe a la relevancia que las políticas migratorias y de asilo han tenido en estas últimas elecciones. Cuestión de la que se ha beneficiado directamente la AfD, que ha cosechado su mejor resultado hasta el momento en unas elecciones federales: 1 de cada 5 votantes optó por este partido. Al respecto, es significante señalar que este asunto no ha lastrado tanto a los partidos de la colación gobernante como a la CDU. Según las encuestas de opinión, el 54% de la población alemana considera a los democristianos como los principales responsables de la acogida de refugiados en su país, mientras que solo el 24% señala directamente al SPD o a los Verdes. Hecho que parece demostrar la influencia que aún siguen teniendo las decisiones de Angela Merkel en materia de asilo.
También es destacable que, entre las principales preocupaciones de los alemanes, además del aumento del número de extranjeros en el país, se encuentran cuestiones ligadas a la seguridad, la estabilidad y el estado de derecho. La población alemana se siente desprotegida frente a Trump y Putin y consideran una importante amenaza la influencia de Rusia en Europa. A este respecto, AfD, aunque es considerado como una posible fuente de inestabilidad en un hipotético gobierno de coalición, sus simpatizantes confían en este partido porque piensan que atiende mejor a su sensación de inseguridad y puede tener éxito en la limitación de llegada de inmigrantes.
Por su parte, los Verdes no son percibidos como competentes en áreas más allá del medio ambiente y el clima. A lo que se une que las medidas de protección medioambiental, si bien antes de la pandemia eran un factor movilizador, ahora parecen prioritarias sólo para el 13% de la población. Paradójicamente, sí que consideran preocupante que el cambio climático pueda destruir sus medios y formas de vida. Cuestión que aparentemente debería jugar a favor de los Verdes, pero que en este caso se ha traducido en un rechazo a medidas que tengan como finalidad mitigar los efectos del calentamiento global a cambio de modificar su modus vivendi.
Por último, en el espacio de la izquierda, Die Linke es percibido por el 56% de la población alemana como un partido que ofrece respuestas irrealizables o no financiables, pero que, al mismo tiempo, se esfuerza por lograr la igualdad y la justicia social. Además, el 41% los considera como una buena alternativa al SPD y a los Verdes, y de su acción política se valora positivamente que se esfuercen por humanizar las políticas de asilo.
A la luz de estos datos, un primer asunto que podemos considerar alarmante, al menos desde posturas progresistas, es que formaciones como AfD hayan conseguido normalizarse como un partido más, hasta el punto de que sus propios votantes les perciben como una opción de centro. Lo que significa, en cierto modo, que sus ideas segregadoras y discriminatorias respecto a población migrante han logrado una gran aceptación en el conjunto de la sociedad alemana, constituyendo así parte de su sentido común.
A este respecto, un primer desafío que debemos tomarnos en serio es el de preguntarnos cómo reconstruir ese sentir social en torno a otros ejes. Cuestión que exige muchos más esfuerzos que atacar o descalificar al oponente. Se trata más bien de convertirse en una fuerza de arrastre que con cada propuesta logre establecer otro modo de hablar sobre lo que preocupa a la sociedad. Die Linke, en cierto modo, ha conseguido este objetivo, sobre todo entre la población juvenil, más concretamente entre mujeres jóvenes de áreas urbanas, entre las que ha obtenido una adhesión del 35%.
Ahora bien, siguen siendo percibidos en términos generales como una fuerza que propone cosas inalcanzables. Y eso requiere transformar ese sentimiento de incapacidad en deseo. Porque es posible que lo que se proponga sea difícil de conseguir, pero no por ello debe ser un objetivo que no sea deseable y que nos motive a trabajar en una determinada dirección, como es, por ejemplo, convertir la vivienda en un derecho, mejorar la financiación de la educación, trabajar menos horas y tener más tiempo libre para disfrutar de opciones de ocio saludables, ampliar los servicios de atención sanitaria o fomentar la cultura de la participación social en los asuntos públicos. En definitiva, se trata de profundizar en nuestro modelo de Estado social y posibilitar que tengamos mejor calidad de vida, tanto los más mayores como los más pequeños. En ese sentido, necesitamos tener deseos comunitarios, no únicamente individuales, y sobre esa base comenzar a reconstruir nuestro modo de sentir en comunidad bajo otros parámetros menos individualistas y más solidarios con las personas con la que convivimos.
Por otro lado, se encontraría la cuestión de aprender a redirigir ciertos sentimientos que aparentemente juegan en contra, con el fin de que puedan remar a favor de un determinado proyecto o planteamiento político. Es el caso de lo que les ha sucedido a los Verdes, pero a la inversa. La preocupación por el clima, que antaño los beneficiaba, lejos de haber fortalecido el compromiso de la sociedad alemana con principios ecologistas, ha despertado en la población un sentimiento reaccionario que parece inducirlos a que consideren más problemático cambiar sus formas de vida que seguir degradando el planeta. Como si la destrucción de los ecosistemas en los que habitamos no fuese a influir, tarde o temprano, sobre cómo vamos a vivir en el futuro.
Tomando en consideración los resultados obtenidos y lo que señalan las encuestas, es evidente que el asunto del cambio climático debe ser abordado discursivamente de otro modo. Quizá sea necesario no poner tanto énfasis en lo catastrófico y sí en las posibilidades de futuro que pueden desplegarse si apostamos por formas de vida más sostenibles, tales como naturalizar nuestras ciudades; respirar aire de mejor calidad; recuperar las calles para las personas; apostar por un sistema de movilidad público más confortable, más económico y de mejor calidad; habituarnos a hacer ejercicio al aire libre; recuperar el espacio público para socializar; comer más sano; dedicar más tiempo a nuestros cuidados; reconstruir la economía local revalorizando lo rural y reactualizando oficios tradicionales; preservar nuestra salud; ser más autónomos desde el punto de vista energético y un sinfín de aspectos más que pueden ser generadores de esperanza y no de ansiedad.
En otro orden de cosas, también es necesario afrontar los miedos que dice manifestar la población, y analizarlos de tal modo que se evite que puedan ser instrumentalizados para ir en contra de los derechos humanos. Es el caso del miedo que se ha alentado frente al migrante y las personas refugiadas bajo el pretexto de que los extranjeros ponen en peligro nuestras raíces y la preservación de nuestra cultura. Pero ¿a qué raíces y a qué cultura se refieren? Ninguna cultura es pura, y aquellos que se escudan en este tipo de expresiones acaban por justificar medidas segregadoras, de exclusión y, en el peor de los casos, de exterminio de todo aquel que no comparte su misma forma de pensar. ¿Por qué sentir terror del que viene de fuera y no de los que desde dentro se consideran los guardianes de la pureza? Como sostiene Maurizio Bettini, la idea de que nuestra identidad cultural proviene de una única raíz es equivocada. Para él es más correcto concebir que las culturas son como ríos que se han conformado a partir de diversos afluentes. Así explica esta posición el semiólogo Tarcisio Lancioni en relación con Europa:
“Nuestras sociedades se caracterizan por la libertad de culto. Sin embargo, cuando el extranjero viene concebido única y exclusivamente como el musulmán, de pronto nos convertimos en cristianos. Es un juego de construcción política que responde a una estrategia discursiva específica de valorización de mí mismo respecto al “otro”. Me defino por mis diferencias en relación con él. Respecto a que Europa tiene raíces cristinas, no lo creo personalmente y me permito citar a un compañero de universidad, Maurizio Bettini, que sugiere liberarnos de esta metáfora de las raíces, ya que con ella se da a entender que todos tenemos un mismo origen. Bettini propone sustituirla por la metáfora del río, porque nuestra identidad no “proviene”, sino que “deriva” –en cierto modo y en un cierto momento– de una serie de afluentes que terminan por constituir y definir un único río. Esto probablemente es lo que sucede en Europa. La construcción de Europa tiene muchas y muy diversas influencias ramificadas que no se pueden reducir a una única raíz de la que brote nuestra identidad”. (Lancioni en Martín: 2021)
En relación con el éxito electoral de AfD, es probable que haya jugado a su favor el impacto social que en los últimos años han generado actos terroristas como los de ISIS en suelo alemán. Ahora bien, se debe tener en cuenta que los discursos de odio de este tipo de organizaciones se retroalimentan con el de las extremas derechas europeas. Al mismo tiempo que unos se erigen como los “verdaderos musulmanes” y señalan la influencia de la cultura europea como perniciosa para el Islam; los otros se erigen como los “auténticos alemanes” y alarman sobre la amenaza que el Islam supone para su cultura y sus formas de vida. El odio de unos se retroalimenta con el odio de los otros e impide el desarrollo pacífico de nuestras comunidades. ¿Es esto lo que queremos?
Por muchos motivos, estamos en un momento decisivo para la redefinición de Europa. Y en este proceso la migración puede ser presentada como un fenómeno que genera confrontación entre dos mundos irreconciliables (el famoso “choque de civilizaciones”) o como la posibilidad de configurar un nuevo espacio social en el que no haya un “nosotros” y un “ellos”, sino personas de diferentes procedencias que se reconocen como parte de una misma comunidad y que quieren compartir una memoria cultural común. Así se inició el proyecto de la Unión Europea, y dejarnos arrastrar por discursos nacionalistas pone en peligro su sentido y su vigencia en el futuro. No en vano, tanto Putin como Trump abogan constantemente por promover movimientos segregadores en los países europeos que antepongan la supuesta pureza de cada nación a lo que realmente puede unirnos, que son unos valores y principios de apertura y tolerancia. Lo que para ellos es una debilidad que desvirtúa la esencia de sus respectivas naciones, para nosotros debe ser una fortaleza. No se trata de hacer de nuevo a Europa grande en el sentido colonialista, sino de que Europa logre ser un espacio en el que se garanticen mejor los derechos humanos y que como actor internacional se convierta en un agente que los defienda y los haga valer, como por ejemplo en Palestina. En eso, creo, debe basarse nuestro orgullo como europeos y es sobre lo que debemos trabajar para generar adhesión social.
REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
Martín, M. (2021) “Entrevista a Tarcisio Lancioni: «La alteridad se construye a partir de uno mismo»” en Revista de Occidente, Nº 486, págs. 103-120
Schwesinger, H (2025) “Warum die Union nicht stärker ist – und die AfD so erfolgreich” (24/2/2025) en Tagesschau.de: https://www.tagesschau.de/inland/bundestagswahl/bundestagswahl-analyse-104.html
La CDU ha mejorado los resultados de 2021, cuando obtuvo únicamente el 24,2%. Pero se encuentra muy lejos del 41,5% que obtuvo Angela Merkel en 2013 ↑
Para este artículo tomo como referencia los datos de las encuestas realizadas por el Instituto Infratest dimap, conocido por publicar sondeos electorales y encuestas de opinión para el medio público ARD. En este caso concreto, los datos se extraen del siguiente artículo publicado por el informativo Tagesschau, vinculado a esta misma cadena: Warum die Union nicht stärker ist – und die AfD so erfolgreich ↑
Esta denominación hace referencia a los colores que representa a cada partido: rojo (SPD), amarillo (FDP) y verde (Die Grünen) ↑
A este respecto, cabe destacar que entre las filas socialistas tenía una mejor valoración el ministro de defensa Boris Pistorius: un 47% lo consideraba un posible buen canciller federal, muy por encima no sólo de Olaf Scholz, sino también del candidato de la CDU, Friedrich Merz, que obtuvo un 34% de aceptación en esta misma encuesta. ↑