ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 57, junio-julio 2024

EL SENTIDO Y LOS RETOS DE LA BATALLA CULTURAL

Antonio García Santesmases (Catedrático de Filosofía Política de la UNED)

 

Hoy día, como siempre, existen grandes alternativas ideológicas, pero la relación entre ciertos principios clave presenta a veces paradojas e impactos cruzados. Por ejemplo, el neocapitalismo es un gran disolvente de situaciones que son fundamentales para el conservadurismo. Por su parte, la globalización económica tiende a crear una inseguridad que parece influir en el rechazo de la inmigración. Para impulsar un modelo social avanzado, es preciso analizar de manera precisa una realidad tan compleja y, al mismo tiempo, tan dinámica

Es un tópico asentado en la teoría política debatir acerca de si influyen más en el electorado las cuestiones materiales o las cuestiones simbólicas. Algunos tratan de visualizar este debate introduciendo el concepto de clase social, mostrando la relevancia de las desigualdades socio-económicas y menospreciando las cuestiones referidas a la identidad; otros tratan de subrayar la primacía de las políticas que responden a necesidades reales frente a las que atienden a ensoñaciones ilusorias.

Esta refriega dialéctica interminable plantea la necesidad de delimitar con alguna precisión conceptual el problema con el que nos enfrentamos. Un camino para despejar el asunto sería ponernos de acuerdo en aquello en lo que todos coincidimos, para analizar en un segundo momento las cosas en las que podemos discrepar. Creo que todos podemos coincidir –máxime en un público de las distintas izquierdas, como el que frecuenta la revista ARGUMENTOS– en la relevancia de cuestiones materiales como el empleo, la vivienda, la sanidad, las pensiones o las infraestructuras. La necesidad de tener un empleo digno, de poder acceder a una vivienda, de tener un salario que permita vivir, o de tener garantizado el derecho a la salud, a la protección social, a la cobertura de desempleo o a una pensión suficiente, son conquistas que hay que defender día a día frente al impacto del neoliberalismo.

Más compleja es la cuestión si afrontamos el tema de la educación. En este caso ya no se trata sólo de los recursos económicos a emplear en las infraestructuras educativas o en el salario de los docentes; en seguida aparecen debates que remiten a problemas culturales. Si la educación fuera únicamente adiestrar en competencias, para poder acceder al mercado de trabajo, podría parecer que estamos en el campo de las dinámicas materiales –económicas– de clase social. Pero en la educación se juega también el campo de los valores, y aquí comienza un debate cultural muy complejo: ¿estos valores deben ser inspirados por convicciones religiosas o cabe una moral laica? ¿El Estado debe abstenerse de participar en el proceso educativo, o a lo sumo jugar un papel subsidiario; o, por el contrario, le corresponde un papel activo para garantizar la cohesión social y una educación cívica? Si tiene que jugar un papel activo, ¿le toca velar por determinados valores o debe ser imparcial y no defender ninguna moral particular, so capa de caer en el adoctrinamiento?

Si a estas interrogantes añadimos las que corresponden al papel de las familias en el proceso educativo, de nuevo todos los debates culturales vuelven a aparecer. La educación debe primar el derecho de los padres a ejercer la libertad de enseñanza o debe dar primacía a la libertad de cátedra de los profesores. Los que piensan que prima el derecho de los padres, dan una gran relevancia a los idearios educativos que responden a sus valores; los que pensamos que es una conquista una enseñanza laica y una escuela donde prime el pluralismo ideológico y la libertad de cátedra, damos preponderancia a la segunda opción.

No acaban aquí los problemas culturales, menospreciados en muchas ocasiones por una visión economicista de la izquierda que tiende a reducirlos a errores que afectan, en no pocas ocasiones a las políticas de identidad. Por añadir una cuestión que no podemos rehuir, al viejo debate entre clericalismo y laicismo, entre confesionalismo y liberalismo, debemos unir hoy el problema derivado de la relación entre ciudadanía y multiculturalidad. La escuela debe compensar, generación tras generación, las desigualdades de partida, nos recordaba siempre el maestro Gómez Llorente, pero añadía que debía hacerse cargo igualmente de una población heterogénea que no se siente parte de la nación, que se siente excluida, estigmatizada, discriminada, por razones de piel, de raza, de religión o de lengua. Basta con analizar la crisis de la república laica francesa.

La pregunta es si para conseguir la incorporación de esta población heterogénea a las instituciones y su participación en la vida política, es suficiente con un modelo escolar que pretendía formar ciudadanos, más allá de sus particularidades lingüísticas, culturales o religiosas. En el pasado, la cultura republicana fue un paso decisivo para superar las guerras de religión y afianzar los valores de la ciudadanía, pero hoy, en el momento actual, los debates identitarios estén a la orden del día y no se puedan rehuir. Ante nosotros aparecen, por decirlo esquemáticamente, dos modelos que confrontan en el espacio público.

En el primer modelo se produce una combinación entre el neoliberalismo económico, el neoimperialismo occidental y el neoconservadurismo moral. Es un modelo neoliberal, porque trata de reducir el papel del Estado a su dimensión mínima, y es neoconservador porque trata de defender una presencia máxima del Estado en el campo de la moral. Desde este modelo uno puede ser neoliberal como Mario Vargas Llosa, pero no ser un neoconservador y puede ser un neoconservador como era J. Ratzinger, pero no ser un neoliberal en el campo económico. Para el neoliberal debe primar el mercado, lo privado y la competitividad, para asegurar una libertad económica que permita la prosperidad y la competitividad.

Para el neoconservador, es imprescindible asumir que el enemigo de las tradiciones religiosas es la cultura ilustrada y su afán por alcanzar una moral autónoma, libre de ataduras confesionales, Para el neoconservador esa deriva provoca un neopaganismo disolvente que conduce a la anomia. Hay, pues, que reforzar el papel de unas tradiciones que hoy se viven en minoría, entre otras razones, por el predominio del mercado que todo lo iguala, y donde no cabe distinguir la verdad del error, por la dictadura que impone el relativismo.

Si ya es difícil la combinación entre el neoliberalismo y el neoconservadurismo, más aún lo es cuando hay que unir un tercer elemento vinculado al modelo internacional. El globalismo económico provoca una gran libertad para el comercio y una enorme dificultad de asentar la tierra, la identidad, la nación y el sentimiento patriótico. De ahí la necesidad de hallar un chivo expiatorio al que responsabilizar de la inseguridad. Este papel corresponde al inmigrante, al refugiado, al que se acusa de pretende reemplazar la cultura del país de acogida por religiones o culturas ajenas al mundo occidental. De ahí nace el miedo al otro y la proliferación de discursos xenófobos y racistas.

Frente a este primer modelo liberal-conservador-imperial, hoy hegemónico en las sociedades europeas, tenemos un segundo modelo que auspician las distintas izquierdas que pretende revertir los efectos nocivos del neoliberalismo económico y preservar las garantías laborales y los derechos económico-sociales. Es un modelo que quiere salvaguardar las conquistas del Estado social y hacerlas compatibles con la defensa de un Estado laico donde la escuela pública siga jugando un papel esencial para poder difundir una educación cívica. Una educación cívica y una escuela pública que tiene que hacerse cargo de los problemas derivados de la multiculturalidad.

El modelo de Estado social y de Estado laico ha sido un modelo que vivió su momento de gloria en los años posteriores a la segunda guerra mundial, en los treinta años de la galopada gloriosa de la socialdemocracia. Pero a partir de los años posteriores al 89 todo ha cambiado. Cuando el modelo socialdemócrata trataba de abrirse a las perspectivas abiertas por los nuevos movimientos sociales, especialmente al horizonte abierto por la perestroika, a la conciencia ecológica y a las reivindicaciones feministas, se ha encontrado con un mundo muy distinto. Con un mundo en el que impera el auge de los fundamentalismos religiosos, de los nacionalismos exacerbados, y de la exacerbación de identidades excluyentes. De pronto nos sorprendemos cuando constatamos el auge de conflictos que nunca se resolvieron acertadamente en el pasado, y vuelven a adquirir en el presente una virulencia impensable hasta hace poco tiempo.

Todo ello plantea una batalla cultural renovada. No se trata sólo de preservar los derechos económico-sociales o de defender una laicidad inclusiva, sino que hay que reivindicar un orden internacional que aleje el horizonte bélico de nuestro futuro. Una vez más es más sencillo enunciar la necesidad de dar la batalla, que dar con la clave para acertar y evitar que lo peor se haga realidad. De ahí la dimensión del reto ante el que nos encontramos.

No cabe duda de que hay motivos para la esperanza. Al igual que el modelo social de posguerra fue sacudido por una generación estudiantil que logró concienciar a la opinión pública de la masacre ocurrida en Vietnam, hoy, desde esos mismos campus, una nueva generación levanta la bandera de evitar el belicismo. En la época de la guerra fría fue acusada de hacer el juego al bloque comunista; hoy se les acusa de hacer el juego al terrorismo islámico; pero, sin desconocer que entonces hubo estalinistas y hoy hay defensores del islamismo radical, hay que elevar la voz para decir que estas minorías no lograron entonces ni lograrán hoy acallar la voz de tantos estudiantes que tratan de reivindicar lo mejor del proyecto ilustrado. Ellos nos están mostrando la necesidad de dar una batalla cultural imprescindible ante los retos que tenemos delante.

 

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