
La inteligencia artificial nos afectará de una manera que en este momento es difícil de prever, pero probablemente será de gran intensidad. Encierra amenazas, que en parte ya se están haciendo realidad, como el manejo de nuestros datos más personales, errores en los outputs de respuesta y exposición a la manipulación. También hay optimistas tecnológicos, pero en todo caso la incidencia puede ser tan importante que la organización política y la Administración deben velar por la salvaguarda de los derechos de los ciudadanos, y por su bienestar

La inteligencia artificial, omnipresente en nuestra vida, puede ser un instrumento que facilite la relación de los ciudadanos con las administraciones públicas, tratando de hacer más cómoda y feliz la vida de los ciudadanos o, por el contrario, un vehículo más que transite por el camino de transformar las instituciones públicas de inclusivas en extractivas. La proliferación de noticias que bombardean cada día a los humanos, referentes a los multimillonarios beneficios de las grandes empresas, combinadas frecuentemente con despidos de millares de trabajadores, generan más desasosiego que admiración, pues el futuro aparece confuso a pesar de voces más optimistas que hablan incluso de que los niños de ahora es posible que no tengan que trabajar (Vinod Khosla,2026).
Cierta desazón parece generarse tras la lectura de las noticias o las declaraciones de expertos y científicos, entre los que no faltan afortunadamente quienes afirman, con seguridad, que los avances en biomedicina alargarán la vida de los ciudadanos hasta los 120 años, o los que garantizan la desaparición de enfermedades, hasta ahora incurables, gracias a los adelantos de la tecnología cuántica y el uso científico de la inteligencia artificial.
Desde luego, los progresos de la automatización no dejan de sorprendernos cotidianamente. El ciudadano parece moverse entre la preocupación de la extinción de empleos y la esperanza de que desaparezcan ciertos oficios en los que el hombre puede ser sustituido. El trabajo será realizado por sistemas tecnológicos, así que necesitaremos un ingreso básico universal con el que cada persona tendrá acceso a la computación que requiera para cubrir sus necesidades (Omar Hatamleh ,2026)
Una de las preocupaciones mayores alcanza a la relación de la inteligencia artificial con la conservación de los empleos. En buena medida, combinar el criterio humano en las formas de organización y en la prestación de los servicios públicos, con la inteligencia artificial y su inmensa cantidad de datos procesados y puestos a disposición de la demanda, puede ser que genere, al menos por el momento, mayor valor. No sabemos, por supuesto, el futuro, pero como se ha afirmado por The Economist, los trabajadores de cuello blanco han demostrado ser muy adaptables. La IA volverá a transformar sus empleos, pero no los hará desaparecer.
Una visión distinta se manifiesta por parte de algunos autores que enlazan la extensión de esta altísima tecnología con el llamado capitalismo de vigilancia, que utiliza de forma constante todos nuestros datos, desde el mismo momento en que nos conectamos, sea para escuchar música, leer las noticias, enlazar con las redes sociales o ver un espectáculo deportivo. Nuestro ingenuo acceso se ha convertido en una prisión de vigilancia sin barrotes ni guardias, pero también sin salida, sin escape (Shoshana Zuboff,2025).
Pero la inteligencia artificial no es perfecta. Ello debe ser especialmente tenido en cuenta por los responsables políticos y gestores públicos. Nos enlaza con los datos existentes, los interpreta y analiza, pero su capacidad de creación original está aún iniciándose. De aquí que algunos señalen la alucinación de la inteligencia artificial, definido como el fenómeno por el cual, incapaces de decir “no lo sé”, las IA de las diversas plataformas existentes, aportan respuestas falsas, inventadas o ilógicas dadas con una alta dosis de seguridad y confianza, pero sin fundamento (Alex Tort,2026). Resulta que al nivel en el que estamos actualmente, con frecuencia la respuesta consiste en entresacar de las bases de datos lo existente, pero cada vez más se avanza en generar respuestas originales donde, por cierto, la ideología no está ni estará ausente. Pero en este asunto de la Inteligencia Artificial, debemos incluir la incisión que sobre la naturaleza ejercen las factorías industriales necesarias para el mantenimiento de las bases de datos, que precisan agua en cantidades fabulosas. Los chatbots de inteligencia artificial han sido diseñados para captar nuestra participación, pero comportan riesgos para las personas. Nos adulan más que la mayoría de las personas, aunque nos equivoquemos o nuestro planteamiento sea claramente ilegal o falto de ética. En definitiva, nos hacen sentirnos bien, aunque nos engañen.

Ha de reseñarse, no obstante, que hay importantes sectores de los ciudadanos que consideran que los adelantos tecnológicos generarán nuevos avances, que la vida será más fácil, el trabajo menos duro y la sociedad más cómoda y se vivirá mejor. En su haber, más optimista, ha de ponerse el análisis de la historia de la humanidad, donde las sucesivas revoluciones industriales que se han sucedido han terminado por mejorar la calidad de vida de la mayoría de los ciudadanos. Como se ha afirmado, la IA no es el futuro, estamos hablando de hoy mismo. Y no estamos haciendo nada al respecto. Simplemente estamos dando vueltas en círculo. Vale, la IA va a transformar la sociedad. Va a crear una enorme cantidad de puestos de trabajo y va a eliminar muchos otros (Larry Fink ,2026)
Estamos en una época de profecías. Ahí les envío una bastante previsible. La inteligencia artificial es con toda probabilidad el vehículo del poder de nuestro tiempo, en el que renace el petróleo como combustible imprescindible, generando, a causa de la guerra de Irán, una nueva crisis que desde el conflicto armado está ya pasando a la ciudadanía y a la vida cotidiana. Debe ser también un buen momento para recordar a Jürgen Habermas, recientemente fallecido, quien fue el padre de la democracia deliberativa, ese constante ejercicio de deliberación mutua entre ciudadanos libres e iguales que disuelven sus diferencias en un proceso de deliberación constante y bajo condiciones que aseguren una perfecta inclusión y simetría entre quienes así discuten (Vallespín, 2026).
Por su repercusión en la vida cotidiana, sectores numerosos de la ciudadanía piensan negativamente sobre lo que acontecerá en los próximos años, en todo caso muy mediatizados por esta tecnología. Para algunos autores, los análisis de las principales plataformas, en especial X demuestran que los algoritmos de las redes sociales “moldean de manera significativa las actitudes políticas”.
Recientemente, científicos de Italia, Suiza y Francia destacan que para numerosas personas las redes sociales se han convertido en la principal fuente de información, y ello ha generado preocupación por la desinformación, la polarización y la influencia de los algoritmos (que filtran, seleccionan y ordenan el contenido en muros personalizados para fidelizar a los clientes) (Nature. Los efectos políticos del algoritmo en X).
De nuevo, las posiciones de los Estados difieren, y mientras que en Europa, con matices, la Unión parece deslizarse hacia posiciones intervencionistas, en Estados Unidos y otros países la norma parece ser la libertad absoluta en cuanto al contenido de los datos y su influencia sobre la ciudadanía.
No obstante, el impacto del mundo tecnológico sobre las actividades de cada ciudadano resulta omnipresente y evidente. En consecuencia, la vigilancia de los poderes públicos es una necesidad, entre otras razones por su influencia en la comisión de delitos, la difusión de bulos, o la generación de adhesiones políticas en detrimento de análisis de preferencias más objetivos.
Estas dos formas de enfocar la realidad, absolutamente mediatizada por la tecnología, genera comportamientos políticos que trascienden a las ideológicas clásicas del Siglo XX, rompiendo las tradicionales diferencias entre izquierda y derecha y fomenta la aparición de movimientos ultraconservadores en numerosos países, con el beneplácito de la actual administración norteamericana.
En el caso europeo, la tensión parece cada vez más evidente, y se extiende no sólo a la posibilidad de control del ámbito relacionado con la tecnología, sino también al de la defensa. Controlar, en la medida de lo posible la inteligencia artificial y sus repercusiones sobre los ciudadanos, parece una meta ineludible de una administración pública al servicio de los ciudadanos.