ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 58, septiembre-octubre 2024

MUSICANDO… LAS REDES ANTISOCIALES

José Ramón Rebollada

ATRAPADOS EN LA RED / Tam Tam Go

 

José Mujica, expresidente de Uruguay, no utiliza la palabra populismo porque «la usan para un barrido y un fregado». Continúa argumentando el uruguayo que «Los que votan en Alemania por la derecha medio neonazi, son populistas; en Nicaragua son populistas. Entonces, cualquier cosa es populismo. Yo saco esta conclusión: todo con lo que no se está de acuerdo, que molesta, es populista. Es una categoría que no define».

El populismo nació en Rusia a mediados del XIX como un movimiento cultural que promovía el acercamiento de los jóvenes hacia el pueblo. Podemos encontrar muchas definiciones de populismo, una abundancia de intentos de concretar con la que se consigue exactamente lo que decía Mujica, que no se define nada, que nada se concreta en realidad. La palabra populismo sirve igual para un roto que para un descosido.

Yo me voy a centrar en un fenómeno que para mí es populista, entendiendo el término en el sentido más despreciable que te puedas imaginar. Se trata de la difusión de hechos falsos con el fin de hacer ver que tus convicciones políticas son la verdad absoluta. Es el fenómeno de las «fake news», las noticias falsas que hacen un daño terrible a la sociedad, particularmente a nuestro derecho de recibir información veraz. Para mí este es un fenómeno populista muy claro y asentado, por desgracia. Para que se haya consolidado como lo ha hecho, se necesita un soporte fácil y accesible, que no ha sido otro que las peligrosísimas redes sociales. Si la vida fuera justa deberían llamarse antisociales, pero ese es otro tema.

El ejemplo más significativo en el mundo de este populismo basado en noticias falsas difundidas en redes, es Trump, un tipejo que ha creado su propia red social porque ya no le soportaban ni los dueños de las que utilizaba para esparcir su veneno: Twitter y Facebook (que ya no se llaman así). En nuestro terreno patrio un ejemplo destacado es el de Alvise Pérez, un personaje que ha llegado a decir en sus redes cosas como esta:

«Vamos a explicar cómo todos los españoles nos vamos a organizar para que cuando Marruecos tome la decisión —que inminentemente ya la tiene planificada y la va a tomar antes de 2030— de invadir por las buenas o por las malas Canarias, Ceuta y Melilla, va a haber una serie de españoles libres que nos hemos organizado años atrás para plantarles cara».

Este señor afirma (sin rubor ni rigor alguno) que Marruecos ya ha tomado la decisión de invadir Canarias, Ceuta y Melilla antes de 2030, algo que (por supuesto) solo sabe él y (por supuesto) será él quien va a organizar a los españoles libres para impedirlo. Este es solo un ejemplo de los muchos con los que este señor abona las redes sin decir de dónde saca la información ni cómo la contrasta, ¿Le debemos creer porque sí, porque lo dice él? No tiene el menor escrúpulo en publicar falsedades ni, por supuesto, respeto alguno a la información ni a la verdad. Este es, en mi opinión, el populismo más asqueroso y peligroso en la actualidad.

Alvise Pérez se presentó a las últimas elecciones europeas con una agrupación de electores que no tiene programa político, ni militantes ni sede. Lo que tiene son seguidores en redes que le han procurado con sus votos tres eurodiputados que forman parte de esos grupos europeos que ni creen en Europa ni en la democracia, pero el sistema les permite estar ahí para corromperlo desde dentro, algo total y absolutamente incomprensible para mí: dejar el zorro al cuidado de las gallinas. Es absurdo.

En cuanto a las redes antisociales, hay que tener en cuenta que son empresas privadas, propiedad de multimillonarios estadounidenses en la mayoría de los casos. Empresas que solo responden a las leyes del mercado, claro. Solo operan en la jungla del capitalismo salvaje, y de eso se trata, obviamente. Las redes antisociales funcionan con algoritmos informáticos cuyos dueños son los propietarios de esas redes; ellos deciden cómo funcionan. Nadie nos garantiza que esos billones de datos, que dan el poder, se manejen con criterios democráticos, con justicia. Los algoritmos funcionan como sus propietarios quieran que funcionen, y ya sabemos que las empresas no son democráticas. Les gusta más la dinámica de ordeno, mando y me forro con tus datos, que manejo como me salga de la entrepierna. ¿Cómo y por qué decide Meta que tal o cual publicación llegue a unos sí y a otros no? ¿Por qué hay muchos más «influencers» de derecha y extrema derecha que del resto de opciones políticas? ¿Es una casualidad o es que el algoritmo les beneficia intencionadamente? Mucho me temo que es lo segundo, por desgracia, pero no puedo demostrarlo, es solo una intuición.

Todos los usuarios de esas supuestas redes sociales les entregan a esos poderosos empresarios sus datos y su privacidad de forma gratuita, voluntaria y masiva, algo que no comprenderé nunca. Con ello, además de convertirse en suministradores de datos gratuitos para millonarios, también son corresponsables del uso interesado que hacen de la información personal que reciben gratis y sin tapujos, incluso con entusiasmo. Muchos de ellos — la mayoría diría yo— ni siquiera son conscientes, o no le dan importancia alguna a la trampa y la manipulación interesada de las redes antisociales. No es que no haya información sobre ello, es que no se busca, no parece que interese a nadie. Por ejemplo, el papel de Facebook en la victoria de Trump sobre Hillary Clinton está bien estudiado. ¿Se resintió Facebook por ello? No, ni un poco. Los «trolls» de Rusia y de la extrema derecha en las últimas elecciones europeas son otro ejemplo de la maldad de las redes antisociales. El populismo más nefasto en estos tiempos digitales.

Los defensores de esta infamia suelen argumentar que las redes son el ejemplo excelso de la libertad de expresión, y no seré yo (como ciudadano y periodista) quien vaya a poner trabas a ese derecho. Todos tenemos derecho a expresarnos libremente, faltaría más. Tampoco debemos sufrir represalias ni reprimendas por expresar lo que pensamos. El Gran Wyoming dijo que la libertad de expresión es decir lo que quieras y que no te pase nada por decirlo. Lo que no tiene cabida dentro de la libertad de expresión es la mentira ni la manipulación con datos y afirmaciones inexactas, cuando no adulteradas y/o mangoneadas. La libertad de expresión no le da derecho a nadie a engañar, falsear, insultar, calumniar, difamar o maltratar a nadie.

Los ciudadanos tenemos el derecho y la necesidad de recibir información veraz, contrastada y rigurosa. Los periodistas tenemos además la obligación de informar veraz, contrastada y rigurosamente. Llámame corporativista, pero no creo que cualquiera que tenga una cuenta en Instagram y haga uso de su libertad de expresión irresponsablemente sea considerado un informador o un periodista. Este viejo y noble oficio tiene ya muchos años de antigüedad como para no saber cuáles son nuestras obligaciones y responsabilidades, que no son pocas.

Nadie tiene el derecho de poner en peligro el periodismo y la verdad es que las redes lo han puesto en jaque ya en demasiadas ocasiones, algunas de ellas por los propios periodistas. ¿Te acuerdas cuando se puso de moda esa falacia del periodismo ciudadano? En buena parte se debió a las redes. Es muy grave que los medios supuestamente serios se hagan eco de bulos propagados en las redes publicándolos sin contrastarlos ni comprobarlos, es la muerte del periodismo y de nuestra credibilidad que es el único patrimonio que tiene de verdad un periodista.

La realidad es que las redes antisociales existen y son un fenómeno de masas, algo que también ha llamado la atención de la música en muchas ocasiones. Hoy me he acordado de una canción que ya en el año 1999 (allá por el pleistoceno medio, en términos digitales) puso el foco en ellas. Se trata de «Atrapados en la red» de Tam Tam Go con los inclasificables hermanos Campillo. Los Tam Tam Go son un ejemplo más que notable de compromiso con la música y sus propias convicciones, que dejaron claras en temas tan interesantes como «Espaldas mojadas» o «Manuel Raquel». Te recomiendo efusivamente ambas.

 

 

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