
La crisis cubana es en gran parte el resultado de una política gobernada por la memoria del exilio y su inserción en la política estadounidense. Eso ha sido elevado a un plano simbólico y requiere un cierre histórico, para centrar la vista más en la gestión y desarrollo de la sociedad y economía cubanas. Una política anclada en duelos no resueltos exige que los cubanos de hoy paguen las pérdidas de ayer, dejando a la isla atrapada entre el pasado que no vuelve y el futuro que nunca llega

…John Maynard Keynes advirtió que “los hombres prácticos, que se creen completamente exentos de cualquier influencia intelectual, suelen ser esclavos de algún economista difunto”. No quería decir simplemente que las malas ideas perduran, sino que cuando las ideas se separan de los marcos intelectuales e institucionales que las produjeron, adquieren una autonomía peligrosa. Migran al poder, se simplifican y actúan a través de personas que ya no las reconocen como ideas. La convergencia actual entre el trumpismo, el conservatismo del exilio cubano-americano, cierta economía de la inmigración, el lenguaje humanitario y los flujos migratorios ilustra este proceso con una nitidez inquietante, transformando a Cuba de una sociedad real y compleja en un problema simbólico que exige cierre histórico.
Desde la Revolución de 1959, Cuba ha ocupado un lugar singular —casi obsesivo— en la imaginación política de Washington. El derrocamiento de una dictadura apoyada por Estados Unidos y la rápida alineación con la Unión Soviética no crearon simplemente un Estado adversario, sino una afrenta permanente a la autoridad hemisférica estadounidense, a apenas noventa millas de la Florida. La invasión de Playa Girón, la Crisis de Octubre, décadas de bloqueo, acciones encubiertas y aislamiento diplomático fijaron a Cuba como una anomalía de la Guerra Fría que nunca terminó del todo. Incluso tras el colapso soviético, la supervivencia cubana pasó a simbolizar menos una amenaza estratégica que un asunto histórico inconcluso. El breve proceso de normalización bajo Obama fue tan significativo precisamente porque rompía esa lógica, al tratar a Cuba como un Estado normal. Su reversión bajo Trump restauró una política basada en la memoria y no en la gestión.
Esa política de la memoria ha estado mediada durante décadas por la comunidad del exilio cubano-americano, sobre todo en Miami, donde el anticomunismo se endureció hasta convertirse en un régimen ideológico disciplinado. Con el tiempo, ese régimen castigó la disidencia, estigmatizó el acercamiento y convirtió las posiciones políticas en marcadores morales. La política dejó de ser instrumental y pasó a ser fetichizada, en el sentido preciso que han señalado los estudios cubanos: las ideas dejaron de servir para resolver problemas y pasaron a afirmar identidad, lealtad y rectitud histórica. La trayectoria de Marco Rubio encarna esta estructura. Su retórica no es empírica sino escatológica: el socialismo siempre está a punto de imponerse, Cuba siempre al borde del colapso, la historia siempre exigiendo redención. Trump aportó el temperamento: indiferencia ante las normas, gusto por el espectáculo e impaciencia frente a los límites.
En este ecosistema, la obra de George J. Borjas —economista nacido en Cuba, salido de La Habana siendo niño y formado en Harvard— adquirió una relevancia política muy superior a su alcance académico original. El argumento central de Borjas, desarrollado con mayor influencia en «La curva de demanda de trabajo tiene pendiente negativa» (2003) y más tarde en Economía de la inmigración (2014), sostiene que el aumento de la inmigración poco calificada puede ejercer presión a la baja sobre los salarios de ciertos trabajadores nativos. Su reanálisis de 2017 del éxodo del Mariel afirmó incluso que este caso emblemático había reducido los salarios de trabajadores no hispanos con baja calificación en Miami.
En el ámbito académico, estas conclusiones fueron inmediatamente cuestionadas. David Card, en su estudio original de 1990 «El impacto del éxodo del Mariel en el mercado laboral de Miami», no encontró tales efectos; Peri y Yasenov (2019), en «La repercusión del éxodo del Mariel revisitada», demostraron que el resultado de Borjas dependía de decisiones muestrales muy restringidas; y una amplia literatura —Ottaviano y Peri (2012), «Repensando los efectos de la inmigración sobre los salarios»; Dustmann, Frattini y Preston (2013), «Los efectos de la inmigración sobre la estructura salarial»; así como el informe de las Academias Nacionales de Ciencias, Ingeniería y Medicina, Las consecuencias económicas y fiscales de la inmigración (2017)— concluyó que los efectos salariales agregados a largo plazo son pequeños y con frecuencia positivos, sobre todo cuando se consideran complementariedades y aumentos de productividad.
Incluso el propio Borjas ha reconocido la sensibilidad de estos resultados a los supuestos. Sin embargo, una vez trasladado al discurso político, todo matiz desapareció. La restricción migratoria dejó de presentarse como una elección con costos y beneficios y pasó a verse como una necesidad inevitable. En el sentido keynesiano, Borjas se volvió “difunto”: vivo, citado, pero abstraído; sus ideas funcionaron como autorización moral más que como argumento empírico.
Cuba, por su parte, ha vivido una historia mucho más ambigua de lo que admiten los relatos del exilio. Desde 1959 la Revolución logró conquistas reales: alfabetización casi universal, esperanza de vida comparable a la de países desarrollados, un sistema de atención primaria admirado incluso por críticos, y una producción cultural sorprendentemente rica pese a la escasez. Al mismo tiempo, consolidó un Estado de partido único, reprimió el pluralismo político, asignó mal los recursos y fue incapaz de sostener un crecimiento productivo. El bloqueo estadounidense, aunque no explica por sí solo el fracaso económico, sí agravó ineficiencias y limitó la adaptación. Tras la caída soviética, Cuba sobrevivió mediante la improvisación —turismo, remesas, reformas parciales— sin prosperar, pero sin colapsar.
Ese frágil equilibrio se ha roto. Cuba ha entrado en su crisis económica más profunda en décadas, marcada por una inflación superior al 20 %, varios años de contracción del PIB y escasez crónica de alimentos, combustible y medicinas. El turismo, principal fuente de divisas, se ha desplomado bajo el peso combinado de la pandemia, el deterioro infraestructural y la incertidumbre. El golpe externo decisivo fue la caída de Nicolás Maduro en Venezuela. Durante años, Venezuela suministró alrededor de 35 000 barriles diarios de petróleo —aproximadamente el 70 % de las importaciones cubanas— en condiciones altamente subsidiadas, a cambio de médicos, cooperación en inteligencia y alineamiento político. Con Caracas transformada y funcionarios estadounidenses dando a entender que el apoyo a La Habana no sería prioridad, Cuba perdió a su principal aliado y su sostén energético. Hoy los apagones afectan a buena parte de la población, paralizando el transporte y la vida cotidiana. Analistas señalan que un embargo petrolero reforzado por vía naval podría aislar aún más a la isla a un costo relativamente bajo para Washington.
Sin embargo, el colapso económico no ha producido rebelión. El temor al caos, la violencia y la venganza posterior al derrumbe ha reforzado la cohesión de las élites y la pasividad social. La presión endurece al Estado en lugar de fracturarlo. Lo que sí produce es migración. Los cubanos se van en vez de sublevarse. Ese movimiento cruza entonces un umbral interpretativo clave. El sufrimiento económico se convierte en urgencia política en el exterior. En la frontera estadounidense, la causalidad desaparece: sanciones y colapso se sustituyen por un relato moral de personas “huyendo del comunismo”. La migración se vuelve prueba, y la prueba se convierte en mandato.
Es aquí donde el lenguaje humanitario funciona como bisagra final. Las sanciones suenan punitivas, los bloqueos agresivos, la invasión imperial. La “protección humanitaria”, los corredores y la estabilización suenan renuentes y morales. Históricamente, así es como la coerción cruza su último umbral retórico. La migración aporta la urgencia; el humanitarismo aporta la legitimidad; la fuerza entra sin nombrarse.
En este punto, la habanera Veinte Años no es adorno, sino diagnóstico. La habanera —forma lenta y lírica nacida en La Habana del siglo XIX y fundamento de la música popular cubana— siempre ha cargado con temas de distancia, deseo y pérdida. Veinte Años, compuesta e interpretada por María Teresa Vera en los años treinta, se volvió icónica porque condensó el exilio antes de que el exilio fuera una política de masas. “Qué te importa que te ame, si tú no me quieres ya.” La perplejidad del amor no correspondido. “El amor que ya ha pasado no se puede recordar.” El tiempo no conserva el sentido. “Fui la ilusión de tu vida un día lejano ya.” Lo que fue central ya es pasado. La tragedia de la canción es la asimetría temporal: exigir que otro ame hoy como amaba hace veinte años.
Esa es la exigencia implícita que una política moldeada por la memoria del exilio le hace a Cuba: que los cubanos de hoy vivan las heridas de ayer, que el sufrimiento presente redima la pérdida pasada. “Es un pedazo del alma que se arranca sin piedad.” El costo no lo pagan las ideas ni los Estados, sino la gente común.
Keynes advirtió que las ideas se escapan de quienes las crean. Aquí vemos algo aún más inquietante: el duelo escapándose de su tiempo y migrando a la política. La economía se vuelve moral, la migración mandato, el humanitarismo coerción. No porque alguien sea singularmente cruel, sino porque demasiados actores intentan obligar a la historia a responder a un anhelo no resuelto. Y cuando ese anhelo ya no puede expresarse como pérdida —como en Veinte Años— reaparece como dilación. No es casual que otra canción cubana universal, Quizás, quizás, quizás, compuesta por Osvaldo Farrés, haya hecho de la evasión su forma perfecta: la promesa siempre aplazada, la respuesta diferida, el tiempo suspendido como política. Entre el amor que ya ha pasado y la decisión que nunca llega, Cuba queda atrapada en un presente gobernado por memorias ajenas.
Y la historia, como la música popular cubana siempre supo, no responde ni al mandato ni al ruego, sino al aplazamiento infinito de una respuesta que nunca termina de llegar: quizás, quizás, quizás…