
El ideal contemporáneo de que la riqueza se basa en la acumulación individual de posesiones ha conducido a mostrar como práctica aparentemente ejemplar la inversión inmobiliaria especulativa, cuya generalización contribuye al aumento de la desigualdad social. En contraposición a este tipo de aspiraciones, es oportuno recuperar referencias clásicas como Aristóteles, y relatos simbólicos como la fábula del pescador, que defienden un modelo de sociedad más equitativo, sustentado en lo público, la cooperación y el ocio de calidad. Porque la verdadera prosperidad, al menos para la clase trabajadora, reside en lo comunitario y en la salvaguarda del tiempo libre

A finales de 2025 se viralizaron unas declaraciones de un conocido conferenciante, el Mago More, que en una entrevista para El Español destacó como ejemplo de sacrificio y esfuerzo a una joven que durante dos años se privó de todo tipo de ocio con el fin de comprarse un piso para ponerlo en alquiler.

A partir de ese momento, según cuenta el entrevistado, esta joven consiguió una liquidez mensual de 300€, que volvió a reinvertir en el mercado inmobiliario, hasta hacerse hoy en día con 15 inmuebles, de los que obtiene suculentos beneficios para disfrutar de manera ilimitada de su tiempo libre.
Esta historia, aparentemente anecdótica y en formato de moraleja, es muy reveladora de los tiempos que actualmente vivimos, sobre todo en plena crisis de acceso a la vivienda, porque lo que se presenta como ejemplo de ahorro y actividad emprendedora, es en realidad usura, ya que el aumento del rédito económico de la persona protagonista no se basa en una inversión por la que se produce algo nuevo, sino en la adquisición de bienes de primera necesidad con los que posteriormente se especula en función de la demanda. De tal modo, lo que a ella le beneficia, a la larga empobrece al resto, sobre todo a aquellos sectores de población que sufren las subidas abusivas de los precios del alquiler.
Lamentablemente, esto no es una excepción. Ocurre lo mismo con multitud de recursos y servicios que son fundamentales para el desarrollo de cualquier tipo de sociedad y el mejoramiento de su calidad de vida: agua, alimentos, medicinas, tecnología, fuentes energéticas y, quien sabe, quizá algún día el aire, cuando para poder respirar sea necesario una bombona de oxígeno.
Esto, lejos de contribuir a una sociedad más justa y equitativa, favorece la aparición de lo que pensadores como Aristóteles —hace ya 2500 años— denominaron sociedades de “amos y esclavos”, en las que unos tienden acaparar la riqueza, mientras los otros se ven obligados a trabajar para poder sobrevivir. En contraposición a este modelo, Aristóteles teorizó en favor de un modelo de estado integrado mayoritariamente por personas lo más iguales y semejantes posible:
“[…] la clase media es la que menos rehúye los cargos y la que menos los ambiciona, actitudes ambas fatales para las ciudades. Además, los que tienen demasiados bienes de fortuna, vigor, riqueza, amigos y otros similares, ni quieren ni saben ser gobernados (y esto les ocurre ya desde el seno de la familia, cuando son niños; pues por el lujo, ni siquiera en las escuelas tienen la costumbre de someterse), y los que carecen excesivamente de estos son demasiado despreciables.
En consecuencia, éstos no saben gobernar, sino ser gobernados con un gobierno propio de esclavos, y aquéllos no saben ser gobernados por ningún tipo de gobierno, sino gobernar con un gobierno despótico. El resultado es entonces una ciudad de esclavos y señores —pero no de hombres libres—, llenos de envidia aquéllos y de desprecio éstos, lo cual es lo más distante de la amistad y la convivencia política, ya que la convivencia requiere afecto, y ni siquiera el camino se quiere compartir con los enemigos.
La ciudad pretende estar integrada por personas lo más iguales y semejantes posible, y esta situación se da, sobre todo, en la clase media; por tanto, esta ciudad será la mejor gobernada” (Política, 1295b).
Y sobre la base de estos principios, de nuevo debemos volver a teorizar en nuestros días, especialmente con el fin de persuadir a quienes vivimos de nuestro salario de que nuestra fortaleza no se encuentra en la acumulación individual de posesiones, sino en el poder de lo público y en los servicios comunitarios.

Para ello, en contraposición a la historia del comienzo, creo que es oportuno rescatar la famosa fábula del pescador y el empresario. Un rico empresario estaba de vacaciones en un pequeño pueblo costero cuando vio a un pescador regresando a la orilla con unos pocos peces grandes en su bote. Al ver la calidad del pescado, el empresario le preguntó por qué no se quedaba más tiempo en el mar para pescar más. El pescador respondió que eso era suficiente para las necesidades de su familia: «Me levanto tarde, pesco un poco, juego con mis hijos, duermo la siesta con mi mujer y, al atardecer, voy al pueblo a beber unas cervezas y tocar la guitarra con mis amigos».
El empresario, sorprendido por sus palabras, le aconseja trabajar más duro para construir un imperio, hacerse rico y, tras décadas de esfuerzo, poder retirarse a descansar. El pescador le pregunta qué haría exactamente al retirarse. A lo que el empresario le describe una vida de pescar un poco, dormir la siesta y disfrutar con amigos. El pescador, divertido, le responde: «¿No es eso lo que ya estoy haciendo ahora mismo?».
Es cierto que nuestro mundo, también nuestra sociedad, está lejos de poder garantizar que trabajando poco se pueda disfrutar de un tiempo libre con acceso a múltiples opciones de ocio de calidad. Pero también es cierto que, si comparamos nuestra situación, la de España, con la de hace un siglo, nuestras condiciones vitales han mejorado notablemente. La esperanza de vida por entonces apenas sobrepasaba los 35 años, adultos y niños trabajaban por salarios de miseria y quien llegaba a los 60 no disfrutaba de ningún tipo de pensión, especialmente las mujeres.
Al respecto, nadie se preguntaba por la «sostenibilidad» del sistema, porque lo que provocaba el empobrecimiento social era el reparto de la riqueza que se generaba como sociedad. Y es ahí, otra vez, donde se juega parte de la disputa dialéctica contemporánea, sobre todo en un escenario en el que es previsible que muchas cosas de las que producimos dependan en un futuro cercano de máquinas y robots que sustituyan paulatinamente gran parte del trabajo humano, lo que transformará, sin duda alguna, las condiciones del mercado laboral.
¿Quiénes van a ser los beneficiarios de esta nueva revolución? Si no comenzamos a idear ya un sistema de reglas por el que la riqueza que se genere a partir de estos nuevos medios de producción pueda llegar al conjunto de la sociedad, estaremos alejándonos nuevamente del horizonte de igualdad aristotélico y muy probablemente aumentarán los desequilibrios entre quienes puedan acceder y adueñarse de esta nueva tecnología y los que se vean desposeídos de ella.
Para lo cual, pienso, no hay otro mecanismo más eficaz que los impuestos y, de forma complementaria, legislar para que aquello a lo que consideramos que debe tener derecho cualquier ser humano, se proteja firmemente por parte de los organismos públicos internacionales. Es urgente idear un sistema legislativo internacional que se haga respetar y que sea capaz de sancionar a aquellos Estados y empresas multinacionales que no lo respeten.
Se dirá: ¿por qué alguien que ha invertido en sustituir su plantilla de trabajadores por robots debe pagar impuestos si ha logrado que su empresa sea autosuficiente? Imaginemos, por ejemplo, una industria textil: ¿no necesitará carreteras y medios de trasporte para hacer llegar su mercancía a los consumidores? ¿no se servirá de la extracción de distintos recursos naturales para hacer funcionar sus fábricas y elaborar sus prendas de vestir? ¿no necesitará que exista un sistema eléctrico para hacer funcionar su maquinaria?
Por tanto, ¿no debería contribuir de algún modo a que se construyan y mantengan esas carreteras, medios de transporte, sistemas de extracción de recursos y red eléctrica que hacen posible su actividad económica? Ninguna persona, empresa o Estado puede sostenerse en el tiempo de manera aislada. Nuestro modelo de supervivencia y desarrollo es interdependiente, y si deseamos que nuestras relaciones se establezcan desde el respeto y la paz, no podemos guiarnos por la pura competencia. Al contrario, necesitamos crear lazos de solidaridad y establecer alianzas basadas en la cooperación que posibiliten lograr de manera conjunta nuestros objetivos particulares.
Sin embargo, nuestra sociedad vive aún bajo el parámetro del sacrificio laboral: pensamos que, si nos esforzamos durante toda una vida, lograremos el éxito profesional y económico como recompensa. Ahora bien, como en todo juego, para que haya unos “ganadores” significa que también ha de haber unos “perdedores”. Por eso es vital desactivar la validez de esta idea y convencernos, primero, de que vivir no se limita a trabajar y, segundo, de que en la vida no todo tiene por qué tener un precio que discrimine entre aquellos que pueden pagarlo y los que no.
En ese sentido, creo que no merece la pena esforzarse por hacerse rico individualmente, sino más bien por generar riqueza a nivel comunitario; esto es, contribuir a que se puedan construir escuelas, hospitales, residencias, carreteras, tendidos eléctricos, redes de transportes, viviendas, plantas potabilizadoras, sistemas de distribución de alimentos, parques, etc., cuyo disfrute no dependa de lo que una persona tenga en su cuenta corriente.
No se trata de renegar de la riqueza, sino de comprender que, como planteaba José María Arizmendiarrieta, fundador de la cooperativa Mondragón, es más conveniente promover “sociedades ricas” a únicamente “personas ricas”. Al menos, para la clase trabajadora. A ello añadiría una reflexión de carácter más existencial, sobre todo en un momento en el que el auge del individualismo y la soledad digital está obstaculizando seriamente las posibilidades de encuentro interpersonal y de emprendimiento comunitario. En estas circunstancias deberían resonar con más fuerza y sentido versos como los siguientes, integrados en un tema musical de Mägo de Oz que nos recuerda el valor inestimable que la amistad y el apoyo mutuo tienen para el ser humano:
No es más rico el que tiene más,
sino el que menos sabe necesitar.
Y si tú tienes alguien junto a ti,
rico serás.