


En los tiempos actuales, protagonizados por increíbles avances biotecnológicos, vemos cuestionada más que nunca la idea de progreso, que está en la base de todo planteamiento civilizatorio de la sociedad. Más allá de la destrucción de nuestro propio hábitat, de las guerras o de la creciente desigualdad social, el neoliberalismo, en este contexto capitalista, ha afectado y perjudicado notablemente a uno de los referentes ejemplares de la idea de progreso: el feminismo. Trataremos de hacer una reflexión sobre la situación del feminismo actual, revisando propuestas y su necesaria justificación más que nunca en un mundo donde la teoría queer lo invade todo y justifica un activismo trans muy intransigente, que ha vetado toda posibilidad de dialogo social y en instituciones. Como ya avisó Simone de Beauvoir: “No olvidéis jamás que bastará una crisis política, económica o religiosa para que los derechos de las mujeres vuelvan a ser cuestionados”.
El individualismo ha orientado el pensamiento de los ciudadanos hacia la creencia en la libre elección, sin considerar los condicionantes de las relaciones desiguales de poder ni la influencia de la propaganda capitalista en la conformación de nuestros deseos, especialmente en los jóvenes, a través de los medios de comunicación y entretenimiento.
Así vemos como se está dando, a veces incluso usando el mismo nombre del feminismo y apelando a los derechos humanos y a la idea de consentimiento, la defensa de situaciones que ya en su propia terminología son en sí mismas violencia contra las mujeres y la infancia, y que chocan frontalmente con la agenda feminista.
Encontramos cada vez más la defensa de la mal llamada “gestación subrogada”, como si los procesos biológicos de las mujeres pudieran tener consideración laboral, como si el sufrimiento de no poder tener hijos justificara la venta de seres humanos.
La explotación sexual se normaliza bajo una reivindicación de derechos de las trabajadoras sexuales, desoyendo los análisis feministas sobre la realidad de las mujeres prostituidas y los intereses del proxenetismo. Retumban en la cultura, en las televisiones, en libros como “La teoría de King Kong”, ubicados en la sección del nuevo plural: (feminismos), discursos de empoderamiento femenino a través del uso del cuerpo como “capital sexual”, que hacen aplaudir a los creadores de Onlyfans, en medio de un contexto de feminización de la pobreza. Las agresiones sexuales aumentan, sobre todo en menores, bajo la influencia de la pornografía, y los medios y algunos partidos autodenominados de izquierdas abogan por el “porno feminista”, ignorando que, como bien dicen las feministas, la pornografía no es otra cosa que prostitución filmada, en ningún caso la necesaria educación sexual. En nombre de la tolerancia se están censurando las reivindicaciones feministas críticas con distintas tradiciones culturales misóginas como el velo, la prueba del pañuelo o el matrimonio forzado de menores que se sigue produciendo también en nuestro país, reconduciendo la problemática al consentimiento. Por último, en la cumbre de la libre elección y rendidos a una degeneración de la ideología queer, tenemos la imposición en leyes de la “autodeterminación del sexo” (porque el dato del registro es el sexo, no el género), promovida por partidos de izquierdas y de derechas en todo occidente, y que también en nombre de la tolerancia y de supuestos derechos humanos impiden la defensa de los intereses de las mujeres y su agenda feminista, abolicionista del género, además de desproteger a los menores frente a la propaganda transgenerista de las identidades. La mercantilización y capitalización del cuerpo, la banalización de las cirugías estéticas, la euforia de los estereotipos de género que estamos viviendo, con la excesiva importancia de la imagen en redes y en la cultura que llega a los jóvenes, incidiendo en una idea sexualizada y pornificada de la mujer, con labios inflados, perreos, cinturas imposibles…han contribuido al hecho de que una parte de la población asuma sin espíritu crítico que los estereotipos machistas puedan deconstruir y suplantar el significado de lo que es ser mujer.
Parece increíble tener que recordar que la historia de opresión de las mujeres está vinculada a su sexo, siendo por ello objeto de explotación sexual y reproductiva y de vinculación a los cuidados. El discurso neoliberal actual reduce esta realidad a una elección de pronombres sentidos, que ha colado en los jóvenes como algo revolucionario, cuando es en realidad tan reaccionario y sexista como el patriarcado clásico. Si para los conservadores nacer con un sexo biológico se vinculaba a unos comportamientos obligados, el patriarcado moderno atribuye a las ideas estereotipadas la esencia del ser, admitiendo incluso la modificación (lesiva) del cuerpo para “ser lo que uno es”.
A pesar de que desde los medios de comunicación se silencian los argumentos del debate, que parece reducirse a postureos partidistas, lo cierto es que es un fenómeno que se está produciendo en todas las sociedades abiertas, precisamente por sus apreciados valores de tolerancia y libertad, que el capitalismo está manipulando a su favor, convirtiendo la inclusión y la diversidad en intrusismo y en normalización de la opresión. A nivel internacional las mujeres están uniéndose frente a este “caballo de Troya” para reivindicar la vuelta a la agenda feminista. Tenemos así Alianzas Contra el Borrado de las Mujeres, la WDI (Womans´s Declaration International), Declaración sobre los derechos de las mujeres basados en el sexo, la Internacional de Mujeres Feministas (Alianza IMF) para incidir en la diferenciación entre feminismo y las políticas populistas que han abandonado a la mujer como sujeto político del feminismo para cambiarlo por el “todas, todos y todes” o las alianzas para la defensa del deporte femenino (Save Woman’s Sports).
Con todo esto, se percibe en la sociedad la indignación de las mujeres informadas de lo que está ocurriendo con sus derechos: hombres en los deportes femeninos, en las cuotas paritarias, falseando las estadísticas necesarias para conocer la medicina, la delincuencia, la desigualdad laboral, agresores en cárceles de mujeres a los que la ley obliga a tratar en femenino, aseos y vestuarios sin género que obligan a las niñas a acudir de dos en dos o de tres en tres por miedo a ser espiadas o agredidas (recordemos que los delitos sexuales son cometidos casi exclusivamente por el sexo masculino)…
En definitiva, hombres usurpando derechos conseguidos para las mujeres, discriminadas laboralmente por embarazos, vinculación a familiares, cuerpos distintos para pruebas físicas, medicina, menstruación, objeto de agresiones sexuales…, por no hablar del neolenguaje con nuevos apelativos cosificantes que se empiezan a oír para referirse a las mujeres (cuerpos gestantes, menstruantes, personas con vagina o vulva…).
Defender los derechos de colectivos vulnerables no puede ponerse por encima de los derechos de las mujeres, más de la mitad de la población, y la relevancia del dato del sexo y sus repercusiones no puede ser menospreciada, si queremos un verdadero progreso que tenga en cuenta las desigualdades reales y no subjetivas.
El feminismo tampoco olvida lo que estas nuevas ideologías neoliberales están inculcando en la infancia, exigiendo a profesionales de la educación y de la medicina, y a la población en general, tomar posturas “afirmativas” ante las identidades de género, ante ideas sexistas y dañinas sobre lo que es ser hombre o mujer.
Cada vez más chicas jóvenes que no se identifican con los estereotipos sexualizadores impuestos a las mujeres, se están dañando el cuerpo con el uso de binders, u hormonándose y amputando pechos, creyentes de que eso supone una lucha social contra el patriarcado, siendo en realidad una individualización y subjetivación del problema. Varios colectivos en materia de salud, como el Colegio de Médicos, la Asociación española de Psiquiatría para Niños y Adolescentes o la Asociación de Pediatría, han hecho comunicados señalando la desprotección que supone para la infancia la implantación de protocolos afirmativos, que ya en otros países europeos están retirando, a raíz de casos como el conocido de Keira Bell y el aumento de demandas contra esta praxis.
Necesario es también reivindicar el valioso derecho a la libertad de expresión, que ha sido arrebatado por leyes estatales y autonómicas, bajo multas administrativas y sanciones de inhabilitación, y más allá del marco legal bajo la presión de la censura, la cancelación y el señalamiento. Los que estamos siguiendo los acontecimientos vemos como cada día se acusa a las feministas de mil formas de odio (tránsfobas, islamófobas, racistas, putófobas puritanas, fascistas…) por defender los postulados feministas; hemos vivido denuncias a mujeres feministas por no comulgar con la identidad de género, expulsiones de trabajos, agresiones físicas, cancelación de presentaciones de libros críticos con estos temas…
Frente a todo este dogmatismo, el feminismo asume la responsabilidad de no callar ante las manipulaciones, cuestionando este retroceso en los derechos de las mujeres impuesto en base a intereses capitalistas y neoliberales, orientados, según autoras como Alicia Miyares o Amelia Valcárcel, a abrir paso al “transhumanismo” y el negocio de los cuerpos, y que perpetua y normaliza bajo la libre elección desigualdades e injusticias sociales como son el alquiler de vientres, la compraventa de seres humanos, la eugenesia en la elección de características humanas, la prostitución sexual y la invisibilidad de las diferencias sociales vinculadas a la realidad de los sexos.