


La teoría queer nació como una reflexión sobre la problemática de unas identidades y comportamientos humanos que están en los límites de lo que se considera normal. Judith Butler estima que incluso el sexo no forma parte de la identidad natural, sino que es una construcción cultural. Wittig afirma algo semejante de la heterosexualidad: no forma parte de la naturaleza humana, sino que es una imposición política. La misma identidad de varón y mujer es una categoría del pensamiento y del lenguaje. Es necesaria otra categoría para romper la dualidad heterosexual, y esa es el lesbianismo. Para Haraway, el cyborg, un híbrido de máquina y organismo permite la transgresión de los géneros y de los sexos. Otras autoras y autores intentan sustituir la realidad biológica del sexo por entidades o normas culturales o similares; los conceptos hombre/mujer se vacían de significado, y las políticas que corrigen las desigualdades quedan socavadas
La palabra queer es un término inglés que podríamos traducir por raro o extraño, empleado anteriormente en señal de burla hacia las personas homosexuales. La teoría queer, en la expresión que utilizó Teresa de Lauretis en la revista Differences en 1991, más que una teoría entendida como un corpus ordenado, era una problematización no sólo de los espacios políticos del movimiento homosexual, sino también de los estudios académicos. Dentro de su perspectiva, la teoría queer analiza aquellas posiciones que se hallan en los límites de la norma social y cultural marcados por las diferencias de sexo, de género, étnicas e incluso las diferencias de especie. Lo que a la teoría queer interesa es el modo en que estas posiciones subjetivas modifican los criterios normativos que niegan entidad a los que se hallan en el límite de lo humano. En este sentido podemos citar los análisis de Monique Wittig, Judith Butler, Donna Haraway, Teresa De Lauretis o Paul Preciado. Su pensamiento supone una actitud disidente en asuntos de orientación sexual y de género. Procede, por tanto, analizar el origen filosófico y conceptual de esta teoría.
En 1990, Judith Butler publica su libro El género en disputa, que va a poner en cuestión algunas cuestiones fundamentales de las teorías feministas, sobre todo cuál es el sujeto del feminismo, y llegando a afirmar que la noción de género que maneja el feminismo no es coherente, en tanto que debe ser intercalado con raza, clase, etnia o sexualidad. Por ello, si se plantea el concepto de mujer en el marco del binarismo, lo femenino aparece separado de esos ejes que constituyen la identidad del sujeto. La tarea es, para Butler, desestabilizar la identidad sexual que naturaliza las estructuras hombre/mujer e impugnar la noción de género e identidad, como construcciones normativas opresoras del patriarcado en nuestra sociedad.
Para J. Butler, hay un esencialismo en el binarismo de sexo, de género y en la heteronormatividad. Para ella, el género y el sexo son actos performativos, inventados, que establecen la realidad que se enuncia en el acto del habla y determinan, por tanto, la identidad. Luego no hay base natural del sexo (producida por los discursos científicos al servicio de intereses políticos y sociales), sino construcciones culturales. Un fenómeno que representa esta performatividad de género de un modo paródico es el fenómeno drag-queen, como ejemplo que pone de manifiesto el carácter construido del género. La drag representa la femineidad masculina. Al imitar el género, la drag-queen (o el drag-king que representa una masculinidad femenina) ponen de manifiesto la estructura imitativa del género y su contingencia. Con ello pretende desnaturalizar el binarismo sexual, la heterosexualidad reproductiva y la normatividad obligatoria. Si el género es una interpretación cultural del sexo, ahora Butler afirmará que la construcción del sexo está tan culturalmente construida como el género. De modo tal que la distinción sexo/género ya no tiene sentido.
Pero la fenomenología solucionó este problema remitiendo al cuerpo vivido (Leib), frente al cuerpo anatómico (Körper) de Butler, en intersubjetividad, a mitad de camino entre la biología y la cultura. La identidad es vivida y experimentada, pues somos un cuerpo arrojado en el mundo, que se construye en base a hábitos corporales, acción y vivencia, no una identidad previa ni otorgada por normatividad o cultura. El género sin cuerpo ni sexo es lo verdaderamente esencialista de Butler. Por tanto, la teoría performativa no deja de ser reduccionista, al simplificar el cuerpo y el sexo a discusiones preexistentes. Se trata, para Butler, de eliminar la prioridad de hombre o mujer como sustancias constantes a las que se subordinan los rasgos de género.
Si Beauvoir nos enseñaba que «no se nace mujer, se llega a serlo», Butler nos recuerda que ésta es una práctica discursiva que está sucediendo, abierta a la resignificación performativa. Se trata de poner en evidencia los actos contingentes que crean una necesidad naturalista. Obviamente, malinterpreta a Beauvoir. Trata únicamente el cuerpo como Körper, olvidando el deseo sexual. Para Beauvoir llegar a ser mujer, habiendo nacido mujer, es abrirse paso en un mundo masculino, como cuerpo vivido con identidad vivida. Pero Butler desbarata la base fenomenológica existencial que se abre con Beauvoir, que había incluido corporalidad, cultura, psique y ser en el mundo.
Otra de las autoras fundamentales del denominado lesbofeminismo queer es la francesa Monique Wittig. El fundamento de su pensamiento es la crítica al pensamiento heterosexual como relación obligatoria social entre el hombre y la mujer. Las categorías de las que trata funcionan como conceptos primitivos en el pensamiento heterosexual (mujer, hombre, sexo, diferencia, historia, cultura), y por mucho que se haya admitido en estos últimos años que todo es cultura, sigue habiendo en el seno de esta cultura un núcleo de naturaleza que resiste: la relación homosexual. Wittig critica la heterosexualidad no concebida como sexualidad, sino como un régimen político. Hasta ese momento el feminismo había analizado el patriarcado como un sistema ideológico de dominación de la clase de los hombres sobre la clase de las mujeres. Wittig analiza la no naturalidad de la heterosexualidad (como Butler analiza la no naturalidad del sexo). Ahora Wittig cuestiona las categorías de hombre y de mujer, pues se trata de destruir esas categorías, eliminando su uso, para encontrar una nueva definición del sujeto. Superar esa relación heterosexual obligatoria de carácter cultural supone, para Wittig, la eliminación de los hombres y las mujeres, en tanto categorías de pensamiento y de lenguaje, y pensar una nueva categoría subjetiva. Y Wittig encuentra que es el lesbianismo el lugar social y ontológico adecuado para pensar esta nueva categoría subjetiva. Lesbiana es el único concepto que está más allá de las categorías de sexo (mujer y hombre), porque el sujeto lesbiana no es una mujer ni económicamente, ni políticamente, ni ideológicamente.
De modo que el lesbianismo ofrece la única forma social en la que se puede vivir libremente, al estar más allá de las categorías constituidas. Para la autora se trata de utilizar la posición estratégica de las comunidades lésbicas para destruir el sistema heterosexual, como lo hicieran los esclavos americanos cuando se escapaban de la esclavitud y se volvían libres. Así, una lesbiana debe ser una no-mujer, un no-hombre, un producto de la sociedad y no de la naturaleza. Si las lesbianas y los gays continúan concibiéndose como mujeres, como hombres, contribuyen al mantenimiento de la heterosexualidad. Que las lesbianas no sean mujeres, tal y como Wittig proclamó, supone que las lesbianas se encuentran al margen del sistema social, económico y político de la heterosexualidad. En este sentido, se tratará de lesbianizar a todo sujeto (incluidos los hombres).
En 1991 Donna Haraway publica Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. En su «Manifiesto para cyborgs», Donna Haraway construye el concepto de cyborg como metáfora que le sirve para analizar algunos aspectos de la política y del feminismo. El cyborg es un concepto que Haraway toma prestado de la ciencia-ficción, una criatura híbrida compuesta de organismo y de máquina. Son entes híbridos compuestos, en primer término, por humanos u otras criaturas orgánicas en tanto que sistemas de información controlados ergonómicamente y capaces de trabajar, desear y reproducirse. El segundo ingrediente esencial en los cyborgs son las máquinas, asimismo aparatos diseñados ergonómicamente como sistemas autónomos de comunicación. El cyborg sirve a Haraway para pensar la transgresión entre las fronteras. Así, esta metáfora permite al feminismo cuestionar las dicotomías entre los hombres y las mujeres cuando la evolución ha difuminado la diferencia natural y artificial. Las máquinas pueden ser artefactos protésicos, componentes íntimos dentro de una narrativa no naturalista y utópica que imagina un mundo sin géneros.
Haraway defiende la mezcla, la fusión de cuerpo y máquina, la no pureza de los cuerpos, su falta de inocencia. Esta fusión y mezcolanza permite al feminismo un nuevo planteamiento: puesto que el cyborg es un híbrido de máquina y organismo, plantea la posibilidad de la transgresión de los géneros y de los sexos. Por lo tanto, se incluye dentro de las figuras que distintas autoras feministas han propuesto para reflexionar sobre la identidad del sujeto postfeminista: lesbiana (Monique Wittig), sujeto paródico (Judith Butler), nómada (Rosi Braidotti), sujeto excéntrico (Teresa De Lauretis), entre otras. Podemos observar que, en todas estas figuras, aparecen notas características de la monstruosidad que recoge los rasgos de la nueva subjetividad postfeminista que se propone.
Por último, hay que hablar de Paul Preciado. Su pensamiento sobrepasa a todo lo anterior proponiendo otra figura: el biodrag referido a la producción de atributos sexuales mediante la farmacopornografía, siendo el objetivo la desnaturalización del sexo y el borrado masculino/femenino, ya que los cuerpos se definen como cuerpos parlantes. La desnaturalización corre paralelamente a la descolonización del sexo a través de una idea delirante como es el dildo, como antecesor del pene conceptual, en una especie de normalidad a través de una ontología del artefacto.
Para Preciado los órganos sexuales no existen, de modo que el género es protésico, no performativo. Junto al borrado de identidades masculino/femenino, su libro El Manifiesto contrasexual se sigue de un proyecto educativo contrasexual acompañado de derribo de la arquitectura de la heterosexualidad (los W.C. diferenciados).
Todas estas transgresiones reflejan una filosofía idealista donde el cuerpo sería la base donde se puede inscribir el género a voluntad dejando de lado el aspecto material e intersubjetivo del sujeto. Preciado deja de lado la ética, los valores y los problemas de las personas trans centrándose en un individualismo en el seno de un proyecto meramente político y transhumano guiado por la lógica del mercado donde los deseos también son frutos de la construcción social. No deja de ser una presentación tecnocapitalista y neoliberal la base del modelo biodrag. En Preciado se da una entrada a un capitalismo farmaquirúrgico a partir de su disidencia con el binomio sexo-género, reduciéndose a una política del cuerpo que toma una preponderancia de los sentimientos sobre la razón.
En definitiva, con lo queer se intenta sustituir la realidad biológica del sexo por mandatos culturales, estereotipos elegibles y sentimientos indefinibles. Los conceptos hombre/mujer se vacían de significado y las políticas que corrigen las desigualdades quedan socavadas. En medicina, se hace prevalecer el principio de autonomía del paciente sobre el de no maleficiencia, prescidiendo a su vez del proverbio Primum non nocere. La normalización, apoyo y defensa del colectivo LGTBIQ+ puede realizarse sin dimitir de la realidad. Para la teoría queer, el enemigo es tanto el varón blanco heterosexual como la idea de que exista la mujer como sujeto corpóreo y político, reduciéndola a estereotipos performativos en un subjetivismo centrado únicamente en la experiencia transgénero. De este modo se refuerza una visión histriónica de la mujer, mediante la delirante idea de que el sexo se termina a voluntad o autopercepción subjetiva, prescindiendo de datos verificables y científicos.
Bibliografía
De Beauvoir, S. El segundo sexo. Madrid: Cátedra. 1999.
Butler, J. El género en disputa. El feminismo y la subversión de la identidad. México:Paidós. 2001.
Halberstam, J. Masculinidad femenina. Madrid: Egales. 2008.
Haraway, D. Ciencia, cyborgs y mujeres. La reinvención de la naturaleza. Madrid: Cátedra.1995.
Vidarte, F. Ética marica. Madrid: Egales. 2007
Witting, M. El cuerpo lesbiano. Valencia: Pre-textos. 1977.
– El pensamiento heterosexual. Barcelona: Egales. 2005.
Preciado, P. Manifiesto contrasexual. Barcelona: Anagrama, 2020.
– Testo yonqui: Sexo, drogas y biopolítica. Barcelona: Anagrama, 2020.