
José Ramón Rebollada
WEST-EASTERN DIVAN ORCHESTRA, dirigida por Daniel Barenboim en la Sala de los Derechos Humanos de la ONU

Desde hace semanas estamos asistiendo prácticamente en directo a una catástrofe humana. Los datos cuantitativos son escalofriantes. En el día que escribo estas líneas (29 de octubre de 2023), han muerto unos 1.400 israelíes y más de 8.000 palestinos desde el ataque de Hamás a Israel el pasado 7 de octubre. Toda muerte violenta es un fracaso del hombre, y la situación en oriente próximo es un reguero de cadáveres desde hace décadas. ¿Cuándo vamos a aceptar que la prolongación del conflicto y su inmenso sufrimiento es inevitable si no se abordan las causas y dejamos el fanatismo para abrazar la política?
Durante estos días he oído y leído muchas informaciones sobre el conflicto palestino-israelí, pero ni una de ellas hacía referencia a la más ancestral y dañina de las causas: la religión. Jerusalén es el ejemplo más emblemático de entre todas las ciudades del mundo en el que impera el fanatismo religioso por encima de cualquier otra consideración. Jerusalén es centro espiritual (uno de ellos) de las tres religiones abrahámicas más importantes, las tres religiones más peligrosas de la historia de la humanidad.
Sin duda la religión y el fanatismo tiene que ver con la situación actual en oriente próximo y es ahí donde hay que buscar las causas y las motivaciones más profundas e inhumanas de este conflicto, y digo inhumanas porque según ellos todo proviene de Dios, no del hombre.
Supongo que cualquiera que tenga una formación religiosa a la antigua usanza (no sé si la gente más joven en España sigue padeciéndola) ha oído hablar de la «tierra prometida». El texto en el que se basa esa promesa está recogido en el libro del Génesis capítulo 15 versículos 18-21:
Aquel día hizo Yavé un pacto con Abraham, diciendo: «A tu descendencia daré esta tierra, desde el río de Egipto hasta el río grande, el Éufrates: la tierra de los ceneos, los cenezeos, los cadmoneos, los heteos, los ferezeos, los refaítas, los amorreos, los cananeos, los gergeseos y los jebuseos»
Si hacemos caso al literal del texto debemos concluir que no se sabe qué día (aquel día) Yavé pactó con Abraham que daría a su descendencia la tierra comprendida entre el río de Egipto (supongamos que es el Nilo) y el Éufrates. No puede decirse que la promesa de Yavé fuera muy precisa geográficamente hablando. Supongamos también que podrían definirse los límites de esas tierras teniendo en cuenta que el texto precisa los nombres de los diez pueblos que las habitaban. Por tanto solo podemos concluir que Yavé prometió a la descendencia de Abraham una tierra que pertenecía a otros, no a sus descendientes. Tampoco aclara el libro del Génesis qué debía suceder con esos pueblos, ¿debían simplemente desaparecer para que habitaran sus tierras los descendientes de Abraham? Nada se dice sobre ello en la Torá.
La descendencia de Abraham llegó, si hacemos caso a los textos religiosos. Sin entrar en muchos detalles (porque la historia tiene su miga) Abraham tuvo ocho hijos. El primero fue Ismael, patriarca de los ismaelitas que terminan siendo los musulmanes actuales. El segundo fue Isaac de cuya descendencia proceden los judíos y los cristianos. O sea que si hacemos caso al texto religioso Yavé prometió la tierra de diez pueblos a los descendientes de Abraham de los que nacen los judíos, los cristianos y los musulmanes, es decir, una tierra prometida a todos ellos. No queda ahí la cosa, es más compleja. Mas adelante Abraham tomó sus propias decisiones con respecto a su descendencia, tal y como dice el versículo 5 del capítulo 25 del Génesis: «Y Abraham le dio a Isaac todo lo que poseía». En el versículo 6 se dice: «Y a los hijos de sus concubinas Abraham les dio regalos y los mandó lejos de Isaac al oriente». No voy a meterme en el espinoso asunto de las concubinas de Abraham porque también tiene su enjundia y sus consecuencias, me obligaría a hablar de los «madianitas», por ejemplo, y me parece mucho enredo para un artículo. Por resumir diré que Yavé prometió una tierra que no era suya a los descendientes de Abraham y este mandó a siete de sus ocho hijos lejos de Isaac, a oriente, sin que quede claro que la famosa tierra prometida fuera posesión de Abraham en algún momento, en el texto solo se dice que dio a Isaac todo lo que poseía sin especificar si la reiterada tierra fuera propiedad suya, aunque lógicamente debemos pensar que no lo era porque Yavé prometió la tierra a sus descendientes, no a Abraham.
Hasta aquí, y muy resumidamente, el precedente religioso sobre el asunto que nos ocupa, el territorio que ahora mismo vive el conflicto en oriente próximo. Sin duda esos textos religiosos son lo que son, solo relatos propios de la mitología, pero para muchos creyentes de cualquiera de las tres religiones monoteístas son la verdad misma. Especialmente los judíos se han aferrado a esa creencia religiosa para reivindicar su supuesto derecho sobre ese territorio, lo que no impide que en otros momentos de su historia el pueblo judío contemplase otros territorios. Entramos ahora en la historia humana, la constatable con hechos, historia de verdad.
Pese a la reiteración en los escritos religiosos de la idea de una nación judía, solo se pueden constatar tres breves periodos en la historia después del exilio babilónico en los que la existencia de ese reino fue realidad, el último de ellos durante los años 132 a 135 de nuestra era. Desde entonces ni Judea ni Israel ni ningún otro ente parecido a una nación existió ni política ni territorialmente, hace prácticamente 2.000 años que el pueblo judío no es una nación ni posee un territorio propio.
Forzosamente tengo que dejar a un lado la interminable sucesión de avatares históricos vividos por el pueblo judío en aras de no hacer este artículo muy extenso. Por ello solo expondré con unos pocos datos lo que considero fundamental para entender el formidable lío e injusticia histórica que vivimos actualmente. Un buen punto de partida puede ser la aparición del sionismo a finales del siglo XIX. Un periodista austrohúngaro de origen judío llamado Theodor Herzl inició este movimiento de carácter político que defiende que los judíos eran primordialmente un grupo nacional y no un grupo religioso, y que, como tal, tenía derecho a crear su propio Estado en su territorio histórico. Por supuesto se refiere a la famosa «tierra prometida», una promesa religiosa de la que no reniegan a pesar de la auto reivindicación laica del grupo. En el siglo XIX Palestina (denominación romana) estaba bajo el dominio de la corona británica y principalmente poblada por musulmanes, aunque también había pequeñas comunidades judías y cristianas. El Imperio Británico propuso muy seriamente el establecimiento del pueblo judío en un territorio ubicado parte en Uganda y parte en Kenia. La propuesta fue estudiada por el propio Herzl y debatida en el sexto congreso sionista celebrado en 1903 que la rechazó. Uganda no fue el único territorio planteado, también se barajó Argentina por el propio Herzl, Siberia y otras diez propuestas más a cargo de Joseph Otmar Hefter, contrario al sionismo de Theodor Herzl. Pero el sionismo se impuso y ahora se considera a Herzl como el padre de la patria de Israel.
En 1882 se produjo la primera migración importante de judíos a Palestina, principalmente rusos que era un país antisemita bajo la preponderancia de la iglesia ortodoxa cristiana. Se conoció esa migración como la «Primera Oliyá». La segunda fue a principios del siglo XX también procedente de Rusia y Polonia, en menor medida del Yemen. Ya esta segunda Oliyá está influenciada por el sionismo de Herzl y los asentamientos en Palestina se produjeron comprando tierras a los terratenientes turcos. En 1915 había 87.000 judíos y 600.000 no judíos en Palestina.
Los británicos prometieron tanto a los judíos como a los árabes la creación de un estado propio en Palestina, lo que muchos historiadores consideran el origen del conflicto actual, principalmente el tratado secreto de Sykes-Picot de 1916. Los tremendos resultados de ambas guerras mundiales y el nacimiento de un nuevo orden mundial originó que el gobierno británico abandonase Palestina y dejase en manos de la recién nacida ONU la resolución del conflicto entre árabes y judíos. El 29 de noviembre de 1947 la ONU aprobó un plan que dividía Palestina en dos Estados, el 43,7% del terreno para los árabes y el 53,6% para los judíos. Los judíos salieron ganando a pesar de que eran el 30% de la población.
Uno de los factores que influyó de forma determinante en la creación del Estado de Israel fue el holocausto vivido por los judíos europeos durante el nazismo. Ellos llaman a ese espantoso episodio la «shoá» (la catástrofe en hebreo), un periodo histórico cuya asimilación social en el nuevo Estado no empezó a asimilarse hasta la ejecución de Adolf Eichmann en 1962, tras secuestrarle en Argentina y juzgarle en Jerusalén. El holocausto es, sin duda, una de las tragedias más sobrecogedoras de la historia de la humanidad. La crueldad desatada del hombre contra el hombre alcanzó proporciones siderales en ese periodo, el sufrimiento provocado y el daño infringido es simplemente descomunal, inabarcable racionalmente. En las circunstancias actuales es muy difícil comprender que Israel, después de lo vivido, obre de la manera que está obrando con el pueblo palestino desde hace ya varias décadas.
El 14 de mayo de 1948 Israel proclamó su independencia en base a los acuerdos de la ONU, unos acuerdos que no fueron aceptados por los árabes. El nuevo Estado de Israel invitó a sus vecinos árabes a convivir en paz y buena voluntad, con ayuda y cooperación mutua. Pero aparte de esa declaración de buenas intenciones la realidad es que la historia de Palestina en estos 75 años no ha sido ni pacífica ni cooperativa. Es imposible relatar detalladamente en este artículo todos los acontecimientos vividos en estos 75 años, la interminable sucesión de guerras, atentados, muerte y destrucción, tanto dolor prolongado a lo largo de tanto tiempo que es imposible que no haya dejado desazón y odio a varias generaciones, una realidad que es la primera vez que sucede en la historia moderna y de la que nadie parece saber salir. Tan obvio como el hecho de que prolongar sine die el conflicto no lleva más que a alargar el dolor y el sufrimiento, en algún momento tiene que llegar la cordura imponiéndose al odio.

No quiero ni puedo ser equidistante. La historia demuestra que en este interminable conflicto ha sido el pueblo palestino el que ha sufrido mayor vilipendio y maltrato tanto por Israel como por el mundo occidental, una realidad incuestionable que ha sido corroborada por los hechos acaecidos desde el pasado 7 de octubre. El detonante de este nuevo episodio fue el ataque indiscriminado a Israel por parte de Hamás, un ataque cruel e inhumano, vaya por delante. Ese ataque no surgió de la nada, detrás de él hay 75 años de conflicto durante los cuales han sucedido muchísimas cosas, entre ellas el hecho de que fue Israel quien apoyó activamente la creación y expansión de Hamás porque suponía en ese momento beneficiar a un grupo enemigo de la OLP de Yasir Arafarat, un hecho que ahora los israelíes consideran un error, pero así nació Hamás, con el apoyo decidido y activo de Israel.
Si hacemos caso del relato israelí y occidental Hamás es un grupo terrorista mientras que Israel es un estado democrático que tiene derecho a defenderse. Creo que no es necesario incidir en las diferencias abismales que deben existir entre el modo de actuar de un grupo terrorista y el de un estado democrático de derecho. Pero observando lo sucedido en la franja de Gaza estas semanas parece más adecuado calificar la actuación de Israel como terrorismo de Estado. Confinar a dos millones de personas, obligarlas a desplazarse de sus casas, atacarlas militarmente e impedirles el acceso a los suministros y servicios esenciales para la supervivencia humana es, en la práctica, poner en marcha todas las medidas necesarias para exterminar al pueblo palestino, a todo él, no solo a los terroristas de Hamás. Los israelíes deberían saber mejor que nadie lo que supone el intento de exterminio de todo un pueblo.
Israel ha perdido toda legitimidad con esta actuación. Nunca tuvo legitimidad histórica, como ya he explicado, pero en la actualidad, con esta reacción bélica, ha perdido toda legitimidad moral, legal y política. Ha superado con creces el horror terrorista con el terror de Estado.
En estas semanas hemos vivido la paradoja de que Israel ha renegado de la ONU, impedido el visado a sus representantes y declarado persona «non grata» a su secretario general. Eso lo ha hecho Israel, el país que nació por un mandato de la ONU y el que más resoluciones de la ONU ha incumplido en estos años. Hace unos días ha surgido el debate de por qué Putin tiene una orden de arresto internacional y Netanyahu no. Ambos son presuntos criminales de guerra según la legislación internacional, pero solo uno está perseguido judicialmente. Israel lleva décadas haciendo asentamientos ilegales en Palestina y apropiándose de tierras que no le pertenecen, agrandando su territorio muy por encima de los límites fijados por la ONU, engrandecimiento que ha hurtado a los palestinos su tierra en la misma medida, su tierra histórica de verdad, la que han habitado durante siglos incluyendo el territorio asignado a Israel.
Tal y como está el relato informativo ahora mismo no parece que Israel esté dispuesta a aflojar la presión bélica sobre el pueblo palestino. La irrisoria entrada de ayuda humanitaria por el paso fronterizo de Rafah es una prueba evidente de que Israel está actuando contra todo el pueblo palestino. Tampoco parece que la paz sea una opción cercana, por desgracia. El empecinamiento absurdo e inútil de no resolver el conflicto civilizada y pacíficamente, sentados alrededor de una mesa, es una clara muestra del daño que ha producido y sigue produciendo el fanatismo religioso en la historia de la humanidad, un fanatismo enquistado en el próximo oriente como en ningún otro lugar del planeta.
Ante este panorama desolador e inhumano mi cordura me obliga a refugiarme en la música, una preciosa cualidad humana cultivada en todos los tiempos y en todas las culturas. Hoy me he acordado de una orquesta que es en sí misma un importante toque de atención, aunque sea solo un soplido dentro del huracán de la barbarie. Se trata de la West-Eastern Divan Orchestra creada por un judío, Daniel Baremboim, y un palestino ya fallecido, Edward Said. Jóvenes músicos árabes, palestinos, israelíes y también españoles unidos por la cultura y la humanidad. He seleccionado una pieza de un concierto que se realizó en la Sala de los Derechos Humanos de la sede de la ONU en Ginebra en 2015, un concierto dirigido por el propio Daniel Baremboim: