ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 52, julio-agosto 2023

DEL SEXO AL GÉNERO: ¿CAMBIO SUSTANCIAL O MODA PASAJERA?

Un grupo de personas haciendo gestos con la cara pintada Descripción generada automáticamente con confianza baja
Imagen que contiene persona, mujer, hombre, sostener Descripción generada automáticamente

En los últimos años se ha producido uno de los cambios más sorprendentes y rápidos de la historia reciente: la paulatina sustitución del concepto de sexo biológico por la noción de identidad de género, que se supone es la vivencia del sexo tal y como cada individuo lo experimenta íntimamente. Hemos pasado de un hecho objetivo como es la división sexuada de la especie humana, a la idea de que el sexo es irrelevante, y que cada uno puede determinarlo a voluntad. Este cambio de paradigma no descansa ni en evidencia científica ni teórica alguna, y está teniendo un alcance universal cuyas consecuencias, nada halagüeñas, ya se están viendo en los países de nuestro entorno

¿Qué les parecería que para darse de alta en el censo de la población aparecieran estas preguntas? ¿Cuál es el sexo registrado al nacer?                               1. Mujer/Femenino 2. Varón/masculino 3. Ninguna de las anteriores.                                                                                                                                                         Es decir, podrá haber un grupo de personas que no tengan sexo, para las cuales habrá que hacer una columna cuando se formule la pirámide poblacional. Pero es que, además, el censo consultado continúa: De acuerdo a la identidad de género, se considera:                                                                     1 Mujer; 2 Mujer trans/travesti; 3 Varón; 4 Varón trans/masculinidad trans; 5 No binario; 6 Otra identidad/ninguna de las anteriores; 7. Prefiero no contestar 8. Ignorado.

¿Cómo se les queda el cuerpo? Pues, aunque no se lo crean, esas eran preguntas que figuraban en el Censo de Argentina de 2022. Pero no hay que irse a Argentina para ver cómo prolifera la nomenclatura cuando hay que cumplimentar los datos personales. Actualmente la mayor parte de los formularios e inscripciones para recoger información personal, ya no preguntan por el Sexo, sino por el Género, y suelen consignar:                                                               1. Mujer; 2 Hombre; 3 No binario; 4 Otros, cuando no otras combinaciones en la línea del censo argentino.

Hace apenas cinco años esta nomenclatura era prácticamente impensable, y todo se reducía a consignar el sexo: Hombre o Mujer. ¿Cómo se ha producido este cambio tan radical, en tan poco tiempo, y, sobre todo, cuáles son las consecuencias?

De acuerdo con la tradición feminista, la mayoría de las autoras siempre habían definido el género como una construcción cultural, como el mecanismo que atribuye qué características o actitudes son propias de las mujeres y cuáles de los hombres. Por tanto, un corsé impuesto a los cuerpos sexuados. Unos cuerpos sexuados que no están en igualdad de condiciones, sino jerarquizados y que constriñen la libre personalidad de todos los individuos, pero especialmente de las mujeres, que estaban subordinadas –y todavía están, en diverso grado según las zonas del planeta– a los individuos de sexo masculino. En una gráfica descripción de Gerda Lerner, en su obra La creación del patriarcado: “El sexo es lo que determina que las mujeres tengan niños, pero el sistema de sexo/género lo que asegura que ellas serán las que los cuiden”[1].

Ahí está la historia para dar cuenta de esta larga subordinación, que sólo ha empezado a diluirse con el empuje del movimiento feminista iniciado hace más de 300 años, y que todavía no ha culminado sus objetivos de emancipación de las mujeres en todo el mundo. Cuando ya parecía que este impulso se empezaba a extender como una mancha de aceite, imperceptible pero pertinaz, se produce un giro de guion inesperado y lo que se consideraba imposición empieza a ser visto como una identidad, como una condición propia de las personas que solo ellas pueden experimentar internamente, independientemente del cuerpo que tengan.

Este cambio no se produce por arte de magia, sino que tiene una explicación racional que puede ser entendida si aplicamos la teoría política conocida como Ventana de Overton. En el caso que nos ocupa podemos situar el inicio de este nuevo paradigma en los conocidos como Principios de Yogyakarta, reunión celebrada en esa ciudad indonesia que estableció, sin aportar ningún tipo de evidencia científica, que “se entiende por identidad de género la profundamente sentida experiencia interna e individual del género de cada persona, que podría corresponder o no con el sexo asignado al momento del nacimiento, incluyendo el sentido personal del cuerpo (que, de tener la libertad de escogerlo, podría involucrar la modificación de la apariencia o la función corporal a través de medios médicos, quirúrgicos o de otra índole) y otras expresiones de género incluyendo el vestido, el modo de hablar o los amaneramientos” (de la Introducción).

Desde aquel momento, esta definición ha sido universalmente aceptada sin prácticamente discusión ni cuestionamiento alguno, y es lo que al final ha quedado recogido en la mayoría de las normativas o disposiciones conocidas como “leyes trans”, incluida la aprobada en España en 2023. En esta ley se sustituye “identidad de género” por “identidad sexual”, que define como: “vivencia interna e individual del sexo tal y como cada persona la siente y autodefine, pudiendo o no corresponder con el sexo asignado al nacer” (Artículo 3 i).

Una mujer con un micrófono en la mano

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Aquí se consagran los dos principios fundamentales que desde entonces se repiten como mantras: vivencia interna y sexo asignado al nacer, dos conceptos que disocian totalmente el sexo biológico del percibido, y que nos lleva a la famosa idea de que “se puede nacer en el cuerpo equivocado”. Quién se equivoca al nacer, quién asigna el sexo, y cómo se puede vivir interiormente la noción de sexo si no es mediante la “representación” de lo que se considera femenino o masculino, son preguntas que nadie parece querer contestar. Cuando un varón de cualquier edad dice que ha descubierto su auténtico ser y decide autoidentificarse como mujer, ¿qué experiencia de mujer ha tenido y qué tipo de sentimiento cree tener para considerar que lo que siente es “ser mujer”? Las denominadas “leyes trans”, por una parte, nos conminan a los demás a afirmar esa autopercepción del individuo y, por otra, nos lleva a negar la propia percepción de nuestros sentidos y la noción de “verdad” que hemos compartido socialmente hasta ahora.

El sexo, una realidad material objetiva, pasa a ser una percepción subjetiva, y lo que ha sido una construcción cultural –el género– acaba por reemplazarlo.

Esta sustitución del sexo por el género no ha sido sino la aplicación práctica de la Ventana de Overton, que, siguiendo unos principios, puede hacer factible lo que en un momento parece imposible. Sin entrar a fondo en la descripción de esta teoría política (remito a quien esto lee a profundizar en ella en el enlace citado anteriormente), se puede decir que para acabar imponiendo el género como identidad, se han utilizado tres estrategias fundamentales:

Primero la intelectual, que le da el lustre y la solidez académica necesaria para que una nueva teoría sea tenida en cuenta. Aquí, las dos más ilustres teóricas son Judith Butler desde la Filosofía y Anne Fausto-Sterling desde la Biología. A partir de ellas la Academia queda deslumbrada por la nueva conceptualización según la cual el sexo también es una construcción social, como el género, y se dedica a replicar los postulados de esta teoría sin que nadie se atreva a refutar a las dos máximas referentes. El influjo universitario alcanza también a los centros de secundaria e incluso a los de primaria.

Pero el mundo académico es muy limitado; hay que llegar a la sociedad en general; y aquí se pone en funcionamiento el aspecto emocional; se vincula la problemática trans con los derechos humanos y con el colectivo LGTBI, lo cual hace difícil que la gente discrepe, pese a que la orientación sexual no tiene nada que ver con la denominada identidad de género. La insistencia en el sufrimiento, la vulnerabilidad y los riesgos de suicidio que acechan a quienes no se les afirme su identidad de género, hace que la sociedad prefiera asentir o callar ante lo que en principio parece que no afecta más que a una minoría social.

La tercera estrategia es la comunicativa, pues no puede haber diseminación ni legitimación de una nueva tendencia social sin que los medios la amplifiquen y le den popularidad: la presencia de modelos, cantantes, actrices o personajes en series en cine y televisión que han transicionado y han conseguido que su sueño abra el camino de la aceptación popular. Las influencers y las redes sociales llegan a un público juvenil al que no acceden los medios de comunicación convencionales. La popularidad, el acento en los aspectos positivos de la transición, el silenciamiento de las voces críticas –especialmente de feministas de larga trayectoria– y el tratamiento informativo acrítico y superficial que le dan los medios, han hecho el resto del trabajo.

Estas tres coartadas han estado tan imbricadas que no ha quedado resquicio alguno para la discrepancia, el debate o la reflexión. La guinda en España es una ley trans disparatada que consagra el principio de autodeterminación del sexo, que solo ha contado con la participación de transactivistas y ha desoído todo intento de análisis crítico bajo la acusación de transfobia.

Las consecuencias de este estado de cosas lo veremos en unos años, pero ya se sabe que algunos países de nuestro entorno están dando marcha atrás en la ligereza con que se ha abordado el cambio de sexo, sobre todo en menores de edad.

Una consecuencia primordial es que el sexo biológico se está volviendo irrelevante, lo cual hace imposible o dinamita las políticas públicas para combatir la desigualdad entre hombres y mujeres. Si se es hombre o mujer según sea el sentir de cada cual, se cortocircuita la lucha feminista, pues esta ha basado todas sus demandas en el hecho innegable de la subordinación de las mujeres a causa del sexo con el que han nacido, no con el género que les ha sido impuesto.

Esta indiferenciación que ya no distingue entre sexo y género tendrá su efecto en las estadísticas, que recogerán la autopercepción que tenga de sí cada individuo, pero no el dato objetivo representado por el sexo. Ya estamos asistiendo en otros países a situaciones en las que varones autoidentificados como mujeres están compitiendo en categorías deportivas femeninas, utilizando vestuarios, lavabos, saunas o espacios tradicionalmente de mujeres sin que estas puedan oponer resistencia alguna, o siendo encarcelados en prisiones de mujeres incluso habiendo cometido agresiones sexuales, lo que pone en riesgo al resto de las reclusas.

Todo esto es tachado de exageración o de casos puntuales por todos aquellos que no quieren el menor cuestionamiento, silenciado por los medios de comunicación y avalado por todo tipo de instituciones, partidos políticos, sindicatos, universidades y grupos de presión.

Si de lo que se trata es de resignificar lo que significa ser humano, hagámoslo, pero parece de justicia que tras tres mil años de historia en que las mujeres no han tenido voz, esta vez al menos se cuente con su participación.

Mujer jugando con una pelota

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  1. Gerda Lerner, La creación del patriarcado (2017), página 350, primera edición original en 1986.

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