ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 53, septiembre-octubre 2023

LA UNIÓN EUROPEA ANTE DESAFÍOS EXISTENCIALES, EN UN CONTEXTO POLÍTICO POLARIZADO Y UNA DEMOCRACIA AMENAZADA (I)

La Unión Europea ha ido retrasando la adopción de un modelo federal. Por cierto, igualmente ha ocurrido en España. Es cierto que tanto una como otra ha adoptado comportamientos que son propios de una organización federal, pero siempre ha subsistido un cierto temor a dar el paso de una reorganización deliberada. Pero además, la Unión Europea ha de adoptar otras decisiones en orden a definir claramente su identidad y sus objetivos. Esa tarea se complica por el hecho de que al mismo tiempo ha de afrontar varios desafíos importantes que proceden del entorno

Pretendo sintetizar en este artículo los tres grandes desafíos básicos a los que, a mi entender, se enfrenta la Unión Europea: 1) dar el paso, de una vez, a ser un ente político y no sólo un mercado común, si quiere ser un actor autónomo en el nuevo contexto geopolítico mundial; 2) afrontar los desafíos que para la democracias liberales representan los populismos iliberales de derecha e izquierda; y 3) afrontar la necesidad de cambiar los paradigmas del neoliberalismo, que son contradictorios con los desafíos medioambientales y con las propias bases de la democracia.

1, TRANSFORMAR O SUCUMBIR

De nuevo, la UE afronta desafíos existenciales. Probablemente, en esta ocasión, con mayores dificultades para sortearlos, al tiempo que con mayor necesidad de superarlos. El primero de ellos es el que viene evitando afrontar en los últimos 30 años, tras la creación del Mercado Único, del nacimiento del Euro, de la reunificación de Alemania y la ampliación de la Comunidad Europea a los Países del Este: convertirse en una entidad política de tipo federal. Más que en las anteriores ocasiones, en ésta el no hacerlo implicaría, en el marco de una geopolítica mundial en rápida transformación, un seguro riesgo de poner en cuestión el proyecto europeo iniciado hace más de 70 años.

La UE ha ido avanzando a impulso de crisis. La invasión por Rusia de Ucrania es la última que ha tenido que afrontar en los últimos decenios. Antes, fue la pandemia del Covid-19. Y la crisis financiera, devenida en económica, de 2008, la crisis ucraniana del Maidan, en 2014, la crisis de los refugiados, en 2015, la del Brexit en 2016, ese mismo año la crisis del advenimiento de la presidencia de Trump en Estados Unidos, con las consecuencias derivadas de la misma para Europa y el orden internacional.

Algunos de tales avances han sido, incluso, de tipo federal. Como la mutualización de las deudas europeas, a raíz de la crisis de la pandemia (rechazada en 2010 durante la crisis del euro). Pero tales cesiones de soberanía por parte de los Estados miembros fueron posibles porque, sustancialmente, concernían al mercado único sin apenas afectar directamente a la soberanía política sobre temas como la seguridad, la política exterior, la influencia en el mundo, el papel de la UE. Y porque, incluso siendo avances en el terreno económico, no terminaron convirtiéndose en estructurales, reconociendo el principio federativo.

En realidad, la UE lleva muchos años sin lograr superar los debates y las posiciones divergentes que existen en su seno. Que, fundamentalmente, son cinco: 1) Qué finalidad: un gran mercado, cada vez más desarrollado, o también un actor global, económico y político capaz de pesar en la decisiones mundiales y defender mejor sus intereses y sus valores. Durante mucho tiempo esas posiciones las representaban el Reino Unido y Francia; 2) Dependencia o Autonomía Estratégica. Dependencia de la Alianza atlántica o Autonomía Estratégica europea: Holanda y países del Este, en la primera, Francia y otros países de la Europa occidental en la segunda (defendiendo que la Alianza y una pertenencia a la OTAN no deben impedir posiciones europeas propias); 3) Ampliación o Profundización: unos, defendiendo la ampliación a más países y la diversidad de concepciones de sus miembros sobre la Unión; otros, comprendiendo la necesidad de dar respuesta a algunos países del Este, como Ucrania o los de los Balcanes, pero también conscientes de que cuanto más diversa sea la Unión, más imposible será una Europa política. De ahí las propuestas sobre la Unión de varias velocidades, de varios niveles; 4) Rigor presupuestario o Inversiones necesarias para asegurar un desarrollo sostenible y otros objetivos comunes. Se pueden hacer excepciones, como se hicieron durante la pandemia, pero hay que volver a las reglas de estabilidad, dicen los “frugales”. Es necesario cambiar sustancialmente esas reglas, que se han demostrado negativas y es imprescindible hacer inversiones de futuro, para afrontar el desafío climático, entre otros, dicen los denostados como “derrochones”. Así lo defienden economistas como la Sra. Mazzucato, que sostienen que es imprescindible invertir para crear valor y que sólo recortar, esperando que la deuda baje, no funciona; 5) La Gobernanza europea. En la que reina “la ambigüedad constructiva”. ¿Se pueden tocar o no las soberanías nacionales? ¿Es posible avanzar más en las cesiones de soberanías nacionales para integrar, por ejemplo, la política exterior y de defensa? ¿Qué hacer con la regla de la unanimidad a 27? ¿Habría que recurrir más a las cooperaciones reforzadas? Estos son los debates que no se terminan de abordar. Y, mientras tanto, el mundo ha cambiado radicalmente y la Unión sigue mirando al pasado y tomando decisiones en tiempos geológicos. En un mundo que se ha transformado durante decenas de años, sin que Europa haya querido ser consciente de ello, arguyendo que la extensión del mercado iba a generalizar el progreso y la democracia, y en el que se requiere tomar decisiones políticas rápidas (que no son posibles por la regla de la unanimidad) para ser eficaces.

En suma, la Unión está ante el desafío de construir los componentes de su propia soberanía política –ciertamente como miembro leal del bloque occidental y democrático, pero también con capacidad de defender sus intereses, su cultura, su modelo de crecimiento y de sociedad–. Siguiendo los consejos, por ejemplo, de Jacques Delors cuando afirma que “para pensar el futuro de Europa, es necesario partir de lo que es hoy el mundo. Reforzar la Unión frente a los desafíos que enfrentamos, desde la inteligencia artificial al riesgo climático, del poder chino a los enfrentamientos geopolíticos en gestación, es tan inevitable como necesario. Sin Europa, no hay futuro”. O de Borrell, cuando dice que “la “autonomía estratégica” europea no se limita a la seguridad y defensa. Está también vinculada a otros dominios cruciales, como las tecnologías, la industria, el comercio, los flujos migratorios, la moneda… O que “para que la UE se convierta en una potencia geopolítica, antes tiene que hacerse política”. O de Draghi, cuando señala que “Las estrategias que garantizaron la prosperidad y la seguridad de Europa en el pasado (la dependencia de Estados Unidos para la seguridad, de China para las exportaciones y de Rusia para la energía) se han vuelto insuficientes, inciertas e inaceptables. En este nuevo mundo, la parálisis es claramente insostenible para los ciudadanos, mientras la opción radical de salir de la UE ha arrojado resultados decididamente negativos. Forjar una unión más estrecha demostrará, en última instancia, ser la única manera de lograr la seguridad y la prosperidad que anhelan los ciudadanos europeos”.

La actualidad del tema territorial en nuestro país me ha llevado a pensar que, con todas las diferencias que se pueden objetar, la estrategia de la “patada hacia adelante” que se ha venido utilizando en la UE para sortear el conformar un modelo federal, es parecida a la trayectoria que se ha seguido en España para completar el modelo territorial establecido en la Constitución. Que durante más de 40 años se ha ido rellenando con “patadas hacia adelante”, pactadas con los partidos nacionalistas catalanes y vascos. Ha llegado el momento, en la opinión de muchos, entre los que me encuentro, de completar un modelo de Estado federal. Dado que, como señala López Basaguren, catedrático de Derecho Constitucional y Presidente de los Federalistas del Pais Vasco: “La regulación constitucional es, tras más de cuatro décadas, manifiestamente inadecuada. Carece de la regulación necesaria que configure de forma idónea tanto el buen gobierno del conjunto del sistema como los autogobiernos territoriales, de forma que el reconocimiento de la diversidad sea plenamente compatible con la estabilidad política. Los efectos de esta situación están siendo crecientemente negativos: la pretensión de cubrir por parte de los Estatutos esa ausencia de regulación; la configuración de soluciones parciales con ocasión de negociaciones de gobernabilidad en el Congreso con minorías nacionalistas –práctica utilizada por los dos partidos que se han sucedido al frente del Gobierno– o la incapacidad para hacer frente a cuestiones esenciales del sistema. Con ello se está arruinando la coherencia y estabilidad de lo construido en estos decenios”. No hay más que constatar, para corroborarlo, la asimetría creciente entre autonomías en el tema fiscal, entre otras cuestiones esenciales. Sería conveniente que tal debate no estuviera vinculado –como ha sucedido en el pasado por parte de los diversos gobiernos– a una negociación de investidura, ya que es una cuestión fundamental de la configuración del Estado. Y que los dos mayores partidos del arco parlamentario, que representan el 74% del Congreso de los Diputados, contribuyan y formen parte de un consenso que haga posible la implementación de un Estado Federal.

(En el próximo número se publicará la segunda parte del presente artículo)

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