
José Ramón Rebollada
A GALOPAR / Paco Ibáñez

El 21 de noviembre tomó posesión el nuevo gobierno presidido por Pedro Sánchez. El primer consejo de ministros tuvo lugar al día siguiente y qué duda cabe que el nuevo gabinete tendrá sus prioridades, que, mucho me temo, dependen principalmente de los compromisos adquiridos con los diferentes grupos del Congreso con los que se consiguió que Sánchez fuera investido presidente con mayoría absoluta en la primera votación. Sin duda un tema acapara la atención, los titulares y la agenda inmediata, hablo de la amnistía, claro, un tema que monopoliza la actualidad política desde hace semanas. Ese grandísimo filósofo que se llama Quino y nos habla a través de su personaje Mafalda, tiene una frase realmente magnífica, dice así: «Que lo urgente no te impida ocuparte de lo importante». Espero sinceramente que lo urgente sea también importante para el nuevo gobierno, y no seré yo quien cuestione ni su urgencia ni su importancia, aunque ambos parámetros dependen de la percepción y evaluación de cada cual.
No cabe duda de que el gobierno es un órgano colegiado que tiene no solo la capacidad sino la obligación de ocuparse de varios asuntos (muchos en realidad) al mismo tiempo. No obstante. la acción de Gobierno no solo depende de los equipos que tienen la obligación de materializarla. También de los recursos disponibles para ello, recursos que normalmente son menos de los necesarios y desde luego menos de los deseables. También se establecen prioridades dependiendo de las convicciones políticas de cada Gobierno, aquello que se considera necesario hacer, incluso imprescindible, en su acción gubernamental: y no creo que sea necesario profundizar más en esta argumentación.
Cuando se me planteó por parte de «Argumentos Progresistas» abordar el asunto de las prioridades urgentes del nuevo gobierno, me vinieron a la mente muchas urgencias, y después de reflexionar sobre ello llegué a la conclusión de que me centraría en un tema que me parece urgente y crucial, importantísimo, para todos y cada uno de los habitantes del país y del planeta, de toda la humanidad: el cambio climático y las repercusiones que ya está teniendo en la vida cotidiana, también lo que podemos y debemos hacer para luchar contra él.
Este tema ilustra como ningún otro lo poco importantes que son esas luchas territoriales y de poder que nos absorben cada día. La civilización humana es la responsable de la catástrofe climática, esencialmente la economía capitalista que terminará con la forma de vida que conocemos en poco tiempo. No son los habitantes del Valle del Tiétar los responsables de que en las cumbres de Gredos ya no haya nieve perpetua, ni los de Tuvalu los que han provocado que el crecimiento del nivel del mar esté inundando buena parte de las escasas tierras que disponen para vivir.
El hombre depende del planeta para sobrevivir, y no al revés. Si somos tan burros como para seguir modificando las condiciones vitales para poder seguir existiendo, seremos nosotros los que nos extingamos. La vida en la tierra seguirá de otra forma pero sin nosotros. Las sucesivas extinciones que se han dado a lo largo de la historia lo demuestran; la más conocida puede ser la de los dinosaurios, pero ha habido más.
En realidad, la lucha contra el cambio climático no puede abordarse desde el Gobierno de un país, debe ser una acción global que afecte a todos los pueblos del planeta. Pero mucho me temo que principalmente occidente y el sistema capitalista no solo no impedirá el cambio climático, sino que seguirá promoviéndolo. Hace falta un cambio radical en el paradigma humano que ahora veo no lejos sino imposible. En nuestro país, por ejemplo, la derecha no solo niega la deriva climática, sino que se opone incluso a la más mínima medida que ayude a luchar contra ella, como por ejemplo suprimiendo los carriles-bici, o torpedeando el establecimiento de zonas de bajas emisiones en las ciudades. Es la derecha política la que defiende con uñas y dientes a los ricos y los muy ricos, que son los responsables del desastre más que cualquier otra cosa.
Los ricos siguen queriendo enriquecerse con el uso suicida de los combustibles fósiles en vez de fomentar la investigación para conseguir la fusión nuclear que nos proporcionaría energía limpia, ilimitada y barata para toda la humanidad. Seguro que ahí está el problema, en que el uso de energías fósiles enriquece más que las limpias.
En mi fuero interno todavía guardo la esperanza, o la ingenuidad, de que el ser humano reaccione ante una emergencia peligrosísima. Ya lo hizo en los años 40 con el proyecto Manhattan para conseguir crear la bomba atómica. Bien es cierto que el objetivo fue funesto y funestas fueron sus consecuencias, pero el proyecto fue una gigantesca apuesta por la ciencia en la que se invirtieron unos 2.000 millones de dólares de entonces. El esfuerzo conjunto de uno 130.000 empleados lograron su objetivo en cuatro años. Un esfuerzo parecido daría sus frutos para conseguir la fusión nuclear, no me cabe ninguna duda, y sería un objetivo mucho más noble y sensato que la bomba atómica. Sé que existen actualmente varios proyectos encaminados a conseguir la fusión nuclear a los que un revulsivo como el que planteo no les vendría nada mal, y es posible hacerlo.
El caso es que desde que pensé centrar este artículo en el cambio climático, se han vivido en España unos acontecimientos que me han recordado por qué surgió la necesidad de construir la bomba atómica en su momento. Esa motivación no fue otra que la lucha contra los fascismos europeos, especialmente el nazismo de Hitler. El resurgimiento del fanatismo ultraderechista en Europa es un fenómeno que se escapa a mi comprensión. Es como si todo el sufrimiento y el dolor vivido por la humanidad en ese periodo histórico, no sirva ahora como experiencia y escarmiento de lo que supuso el mal absoluto hecho realidad, un mal que en España se alargó mucho más tiempo que en el resto de Europa. Ver la calle Ferraz tomada por los fanáticos, escuchar sus soflamas y observar sus formas y menosprecios no solo me produce mucha desazón, también un
miedo atroz. Solo hace falta tener un poquito de cultura, sensibilidad y humanidad para darse cuenta del horror provocado por la ultraderecha en Europa, en España, lo que me hace suponer que esta gente no tiene ni una pizca de ninguna de las tres cosas. Yo, en mi infinita ingenuidad, llegué a creerme que España había superado el estigma del fascismo. Viendo a esa gente en la calle Ferraz y a sus representantes en el Congreso, gobiernos autónomos y Ayuntamientos, la desesperanza y el terror invaden mi ánimo. No sé qué, pero sí sé que algo hay que hacer, y no tardando mucho.
El arte es un poderoso bálsamo, al menos para mí, que me proporciona un espacio de seguridad y razonamiento, además de un medio de canalizar mi indignación y un asidero para el raciocinio.