ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 56, abril-mayo 2024

9J: UNAS ELECCIONES PARADÓJICAS

Hugo Martínez Abarca (Diputado de Más Madrid en la Asamblea de Madrid)

 

Durante mucho tiempo, las elecciones europeas se contemplaban con cierto menosprecio y desinterés: el mismo que se aplicaba al Parlamento Europeo. Sin embargo, esta institución está tomando un protagonismo creciente en la Unión Europea, y adopta decisiones de gran importancia para todos los países miembros. Estas elecciones serán muy relevantes, y, paradójicamente, lo serán más cuanta menos importancia le concedan los europeos. Si la participación de los sectores democráticos y progresistas es baja, y en cambio se da una movilización de los sectores ultra, eso puede favorecer las opciones autoritarias y antisociales, y cambiar el rumbo del proyecto europeo

Entre el 6 y el 9 de junio se celebrarán en toda la Unión Europea unas elecciones de enorme trascendencia. Son unas elecciones en las que previsiblemente se consolidará la tendencia mundial de auge de las extremas derechas (y la entrega a ellas de la derecha democrática), lo cual tendrá un enorme impacto en las instituciones europeas, en las conciencias políticas de todos nuestros países, pero a su vez será fruto de la escasa importancia que la ciudadanía europea concede a las elecciones al Parlamento Europeo.

Desde hace décadas las elecciones europeas son percibidas como una distracción política. Ello no ha cambiado pese a los cambios que hemos experimentado los europeos y las instituciones de la Unión en los últimos años.

Las elecciones europeas eran miradas con cierto desdén porque la propia Unión Europea y sus instituciones eran vistas como un aparato burocrático, lejano y ajeno a la vida cotidiana de la ciudadanía europea. Sin embargo, es innegable el creciente interés por lo europeo y la conciencia de que en las instituciones europeas se dilucida buena parte de la vida real de los europeos: más allá de otras consideraciones, acabamos de asistir a las movilizaciones de ganaderos y agricultores, que han supuesto movilizaciones sincronizadas a escala europea contra los efectos sectoriales de políticas europeas (aunque, en función de otros intereses ideológicos y partidistas, algunos las usaran para poner en la diana a los gobiernos nacionales).

También se desdeñaban las elecciones europeas por la percepción (durante mucho tiempo muy real) de que el Parlamento Europeo servía para poco más que para jubilar con altos sueldos a las viejas glorias de la política nacional. Esta lógica también ha sido superada desde la aprobación del Tratado de la Unión Europea y del Tratado de Funcionamiento de la Unión Europea. Con ambos textos se ha clarificado el aparato institucional de la Unión, y el Parlamento Europeo ha cobrado competencias importantes, todavía lejanas de las propias del parlamento de una democracia liberal como las de los Estados de la UE, pero sin duda muy superiores y mucho más claras que en las fases previas del desarrollo institucional europeo.

Por fin, la Unión Europea supuso desde el Tratado de Maastricht hasta la crisis de 2008 un instrumento de las peores políticas neoliberales, el látigo de las privatizaciones primero y de los recortes sociales posteriormente, hasta imponer unas decisiones anti sociales y crueles como respuesta a la crisis económica. Recordemos que entre 2008 y 2015 no era infrecuente el debate sobre la destrucción del euro y la vuelta a las monedas nacionales; crisis que se recuperó con el referéndum británico de 2016 que dio lugar al Brexit. Sin embargo, la gestión de las crisis provocadas por el Covid primero y la invasión rusa de Ucrania después, ha mostrado unas políticas europeas que recuerdan a los mejores años de la expansión económica de los países europeos: las de los años de la socialdemocracia, en las décadas de los 50 y 60, que supusieron el mayor crecimiento acompasado de políticas de bienestar social y equilibrio económico. Frente a la imposición de la austeridad y la rigidez presupuestaria a la baja de la crisis de 2008, Europa ha respondido a las crisis del Covid y la guerra con políticas expansivas, flexibilidad presupuestaria, colchones sociales e inversiones públicas cuyo principal exponente son los fondos Next Generation. Europa ha comenzado una tímida vuelta a sus orígenes (el estado de bienestar, las políticas sociales, la defensa de las libertades y la lucha contra el cambio climático son los rasgos que hoy por hoy podríamos definir como la ‘identidad europea’, aquello que en los últimos 75 años ha pasado en Europa y no en otras regiones del mundo).

Pese a estos tres giros (cercanía de Europa, clarificación institucional y giro social) insuficientes pero reales, nadie espera una alta movilización electoral ni unos resultados análogos a los que suceden en los comicios nacionales. Desde el ingreso en la Comunidad Económica Europea, la participación en España en las elecciones europeas ha oscilado entre el 44% y el 64%, siendo España un país en el que la participación es alta en comparación con otros países europeos. En las elecciones generales, la participación en España nunca ha bajado del 66% (en la repetición electoral de 2019). Asimismo, las elecciones europeas han permitido a los electores darse “caprichos” que no se daban en las elecciones generales: la Agrupación Electoral Ruiz-Mateos obtuvo dos eurodiputados que nunca tuvieron plasmación en las elecciones generales, pero también en 2014 fueron las elecciones europeas las que abrieron la puerta a la política nacional para Podemos y Ciudadanos.

En toda Europa se reproduce esa práctica, que en esta ocasión previsiblemente cristalice en una baja participación y un auge de las extremas derechas. Pese a la trascendencia de las elecciones europeas, no se produce nada parecido al “voto útil” (ese mecanismo psicológico que permite al elector hacer un voto irracional y ajeno a sus convicciones convencido de que es fruto de un inteligente cálculo demoscópico).

El caso español puede ejemplificar perfectamente lo que podemos esperar que suceda en toda Europa. Venimos de un año 2023 en el que la derecha y la extrema derecha consiguieron imponer un ambiente apocalíptico que cristalizó en los resultados de las autonómicas y municipales del 28M, quedando decenas de ayuntamientos y comunidades gobernados por la extrema derecha y la derecha. Pero dos meses después la ciudadanía española se movilizó para mantener un gobierno progresista, derrotando a la alianza Feijóo-Abascal. Nadie espera, sin embargo, que en las elecciones europeas de junio de 2024 haya una movilización similar: no da miedo la mayoría ultra, y el agotamiento progresista puede facilitar un mapa electoral ficticio pero cuyas consecuencias políticas y psicológicas sean muy reales. Tanto por el poder que ganarán en el Parlamento Europeo un PP escorado al trumpismo y Vox, como por la enorme cantidad de recursos económicos que les dará un resultado positivo, como por el efecto psicológico que supondrá el mapa de las europeas, que sin duda tratarán de convertir en una “segunda vuelta” de las generales, pese a que el resultado electoral será precisamente fruto de que los españoles no nos las tomamos con la importancia con la que nos tomamos unas elecciones generales.

La paradoja del 9J consiste en que pueden ser elecciones extremadamente relevantes precisamente por la poca relevancia que le damos los ciudadanos europeos a esas elecciones. Pese al ambiente generalizado según el cual la extrema derecha no para de crecer y conquistar poder, lo cierto es que no es así. Trump perdió las elecciones en 2020, Feijóo-Abascal perdieron las elecciones en 2023, Polonia recuperó un gobierno demócrata el año pasado, la derecha británica camina hacia su desguace… El auge de la extrema derecha populista va de la mano de los procesos irrelevantes: suben en las encuestas, pero no tanto en las elecciones. Ocurre que, al no haber modificado las inercias de las que hablábamos supra, las elecciones europeas siguen siendo percibidas como algo más parecido a una encuesta que a unas elecciones en las que se decida nuestro futuro.

Nadie vota en las europeas movido por el miedo al éxito del otro; no hay nada parecido a ese voto útil, no hay movilización democrática por miedo al auge de los ultras… Esta falta de cultura electoral europea puede producir un mensaje muy distorsionado: el de que las elecciones de junio estén ofreciendo el mapa político de la Europa de 2024, cuando lo que estén arrojando sea una ficción fruto del poco interés con el que los europeos nos tomamos esas elecciones.

Y sin embargo serán elecciones tremendamente relevantes, y más cuanta menos relevancia le otorguen los europeos. Si no conseguimos concienciar a la ciudadanía europea de la relevancia de estas elecciones europeas, la baja participación y la movilización ultra sin respuesta democrática y progresista pueden traer el declive del proyecto europeo y un giro hacia posiciones anti sociales con tintes autoritarios. Y de su mano se dibujará un mapa electoral en toda Europa diseñado fundamentalmente por los ultras y la derecha cómplice, inclinando así las balanzas electorales de cada uno de nuestros países. O la ciudadanía europea toma conciencia de la gravedad de las elecciones europeas a la hora de ir a votar, o será después de (no) votar cuando nos demos cuenta de lo graves que fueron estas elecciones.

 

Print Friendly, PDF & Email