
La OMS ha considerado que las experiencias de las mujeres en el embarazo y, en particular en el parto, revelan que muchas sufren un trato irrespetuoso, ofensivo o negligente, lo que supone un grave problema de derechos humanos y de salud pública. Un estudio empírico revela que, en España, casi el 40 % de las mujeres afirma haber recibido un trato inadecuado. De todos modos, se trata de una violencia más del sistema en su conjunto, que el de muchos sanitarios que la ejercen sin una verdadera conciencia de lo que tiene de agresión

La violencia obstétrica es un tema polémico. Tanto su realidad como la misma utilización del término, genera grandes controversias, al punto que su existencia y nombre siguen sin ser aceptados por la mayor parte de la comunidad médica. Se podría decir que levanta ampollas.
La OMS ha considerado que las experiencias de las mujeres en el embarazo y, en particular en el parto, revelan que muchas sufren un trato irrespetuoso, ofensivo o negligente, lo que supone un grave problema de derechos humanos y de salud pública, al que ha querido dar respuesta con su declaración de 2014 “Prevención y erradicación de la falta de respeto y el maltrato durante la atención al parto en los Centros de Salud”.
Sin embargo, la existencia de dicha violencia es vehemente negada por nuestros obstetras. La Sociedad Española de Ginecología y Obstetricia (SEGO) ha llegado a calificar el término de “concepto legalmente delictivo, moralmente inadecuado y científicamente inaceptable”. En el mismo sentido, el Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos (CGCOM) ha considerado que “no se ajusta a la realidad de la asistencia al embarazo, parto y posparto en nuestro país y criminaliza las actuaciones de profesionales que trabajan bajo los principios del rigor científico y la ética médica”.
Por su parte, las asociaciones de matronas tienen una opinión bien diferente. Así, la Federación de Asociaciones de Matronas de España, FAME, en su manifiesto contra la violencia obstétrica en España, expone: “Queda demostrado que en nuestro país se ha ejercido, se ejerce y se seguirá ejerciendo violencia obstétrica si no actuamos de forma contundente y firme. Es hora de dejar de mirar para otro lado y que todos los profesionales implicados en la obstetricia atajemos de raíz el problema, llamando a la violencia obstétrica por su nombre, sin eufemismos”.
Añadamos que un estudio reciente de Mena-Tudela y colaboradores, basado en 17.541 cuestionarios a mujeres que fueron atendidas en el periodo de 2009 a 2018, muestra que el 38,3% percibieron haber sufrido violencia obstétrica durante su embarazo, parto o puerperio.
Ante esta controversia, la posición de la Societat Catalana d´Obstetrícia i Ginecología y el Consell de Col-Legis de Metges de Catalunya es muy clara: “A pesar de la incomodidad que el término violencia obstétrica puede generar, está reconocido internacionalmente y adoptado por las Naciones Unidas y por la Comisión Europea, entre otras organizaciones e instituciones… Conviene, por tanto, superar el rechazo que el término provoca de inicio para entender su significado real y ser capaces de entrar en el debate de cuestiones de fondo”.
Sin duda es el término “violencia” el que genera ese rechazo. Es necesario, pues, aclarar qué se quiere decir con él cuando se utiliza en la expresión “violencia obstétrica”. Para superar ese rechazo y entender el significado real de lo que llamamos violencia obstétrica, nos será tan útil conocer los hechos que la constituyen –y que se expusieron en un primer artículo–, como clarificar lo que no es violencia obstétrica:

Y, finalmente, para ser capaces de entrar en el debate de fondo, tal y como proponen la Sociedad de Obstetricia y el Consejo de Colegios de Médicos de Cataluña, podríamos empezar por tratar de responder a la pregunta que formuló en 2016 un informe del Observatorio español de la Violencia Obstétrica: “¿por qué cuando el derecho a la autonomía de las usuarias está claramente reconocido, cuando disponemos de más y mejores medios para evitar las complicaciones del parto, cuando las evidencias científicas demuestran la conveniencia de partos y nacimientos fisiológicos y cuando el componente psicoemocional de la atención sanitaria y el bienestar de las pacientes se considera clave, se han convertido nuestros paritorios y maternidades en espacios de paternalismo (cuando no de autoritarismo sanitario), en lugares hostiles y medicalizados donde el trato ofensivo es tan frecuente, donde se perpetúan prácticas desaconsejadas por la evidencia científica y donde se da la espalda a elementos tan importantes de la asistencia al parto y nacimiento como el respeto al protagonismo de las mujeres, a sus preferencias, a su privacidad, a no ser enjuiciadas, a disfrutar de un ambiente cálido y de apoyo, a su derecho a ser informadas y a consentir o no a las medidas que se les propongan?