ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 56, abril-mayo 2024

EL FIN DE LA IZQUIERDA

EL DESBORDAMIENTO DE LAS IZQUIERDAS POR EL GLOBALISMO OFICIAL

Paloma HERNÁNDEZ (Sekotia, 2023) 400 págs.

 Leonardo Muñoz

El filósofo Gustavo Bueno (1924- 2016) es uno de los principales pensadores españoles del siglo XX. En su sistema materialismo filosófico trata, entre otros temas, la filosofía de la ciencia, de la religión y de la política. Desde su fundación de Oviedo se mantienen las publicaciones digitales El catoblepas, El basilisco, filosofía.org y la web fgbueno.org. Todos los años se presentan numerosas tesis doctorales sobre su obra, y sus seguidores más directos publican libros inspirados en el materialismo filosófico. Su pensamiento ha pasado el Atlántico y llegado a universidades como la UAM.

La obra que comentamos es un buen resumen del pensamiento político de Gustavo Bueno, con pequeñas aportaciones de la autora y otros discípulos. Original es la idea de Bueno sobre la finalidad de la política, a la que llama eutaxia. El fin es el “buen orden”, que significa la potencia de mantenerse en el tiempo una sociedad política. Así, el Imperio Romano, por ejemplo, tuvo una política eutáxica durante siglos, lo que le permitió permanecer en el ser. Una sociedad eutáxica es capaz de solucionar los conflictos de clase, de grupos aspirantes al poder, de movimientos separatistas, etc., mediante pactos, la violencia o cualquier otro medio. Una sociedad política es distáxica cuando su actividad conduce al desorden; es decir, a su disolución. En la actualidad estos conceptos se aplican a los estados nación. Los estados nación mantienen permanentemente una dialéctica interna, como hemos visto y otra externa con otros estados nación por la posesión de tierras, control de mercados, campos de influencia o superioridad tecnológica. La paz perpetua de Kant es una ensoñación, un imposible.

El aumento de potencia de algunas sociedades políticas las impulsa a la construcción de imperios. Basta mirar un mapamundi para darnos cuenta de que su arquitectura se debe a imperios que duraron en el tiempo y entraron en conflicto con otros, como es el caso del ruso, el romano, el español o el inglés. Tema interesante y discutido, pero que invita a una seria reflexión más allá de los tics habituales, es la distinción que hace Bueno entre imperios generadores e imperios depredadores. Los primeros, mediante actos particulares de violencia y extorsión –no hay imperialismo sin violencia–, se hacen con el poder de un territorio y unas gentes a la que transfieren su cultura, sus tradiciones, religión, arte, tecnología; y se produce mestizaje. Mediante este proceso unifican a los pueblos invadidos. El Imperio Romano terminó concediendo la ciudadanía a casi todos los sujetos de sus dominios; España consideró como súbditos iguales a los de la península y a los sujetos de los nuevos territorios. Al igual que en la península se construyeron universidades, hospitales, puentes, carreteras, iglesias, etc. Dividido el Nuevo Mundo en Virreinatos y Capitanías, fue sobre esta división que surgieron los nuevos estados al independizarse.

Los imperios depredadores tienen en los tiempos modernos sus máximos ejemplos en el Inglés, Holandés o el Francés. En ellos no hay mestizaje, no se forman sociedades políticas, los habitantes no son igualados con los de la metrópoli; casi las únicas obras que se realizan son para transportar, vigilar o almacenar los productos depredados. Un buen ejemplo de este imperialismo es el ejercido en África, gran causante de su situación actual. Bueno acusa a las izquierdas de no haber hecho esta distinción y por ello realizar análisis equivocados sobre este tema, como ocurrió con Lenin o la Escuela de Frankfurt.

La dialéctica de imperios es una lucha militar e ideológica para vencer al imperio opositor. Los grandes adversarios del imperio español fueron Inglaterra y Holanda. La leyenda negra antiespañola fue una construcción de estos imperios protestantes para denigrar a su gran adversario y mostrarse como miembros del lado bueno de la historia. Lo sorprendente es que muchos españoles aceptaron acríticamente esta construcción negrolegendaria. Numerosos seguidores de la Escuela de Oviedo han trabajado para triturar esta construcción. Se unen a una corriente de historiadores no seguidores del materialismo filosófico como es el caso de Elvira Roca Barea.

Gran parte de la obra se dedica al análisis de las múltiples ideas de globalización principalmente a la que llama globalización oficial. Tras la neutralización de la URSS en torno a 1990 la idea de desarrollo empieza a ser sustituida por la de globalización. Se produce la reunificación alemana, se aprueba el tratado de Maastricht, comienza la confrontación China-USA, hay un avance extraordinario de la economía capitalista y se extiende el mito del género humano que apela a una supuesta unidad sustantiva que podría globalizarse. La URSS prometía un sistema global sin propiedad privada y con los humanos unidos fraternalmente. Ahora el futuro será la democracia parlamentaria y el mercado pletórico de ciudadanos libres y emprendedores, como proclama Fukuyama. La globalización es la doctrina de un proceso que está en marcha, pero no nos ofrece una idea del estado terminal al que quiere llevarnos, que en realidad no llegará nunca. Es una idea aureolar, en la terminología de Bueno.

Hay varias ideologías globalistas, pero la triunfadora, el globalismo oficial, es la propia de EEUU para mantener sus intereses en el mundo, y no es aceptada por sus adversarios: Rusia, China y el mundo islámico. Lo sorprendente es que las izquierdas han ido aceptando sus presupuestos. El primero es el fundamentalismo democrático, que exige la implantación del sistema democrático en todas las naciones, sin tener en cuenta que no es una forma pura, sino que se instaura en realidades históricas pre-existentes. No es una forma que pueda implantarse por puro voluntarismo; tiene que brotar del seno de la comunidad política, desde el interior de un organismo cuya unidad está dada por razones históricas. Para su funcionamiento es preciso la existencia de una amplia clase media, un mercado pletórico, etc. El fundamentalismo democrático cree que todos los problemas que se generan es por déficit democrático; a más democracia menos problemas. Se olvida que el núcleo de lo político no es la democracia, es la eutaxia. Con el supuesto de la implantación de la democracia se justificarán acciones claramente favorecedoras de los intereses del globalismo oficial. En esta parte de la obra se analizan conceptos como el de nación política o el de patria y se hace una dura crítica a los procesos secesionistas o a la afirmación de que España es plurinacional.

Otro elemento de la ideología globalista es la apelación a los conceptos de Humanidad o Género humano. Marx afirma que en la fase final del comunismo desaparecerán los Estados y emergerá la Humanidad. La misma afirmación hace el anarcocapitalismo. Influidos por esta ideología, hoy son muchos los que dicen “mi patria es la Humanidad”, “soy ciudadano del mundo”, etc. Saltan la realidad de los Estados, la de la política, pues solamente teniéndolos en cuenta, la política es posible. El cosmopolita vive en un Estado que le garantiza seguridad social, leyes laborales… y no en el mundo del que dice ser ciudadano. En opinión de Bueno, la Humanidad no ha existido nunca, salvo que la entendamos a escala zoológica. Solamente han existido grupos con diferentes lenguas, costumbres y religiones, confrontados muchas veces unos con otros. El mito del Género humano conduce al panfilismo de creer que los problemas de la política y geopolítica se pueden resolver con diálogo, escucha activa y empatía.

La ideología de los Derechos humanos es otro elemento del globalismo. Son invocados pro domo sua por todos los grupos con intereses políticos: separatistas, indigenistas, ONGs, etc, como si emanaran del cielo, como nuevas tablas de la ley y no hubieran nacido en 1948 por motivos ideológicos tras la II Guerra Mundial. Estos derechos hablarían de un ser humano abstracto, inexistente. El artículo primero dice “todos los seres humanos nacen libres e iguales en dignidad y derechos…”. Nada más diferente de la realidad. El artículo 13.1 dice que “toda persona tiene derecho a circular libremente y a elegir su residencia en el territorio de un Estado”. La aplicación de este artículo supondría un “puertas abiertas” que entraría en conflicto con los que ya viven en esos Estados.

Interesante es la distinción de Bueno entre Ética y Moral, que le sirve al autor para mostrar los problemas que se presentan cuando ambos campos entran en contradicción, lo que hoy sucede permanentemente al darse prioridad a la Ética sobre la Moral. Esta tendencia favorecería al globalismo al poner por delante los intereses de los individuos sobre los de los Estados que así se ven debilitados.

La aceptación del globalismo oficial por las izquierdas supone la ruptura con su pensamiento tradicional para transformarse en izquierdas indefinidas en las que a falta de un proyecto definido. Se mezclan animalismo, veganismo, multiculturalismo, fronteras abiertas, wokismo, “no a la guerra”, etc.

Es dura la crítica de la autora a la socialdemocracia española, que a nuestro parecer pierde valor al obviar muchos de los aspectos positivos de su gestión. Eso suele pasar cuando la crítica se hace desde un estrecho marco teórico en el que no caben los matices.

Me he limitado a resaltar algunos de los temas de esta obra, que gira en torno a la globalización oficial, su repercusión y la necesidad de una reacción del mundo ibérico europeo y americano contra el que va, según el pensamiento buenista, gran parte del proyecto globalista. En definitiva, una obra interesante y clara para entender el pensamiento del filósofo de Santo Domingo de la Calzada. Su lectura unas veces convencerá, otras provocará rechazo, pero nunca dejará indiferente al lector atento.

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