ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 57, junio-julio 2024

REFLEXIONES SOBRE ALGUNOS USOS POLÍTICOS DE LA IDEA DE CULTURA

Leonardo Muñoz (Profesor de Filosofía)

 

En la modernidad, la Cultura fue objeto de reflexión por la Ilustración, y en especial por la alemana, ya impregnada de la atención romántica hacia el “espíritu de los pueblos”. Eso favoreció una atención creciente de la política hacia la cultura, y con una perspectiva nacionalista. Avanzado el tiempo, se dan dos fenómenos simultáneos: en algunas sociedades se sigue utilizando la cultura para resaltar las características diferenciales de esas colectividades, pero de manera simultánea se ha dado una homogeneización de la cultura a escala internacional

El término cultura se prodiga por todas partes: Ministerio de Cultura, Casas de la Cultura, Consejerías de Cultura de las autonomías, Concejalías de Cultura de los ayuntamientos… La Constitución Española afirma que los poderes públicos deben facilitar a todos los ciudadanos el acceso a la cultura; hay colectivos que formulan reclamaciones en nombre de la cultura a la que dicen representar; o políticos que afirman que solamente las personas sin cultura votan a sus adversarios. Pero esto no sucede solamente en España; en Francia, por ejemplo, el Centro Pompidou se denomina “Centre national d´art et de la culture”. Se produce una multiplicación ad infinitum cuando se ve acompañada por un adjetivo o un sintagma preposicional: cultura de los pueblos originarios, cultura del ocio, cultura universal, cultura cristiana, cultura burguesa, etc. La proliferación del término en ámbitos tan diferentes muestra que su significado es confuso, y que se utiliza para designar algo en apariencia valioso.

La palabra “cultura”, en latín asociada a “ager” compone “agricultura” o “agrorum cultus”, que designa el cultivo de las tierras. Con igual sentido se ha utilizado en español hasta nuestros días, “Jardines sin cultura” dirá un personaje de Calderón en “El monstruo de los jardines”. Igual que la agricultura transforma los campos yermos o salvajes en provechosos y productivos, usando metafóricamente el término hablan los romanos del cultivo del alma, “cultura animi”. Una persona de alma cultivada –es decir, culta– es la que posee una serie de conocimientos considerados valiosos en su sociedad dependiendo de la época histórica, clase social o sexo. El individuo culto destaca frente al vulgo ignorante o los poseedores únicamente de conocimientos o habilidades técnicas. Este uso del término alude a la cultura subjetiva.

Gustavo Bueno afirma en “El mito de la cultura”, que la idea de cultura objetiva surge en el seno del pensamiento alemán de los siglos XVIII y XIX, siendo Fichte, Herder y Hegel los filósofos más destacados. El término usado es Kultur, germanización del latino. Contraponen la Cultura a la Naturaleza salvaje, y su función es elevar al ser humano de su condición animal. En ella se recogen en un todo de misteriosa unidad campos tan diversos como el derecho, las diversas artes, las ciencias, las tecnologías, las costumbres o la lengua. Envuelve al individuo al que constituye, y une espiritualmente con quienes la comparten. Un misterioso “espíritu nacional” es el encargado de darle vida y unidad desde tiempos inmemoriales. También habita en el alma de los partícipes de esa cultura; es lo que llaman Volksgeit. Su idea de cultura supone la pluralidad; cada uno de los Estados que se fueron conformando en Europa a partir del siglo XVI y que dieron lugar a las naciones políticas, tendría la suya, claramente diferente e independiente de las demás. Tal sería el caso de Alemania, Francia o España. Para Fichte son los alemanes quienes desde su superioridad cultural deben guiar a las otras culturas; la permanencia de esta idea tendrá trágicas consecuencias en tiempos posteriores. Esta concepción de la cultura, romántica, sentimental, esencialista, irracional y antiilustrada arraigó especialmente en los movimientos secesionistas del siglo XIX que se prodigaron por toda Europa y en los fascismos. En muchas de sus modulaciones, la raza pasó a ser el medio que utiliza el “espíritu del pueblo” para manifestarse; es decir, se volvió a recurrir a la naturaleza. Desde Auschwitz pocos se atreven a invocar la raza; usan el eufemismo de “herencia genética”.

La nación política fue el instrumento de la burguesía para acabar con las estructuras del Antiguo Régimen y favorecer el nuevo sistema económico: supresión de los gremios, sustitución del súbdito por el ciudadano, construcción de carreteras, canales, puentes, ferrocarriles y puertos para facilitar el movimiento de mercancías; enseñanza pública hasta en los más pequeños pueblos; fomento del idioma mayoritario para facilitar la comunicación entre los ciudadanos; desplazamiento de la población del campo a la ciudades y de las zonas más pobres a las industrializadas, etc. En algunos territorios más desarrollados económicamente gracias a las nuevas industrias, la llegada de estas masas foráneas con costumbres diferentes, su forma de vida proletaria y la lucha laboral despertó las suspicacias de sectores minoritarios de las clases medias y medias bajas urbanas y campesinas, especialmente escritores, historiadores, maestros y curas. La idea romántica de cultura, aderezada con una buena dosis de racismo, sirvió para afirmar la supremacía de lo propio frente a los recién llegados, vistos como miembros de una cultura inferior; personas viciosas, torpes e hijos de “las mil leches”. Veían en la separación de la nación política la única solución para conservar su prístina pureza, sin ver muy claro qué hacer con esos foráneos que generaban las plusvalías. Los obreros autóctonos no aceptaron esta ideología, pues antepusieron la clase a la nación. Solamente a partir de 1914 el nacionalismo entró en el mundo proletario, como denunció Rosa Luxemburgo. Con el paso del tiempo han aumentado las similitudes en las formas de vida en los Estados nación, por lo que, sin dejar de apelar a una “cultura propia”, el discurso secesionista se centra más en buscar cual nuevos Sherlock Holmes “lo propio”, “los hechos diferenciales”, en el prosaico denunciar supuestos maltratos económico y en la promoción exclusiva de la “lengua propia”, como camino para formar un nosotros frente a los que no la hablan.

Otro uso confuso del término es el de grupos de profesionales del cine y de la música que, afirmando ser representantes de la cultura, como un embajador lo es de su país, hacen convocatorias, formulan peticiones, o manifiestan rechazos. Tras el término cultura parecen querer manifestar la superior importancia de sus profesiones a las que considerarían que son los elementos fundamentales para la formación de los ciudadanos, obviando que la medicina, la arquitectura, la ebanistería o la pesca también forman parte de esa cultura que dicen representar. Quienes disintieran de sus afirmaciones hablarían desde el salvajismo, según la antropología que lo postula como una fase anterior a la cultura. Naturalmente no negamos el derecho de esas personas a intervenir públicamente, ni juzgamos la pertinencia de sus reclamaciones; nos limitamos a señalar la improcedencia de hacerlo tras el término cultura. Otro uso del término, en este caso como adjetivo, es el de “marxismo cultural”. Es utilizado por la derecha para cargar a la izquierda los desvaríos de la ideología posmoderna y globalista, fruto de la evolución capitalista y que ha arraigado tanto en parte de la derecha como en parte de una izquierda desnortada. La ideología woke es su máximo representante, ideología que las grandes empresas no dudan en promover, pues favorece sus intereses, la generación de plusvalías a nivel planetario. El marxismo está en contra del relativismo de estas ideologías que niegan la verdad y en consecuencia, lo que es más grave, la falsedad, aunque esto no quieran planteárselo. Ser marxista supone reconocer la existencia de verdades objetivas. Lenin afirmó que solamente un loco puede dudar de la verdad de lo que nos descubren los sentidos. Igual de inaceptable es su apelación a los sentimientos, su división de los trabajadores mediante identidades o el olvido de la lucha económica de clase.

Desde una perspectiva de izquierdas, cualquier definición de cultura debe tener en cuenta: no es un saber misteriosamente impulsado por el “espíritu del pueblo”; no es solamente lo que hacen minorías que escriben libros, pintan cuadros, dirigen o interpretan películas o cantan; el desarrollo de las fuerzas productivas impulsa ciertos tipos de estructuras organizativas y de complejos ideológicos; las culturas con amplias semejanzas proceden de un origen común del que son variaciones. Es el caso de las europeas, que lo tienen en la cultura grecolatina. No son realidades aisladas; están en permanente dependencia e intercambio con otras culturas; no son coherentes ni homogéneas; no son realidades con esencias inmutables, sino procesos; los individuos no son sujetos pasivos; con su hacer también actúan en el proceso de cambio; pautas de conducta comunes a todas las culturas parece razonable consideradas naturales. Tylor o Marvin Harris, entre otros, nos dan definiciones antropológicas de cultura que, más allá de concepciones fantasiosas e interesadas, pueden ayudarnos a comprender qué expresamos cuando decimos “cultura”.

 

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