
La lucha por la igualdad de género ha ido conquistando terreno, pero un número considerable de individuos se opone a dicha igualdad. El problema es tanto más preocupante cuanto que una parte importante de esos sujetos son varones jóvenes. ¿Puede ser porque se sientan amenazados ante el creciente poder social de las mujeres? En cualquier caso, parece necesario un trabajo de persuasión hacia esos individuos

Es algo bastante repetido –y los sondeos de opinión parecen confirmarlo– que nuestro país es uno de los más avanzados de nuestro entorno cultural en lo que se refiere a la actitud social ante la igualdad de género. Una actitud positiva que tiene diferentes expresiones y grados de aplicación a la vida real según nos estemos refiriendo a la familia, al mundo laboral y profesional, a las instituciones o a las relaciones sexuales, pero que, en todo caso, podemos decir que es bastante transversal.
Es un hecho que, a finales de la década de 1970, cuando se reinicia en España, tras la Dictadura, el movimiento feminista, este era muy minoritario, exclusivo de las mujeres, muy militante y casi clandestino. Pocas personas se reconocían entonces como feministas, algo que ha cambiado sin duda: la mayoría de la ciudadanía, hoy, sabe (o cree saber) qué es el feminismo y tiene una postura sobre él, aunque haya muchas maneras y grados de considerarse feminista (o antifeminista).
Escarbando en las fechas de una forma bastante simplificada, podría decir que la conciencia social sobre lo necesario y justo de la igualdad de género empezó a gestarse de una manera más amplia con las leyes del gobierno de Zapatero contra la violencia de género (2004), a favor de la igualdad entre hombres y mujeres (2007) o la que legalizó el matrimonio homosexual (2005). La violencia machista, una de las fechorías que más duelen a la mayoría de nuestra sociedad, ha sido uno de los temas más difundidos en los medios y que ha creado un rechazo más amplio y generalizado. Así, puede fecharse el año 2018, con las indignadas movilizaciones contra la sentencia de “la manada” y las multitudinarias manifestaciones y acciones del 8 de marzo, como el año del reimpulso de los movimientos por la igualdad de género, incorporando a los mismos a un sector importante de la juventud, ellos y ellas.
Desde esa fecha, 2018, hasta hoy, se han sucedido vaivenes políticos, gobiernos de coalición de orientación progresista y leyes –señaladamente la del “solo sí es si”– que buscan mejorar la protección de las mujeres frente a la violencia machista y fomentar, por medio de medidas de obligado cumplimiento, la igualdad entre los géneros. (No hay que olvidar, en esta sumaria relación, la llamada “ley trans” que, por primera vez, reconoce, visibiliza y dota de derechos a las personas transexuales).
Pero también, junto a estos avances innegables (o quizás más precisamente como reacción a ellos), ha ido adelantando posiciones una retrógrada ola de negacionismo ideológico ante todo lo que suponga una conquista del feminismo: se niega la existencia del machismo (ignorando incluso el término); se niega la existencia de la violencia machista como tal, equiparándola a la violencia en general; se niega la desigualdad en el terreno laboral; se trata de potenciar la imagen de las mujeres en las funciones tradicionales de esposa y madre; se acusa al feminismo y la lucha de las mujeres de sembrar la división y el enfrentamiento entre hombres y mujeres… Y tal como estamos padeciendo en instituciones gobernadas por la derecha con la ultraderecha, se da marcha atrás a leyes y medidas destinadas a favorecer la igualdad.
En qué medida esta ola reaccionaria puede estar influyendo en la conciencia social, diluyendo en parte o dibujando sombras sobre los avances señalados más arriba, es algo que debe preocuparnos y hacernos reflexionar.
Hace cuatro meses, con ocasión del 8 de marzo, se hizo pública una encuesta de la empresa demoscópica 40 dB, titulada “Radiografía intergeneracional sobre igualdad de género”, que arroja algunos datos que creo merece la pena comentar. Se realizaron 2.000 entrevistas online, cuidando la proporcionalidad por sexo, edad, comunidades autónomas, posición política, tamaño de hábitat y clase social, a personas de cuatro generaciones: la “Generación Z”, de 18 a 26 años; la “Generación Millennial”, de 27 a 42; la “Generación X”, de 43 a 58, y las “Generaciones Baby Boomer y Silenciosa”, de 59 años en adelante. Señalaré sólo algunos datos llamativos de entre las muchas respuestas al amplio cuestionario.
Ante la pregunta de si se considera que la vida resulta más difícil para la mujer que para el hombre, en la Generación Z sólo un 14,8 % de los hombres responde que sí, frente a un 56,7 % de las mujeres; ante la misma pregunta, en las Generaciones Baby Boomer y Silenciosa, el 44,3 % de los hombres y el 58,9 % de las mujeres responden afirmativamente, siendo las mujeres de la “Generación X”, con un 64,0% de síes, las que acusan más esta dificultad.
Ante las preguntas de si hay demasiado machismo en la sociedad, si se es más exigente con el aspecto físico de las mujeres y si se critica más su vida sexual, el porcentaje de mujeres que responden que sí es bastante similar, en torno al 80 %, en todas las generaciones y en las diferentes preguntas, destacando la generación Z (los más jóvenes) en la que solo un 35,2 % de los hombres encuestados frente a un 82,2 % de las mujeres considera que hay demasiado machismo. Ante estas mismas preguntas, las respuestas de mujeres y hombres de las generaciones Baby Boomer y Silenciosa (los mayores) son casi iguales en porcentajes afirmativos.
Algo semejante ocurre cuando se pregunta sobre si se sienten feministas. Entre los más jóvenes, la generación Z, los hombres responden en un 35,1% que sí frente al 66,0 % de las mujeres, mientras que en el resto de las generaciones las diferencias son mucho menores, acercándose mucho los porcentajes (55,3 % de las mujeres y 46,8 % de los hombres) en las generaciones Baby Boomer y Silenciosa.
A la pregunta sobre si consideran que existe discriminación hacia las mujeres en el trabajo, el porcentaje de quienes responden afirmativamente es también bastante semejante entre las mujeres de todas las generaciones: el 69,2 %, en la generación Z; el 65,7 en la generación Millenial; el 70,7 % en la generación X, y el 67,6 % en las generaciones Baby Boomer y Silenciosa. Sin embargo, sólo el 24,7 % de los hombres de la generación Z lo ve así frente al 36,3 % de los de la generación Millenial, el 43,7 % de los de la generación X y el 55,2 % de los de las generaciones Baby Boomers y Silenciosa.
Una primera deducción que se desprende de las respuestas registradas más arriba (insisto: sólo son una pequeña parte de las muchas que recoge la encuesta) es la diferencia de actitud ante los temas relacionados con la igualdad entre los hombres de la generación Z y los de las demás. Pero quiero también resaltar la enorme diferencia que existe entre la percepción ante estos temas por parte de las mujeres y de los hombres de esta misma generación joven.
¿Qué factores han podido contribuir a esta actitud regresiva en los varones más jóvenes?
Apunto algunas reflexiones y algunas preocupaciones. Una primera que me parece oportuna es la influencia en esta generación de la ideología reaccionaria y negacionista sembrada a lo largo de los últimos años por la derecha y la ultraderecha: se diría que las “guerras culturales” están haciendo mella en nuestros jóvenes. Quizás cabría plantearse también el retroceso experimentado en la educación en igualdad y, en general, en valores en nuestra enseñanza primaria y secundaria. Algo preocupante dado que son estos jóvenes de hoy los que mañana tendrán responsabilidades y tomarán decisiones en los diferentes terrenos de la esfera pública.
Pero me planteo también otras preguntas. ¿En qué medida una parte significativa de estos varones de 18 a 26 años se sienten atacados o agobiados ante los avances de las mujeres y del feminismo en el terreno legal, en el social y, sobre todo, en el de las relaciones interpersonales? ¿En qué medida se ven despojados de una porción de su predominio sin acabar de comprender qué podrían ganar en un escenario de mayor igualdad y equilibrio de poder entre las mujeres y los hombres? ¿En qué medida el discurso feminista no ha hecho los esfuerzos necesarios para para convencerles, centrado como está en defender la justicia de sus reivindicaciones y conquistas?
¿Hasta qué punto la confusión creada en torno a la ley del “solo sí es sí”, con las ventajas obtenidas por algunos condenados por delitos de violencia sexual amparándose en los resquicios que la ley dejaba abiertos (ventajas amplificadas interesadamente por los sectores más reaccionarios y por muchos medios de comunicación), ha contribuido a desprestigiar no sólo esta ley sino los avances del feminismo en general? ¿Cómo interiorizan estos jóvenes varones de hoy la censura ante comportamientos (piropos y comentarios subidos de tono, insinuaciones ofensivas, acosos sexuales y demás) que antes eran tolerados y hoy son rechazados por la mayoría de la sociedad y abiertamente por las mujeres de su propia generación? ¿Qué nivel de inseguridad les genera el verse y vivirse compartiendo la (tradicional) iniciativa varonil con la creciente autoafirmación de las mujeres?
Lejos estoy de admitir la existencia de una “guerra de sexos”, expresión utilizada por la Iglesia y los sectores más reaccionarios para intentar descalificar los principios y posiciones del feminismo y, en definitiva, las conquistas de las mujeres. Pero sí creo necesario llamar la atención sobre cómo estas conquistas, fruto de la lucha de las mujeres, se han ido haciendo sin prestar quizás la suficiente atención a la necesaria labor de persuasión hacia los hombres, cooperadores necesarios en la lucha por la igualdad.