
En España existe un enfrentamiento político tan intenso que en bastantes ciudadanos llega al odio. Además, para algunos el antagonismo justifica todo, incluyendo la tergiversación e incluso la mentira. Sin embargo, la democracia se funda sobre el acuerdo. Este consenso existe al menos de manera implícita, pero conviene reafirmarlo y cultivarlo, como una solidaridad básica en beneficio del bien común, de la res publica. Sobre ese acuerdo fundamental, la democracia incluye cauces para canalizar el conflicto, incluyendo la crítica. En cambio, cuando prevalece la descalificación, ésta excluye la crítica y su funcionalidad

A fines de abril, Pedro Sánchez puso en suspenso su continuidad como presidente de gobierno tras afirmar que su esposa había sido acusada injustamente. Al cabo de varios días, Sánchez decidió proseguir en sus funciones, pero afirmó que era necesario terminar con la agresividad que domina en la vida pública española, y que incluye la acusación injusta, la tergiversación e incluso la mentira como medios para destruir al adversario.
Tras formular Pedro Sánchez esas afirmaciones, se empezó a discutir sobre las medidas que sería conveniente tomar para superar la agresividad citada. La mayor parte de las opiniones se dirigían hacia la norma legal y la coacción que lleva consigo, sobre todo para sancionar la calumnia y la mentira como instrumentos del odio.
Efectivamente, resulta evidente que la ley y la coacción que lleva aparejada son unos medios necesarios para combatir la falsedad y la acusación injusta. De todos modos, ya existe legislación al respecto. Sin embargo, la ley parece poco útil para actuar sobre la raíz de la cual proceden esas agresiones, y que es un antagonismo de tanta intensidad que en muchos casos llega al odio. Hay bastantes españoles que ven a otros conciudadanos con una antipatía extremada. Si fueran solo actitudes de unos pocos, el problema no sería grave, pero desgraciadamente se trata de unos sentimientos muy extendidos, y que además están siendo estimulados por algunos medios de opinión e incluso partidos.
En otras palabras: se trata de un problema de cultura. En la sociedad existen ideologías; es decir, conjuntos de interpretaciones, valoraciones y actitudes que cubren muchos temas de manera conexa. Se trata de subculturas diferentes, dentro de una cultura más global pero de una menor riqueza. Si se aspira a superar la agresividad que antes se comentaba, sería conveniente examinar las raíces del antagonismo en esas subculturas, y descubrir la forma de superarlo debidamente.
Al hablar de ideologías antagónicas, las personas de izquierda nos sentimos implicadas e incluso culpables, pues tenemos la convicción de que en la sociedad existen principalmente dos grandes bloques antagónicos, que para simplificar el debate llamamos clases sociales, y que están en un enfrentamiento permanente.
En el marxismo ortodoxo, esas ideologías se contemplan como algo inexorable, como algo que se sobrepone al discernimiento y voluntad individuales. Por tanto, carece de sentido propugnar la democracia, salvo que se utilice como un instrumento en la estrategia de aplastar al contrario. La Izquierda debe aspirar a la dictadura del proletariado.
Por su parte, el socialismo democrático reconoce la lucha de clases, pero al mismo tiempo cree en la democracia. Estima que los intereses tienden a generar en el colectivo de los poseedores unas interpretaciones y unas valoraciones totalmente sesgadas, y hostiles a los desposeídos, y sobre todo a sus organizaciones. Sin embargo, el socialismo democrático cree en las posibilidades del ser humano. Opina que siempre es posible que un individuo, aun rodeado desde el comienzo de la vida de una ideología burguesa, pueda ejercer un discernimiento autocrítico que le lleve a alinearse con los desposeídos.
Esa fe en el ser humano se aplica también a la convivencia civil y a la democracia. El socialismo democrático hace compatible la convicción de la lucha de clases con la concepción de que existe una comunidad política que está formada por ciudadanos que trabajan solidariamente por el bienestar común. La democracia es el sistema que permite esa prosecución del bien colectivo. Por ello la democracia parte de un consenso fundamental, pero al mismo tiempo canaliza el conflicto de una manera constructiva, pues los ciudadanos dan su confianza a un proyecto político de manera mayoritaria, pero los grupos que defienden un proyecto político distinto de ese pueden seguir haciéndolo, y al mismo tiempo sometiendo a crítica el proyecto mayoritario. De todos modos, las diferencias en los proyectos son parciales, de modo que tanto el Gobierno como la Oposición deben colaborar en todos los temas en los que existe consenso, y contrastar pareceres en aquellos puntos en los que se difiere, pero de una manera positiva.
Eso tiene que ver con algo muy elemental, que es el mismo concepto de crítica. Esta palabra tiene distintas acepciones. La más extendida en España parece ser la que dirige la crítica a otros, y consiste en señalar defectos, culpas o errores, y puede llegar a la descalificación; es decir, atribuir al otro incapacidad en uno u otro terreno, o bien una de tipo absoluto.
Curiosamente, esa acepción del término “crítica”, es casi opuesta a la acepción derivada de la etimología de la palabra. Ese término deriva del griego krino, que significa “juzgar” y “elegir”. De ahí que en la Filosofía y en la Ciencia la crítica se entienda como el instrumento fundamental que nos permite conocer de manera fiable, pues consiste en utilizar la duda como un método para ir aceptando las nociones que la resisten, y rechazando las restantes.
Por tanto, la “crítica” en este sentido que podemos estimar como más propio, es fundamentalmente auto-crítica, pues la mayor parte del conocimiento surge en nuestra consciencia. Solo tras juzgarnos a nosotros estamos autorizados para hacerlo con las opiniones ajenas. Además, la crítica no se dirige primariamente hacia lo que estimamos negativo, sino a descubrir qué es lo positivo y aceptable. El descarte de lo negativo es solamente consecuencia de una selección que se dirige de manera primaria hacia lo que se estima positivo.
Aquí conviene observar algo importante. Uno de los fines más importantes y más primarios de la educación consiste en inculcar en todos los miembros de la sociedad, y ya desde su infancia y juventud, la importancia de la crítica en la segunda de las acepciones que hemos comentado. Eso es lo que les va a permitir avanzar en el conocimiento, y también tiene una dimensión moral y de formación ciudadana, pues fomenta el respeto hacia el otro y la receptividad hacia la opinión ajena.
En cambio, sucede que ciertos partidos políticos y organizaciones difunden hacia los ciudadanos justamente lo contrario. A menudo tergiversan la opinión ajena y ensalzan la propia; y con frecuencia estimulan la agresividad no solo contra esas opiniones y realizaciones ajenas, sino contra las personas de unos adversarios a los cuales convierten en enemigos.
La Historiografía se ha preguntado si existen los llamados “caracteres nacionales”; es decir, concepciones, valoraciones e inclusos sentimientos que se dan de manera mayoritaria en unas sociedades –y en su caso, países– u otras. Parece ser que sí, al menos en el sentido de que hay culturas o subculturas que predominan en unas y otras sociedades. Por cierto, a veces ha habido políticos que han influido en algunos de esos caracteres. Concretamente, en España ha habido políticos, y tanto en el Renacimiento como en tiempos cercanos, que practicaron la exclusión, e incluso la eliminación, de los disidentes. Por eso no es extraño que se haya incorporado a la cultura dominante la adhesión cerrada a los criterios propios y la descalificación de las opiniones ajenas.
Eso se practica especialmente en la vida política. A menudo se estima que el adversario político, o bien sufre de insuficiencia intelectual o bien de insuficiencia moral. Algunos partidos y organizaciones fomentan esa visión, y a veces todo se estima legítimo para atacar al contrario, pues no se trata solo de un rival, sino de un enemigo. Por ejemplo, dado que la telemática permite difundir fácilmente contenidos por redes sociales o mensajería instantánea, los más desaprensivos construyen y difunden difamaciones que a menudo quedan impunes.
Lo ideal sería que esa capacidad para difundir información falsa pudiera neutralizarse con la ayuda del periodismo verdaderamente profesional. Sin embargo, bastantes de los medios de comunicación también sirve de instrumento a grupos de interés. Algunos medios han abandonado incluso el objetivo de la información para ofrecer a los lectores una visión totalmente sesgada de la actualidad.
Después de todo lo dicho, podemos preguntarnos cómo es posible superar el “odio político” en una sociedad. Pues bien, si hemos dicho que es un problema de cultura, de actitudes que abundan en una colectividad, deberemos actuar sobre ello, y principalmente sobre las subculturas que constituyen las ideologías.
Como decíamos al principio, se pueden y deben perfeccionar los medios legales para combatir la falsedad. Ahora bien, el odio político que está en la base solo puede ir cediendo a través de una acción sobre la cultura y subculturas que alimentan la agresión.
¿Cómo hacerlo? Pues bien: en la dirección a la que debe apuntar la educación, según se comentaba antes. Es decir, orientando la crítica en un sentido positivo, y dirigido a opiniones y acciones de las personas, no a ellas mismas. Esa educación debía incluir la capacidad para discernir las fuentes que son dignas de crédito y las que no, en medios de comunicación, redes sociales o cualquier otro cauce. Afortunadamente hay ciertas instituciones que investigan la credibilidad de las informaciones, e identifican las fuentes de respaldo o la ausencia de ellas
Es necesario contribuir al consenso fundamental que une a todos los ciudadanos más allá de sus diferencias, y que es la solidaridad en la búsqueda de lo mejor para todos. Esa es la base del espíritu republicano en su sentido más propio: el trabajo de todos por la cosa pública, por la res publica. Y es también el sentido del patriotismo, pues éste es esencialmente la estima de los que son conciudadanos de uno mismo, pues con ellos se comparte una comunidad política.
Si deseamos que la democracia en España pase a ser verdaderamente plena, hemos de reforzar el espíritu de convivencia entre los ciudadanos. Una de las líneas de acción debe ser incrementar la presión social sobre los partidos políticos para que dejen de ser instrumentos de división y destrucción, y acepten caminar en una dirección más armónica con el progreso colectivo.