
José Ramón Rebollada
EL LOBITO BUENO / Paco Ibáñez

Oliver Wendell Holmes fue un jurista estadounidense, juez asociado de la Corte Suprema de los Estados Unidos entre 1902 y 1932. Es uno de los más prestigiosos jurisperitos, uno de los tres más citados en la jurisprudencia estadounidense. Holmes definió las cualidades que debía tener un buen juez: «… algo de Ariel, Prometeo y Júpiter, con algunos aspectos de Mefistófeles también». El señor Holmes sabía mucho de mitología, por lo que se ve.
No sé a qué Ariel se refiere el juez Holmes, si al ángel o al demonio. Ambos son de la tradición judeocristiana, pero la Biblia no cita a ninguno de los dos, por tanto no sé qué referente debe tener un buen juez, si Ariel el ángel o Ariel el demonio.
Prometeo, según la mitología griega, era un titán, es decir una deidad, y un gran benefactor de la humanidad porque robó el fuego a los dioses para entregarlo a los hombres. Una de sus más famosas tretas fue la que urdió contra Zeus: sacrificó a un gran buey que dividió en dos partes: en una de ellas puso la piel, la carne y las vísceras que ocultó en el vientre del buey, y en la otra puso los huesos, pero los cubrió de apetitosa grasa. Dejó entonces elegir a Zeus la parte que comerían los dioses y Zeus eligió la capa de grasa, encolerizando cuando vio que en realidad había escogido los huesos. En este punto podemos plantear una reflexión para dilucidar si la astucia de Prometeo era mayor que la estupidez de Zeus. En definitiva no sé que parte de Prometeo deben tener los jueces, la de ladrón o la de tramposo.
Júpiter es el dios supremo de la mitología romana, el equivalente latino del Zeus griego, aunque también bebe de la mitología etrusca. Júpiter era hijo de Saturno, que tenía la canibalesca costumbre de comerse a sus hijos. Él se salvó porque Ops (esposa de Saturno y madre de Júpiter) le escondió en la isla de Creta, siendo amamantado por la cabra Amaltea. Después luchó contra su padre y le destronó. Se casó con su hermana Juno, que también había sido devorada por su padre, al que hicieron vomitar para devolverla al mundo con un preparado vomitivo elaborado por Metis, que es la personificación de la perfidia según la mitología griega. Para que luego digan que los clásicos son aburridos.
Mefistófeles es un mito de la tradición alemana cuyo nombre puede traducirse como «El que no ama la luz». Es un ser que se opone a la luz y la verdad, que prefiere las sombras y las mentiras. La verdad es que no acierto a comprender qué parte de Mefistófeles debe tener un buen juez. Se escapa a mi comprensión y entendimiento.
El magistrado Holmes cree que un buen juez debe ser un compendio de cualidades que se encuentran repartidas entre un demonio de la tradición judeocristiana, un titán maligno de la mitología griega, el dios supremo de los romanos y un demontre de la tradición teutona y, caray, perdóname si tengo la sensación de que Holmes no tenía buena opinión de los jueces. Eso o tenía un malvado sentido del humor sobre su profesión.
No seré yo el que me meta en camisa de once varas valorando a los magistrados o la justicia en general, porque no tengo los conocimientos ni la capacidad necesaria para hacerlo. Ni siquiera tengo clara la diferencia entre Justicia y Derecho. Siempre he pensado que esas palabras son sinónimas, pero con los años me he dado cuenta de que no lo son. Ni siquiera son parecidas filosófica ni jurídicamente hablando. Por tanto, honestamente, solo puedo acercarme a esta cuestión de oídas y aplicando mi particular sentido de la justicia, que se basa en la intuición y la lógica, no en mis conocimientos sobre Derecho, que son inexistentes.
En España hay aproximadamente cinco mil quinientos jueces en activo. Un poco más de la mitad son mujeres, una superioridad que también se da en el caso de las fiscales. En los últimos meses solo dos de esos jueces están copando la información periodística de la actuación judicial en España, dos entre más de cinco mil. ¿Sirven esos casos para evaluar la situación de la justicia? En mi modesta opinión, no, pero sí da pistas sobre la utilización mediática de esos casos por motivos políticos más que judiciales. Es evidente.
El juez Peinado lleva meses investigando a Begoña Gómez, esposa del presidente del Gobierno. en una investigación errática, inconcreta, plagada de decisiones cuestionables, como la de tomar testimonio del propio presidente en el Palacio de la Moncloa. Una investigación eterna que no se ha sustanciado en nada hasta el momento en el juzgado, pero ha necesitado toneladas de tinta en los medios escritos, millones de minutos de noticias en radio y televisión y decenas de millones de gigas vomitados en el espacio digital. Una presión mediática que redunda en la idea de que Begoña Gómez algo habrá hecho, aunque meses después de iniciarse el caso ni se le ha acusado de nada ni se le ha juzgado por nada. Eso sí, ha sufrido y sigue sufriendo la pena del telediario.
El segundo es más reciente, pero no por ello de menor trascendencia mediática. Ángel Hurtado, juez del Tribunal Supremo, ha decidido imputar al Fiscal General del Estado por revelación de secretos. Tal y como se desprende de las informaciones periodísticas, se trata de la revelación de un secreto guardado a voces, porque ya había sido difundido previamente por el nunca bien ponderado Miguel Ángel Rodríguez, el mismo periodista mediocre que fue el primero que se dedicó a hacer listas negras de sus compañeros en Castilla y León bajo la presidencia de Aznar. Miguel Ángel Rodríguez es un tipo que no me genera ninguna simpatía ni confianza. Un tipo espeluznante que fue el que filtró los delitos fiscales reconocidos por el novio de Ayuso e introdujo el bulo de que fue la fiscalía la que quiso llegar a un acuerdo que fue parado desde «arriba». Bulos e insinuaciones insidiosas que son una constante en la carrera de MAR desde que dejó El Norte de Castilla para ponerse a las órdenes de Aznar. Y resulta que de la filtración interesada y falsa de MAR sale una imputación contra el Fiscal General, nada menos. No pongo la mano en el fuego por la inocencia de nadie, ni siquiera del Fiscal General y, desde luego, no por la de Miguel Ángel Rodríguez que es cualquier cosa menos un inocente. El Tribunal Supremo no aprecia ningún hecho delictivo en su actuación; mentir y manipular no es delito. Desmentir y denunciar el bulo para defender la verdad, como hizo el Fiscal General, sí.
No sé si los jueces Peinado y Hurtado están dotados de esas «virtudes» mefistofelianas y prometerianas que según Holmes deben caracterizar a todo buen juez, pero sí sé que quien las reúne con creces es Miguel Ángel Rodríguez, el embrollador de todos los saraos.
No sé cuántos juicios hay en España a lo largo del año; serán millares, supongo. Quiero creer, necesito creer, que los jueces y la judicatura en general funciona como se supone que debe funcionar: con justicia, que sigo sin saber si es lo mismo que el Derecho.
Llegados a este punto, me acuerdo de una tonada infantil, un poema de Jose Agustín Goytisolo cantada con la maestría ronca de Paco Ibañez. El lobito bueno, que es el mundo al revés de Goytisolo. Como la justicia al revés de los jueces Peinado y Hurtado.