ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 62, junio-agosto 2025

LA INSUSTANCIAL POLÍTICA DE LAS MALAS FORMAS

Leonardo Muñoz García (Profesor de Filosofía)

Desde finales de los 70 comienza en el capitalismo productivo un lento proceso que reduce su capacidad de generar valor por el masivo uso de nuevas tecnologías que reducen el trabajo humano, que es el generador de la plusvalía. Eso provoca una gran desorientación e iniciativas erróneas, y con ello una hipertrofia de la crítica entre formaciones políticas rivales

A comienzos del siglo XX, el taylorismo (organización científica del trabajo) y el fordismo (maximización del trabajo en cadena) permitieron a las industrias que aplicaron los nuevos métodos multiplicar hasta cinco veces su producción, reducir la jornada de trabajo y aumentar los salarios. Los principios del taylorismo-fordismo atrajeron incluso a pensadores de izquierdas como Lenin y Gramsci, que pensaron era un buen modelo para aplicar en la futura sociedad comunista; eso sí, eliminando el lado negativo de la apropiación de la plusvalía por los burgueses. Era el principio de lo que sería más tarde el consumo de masas, que pasaba a ser una necesidad del sistema económico y una aspiración de toda la población. Como nunca antes en la historia, las masas ideologizadas se lanzaron a participar en la actividad política, unos buscando la conquista del Estado, otros la reordenación del sistema establecido. Tras un periodo de profundas convulsiones, el capitalismo supo adaptarse, los trabajadores se transformaron en consumidores y votantes, desideologizándose y desmovilizándose. Los estados-nación desarrollados consolidaron políticas eutáxicas con alternancia de partidos. Las contradicciones y luchas internas propias de toda sociedad política no ponían en cuestión el sistema.

Afirma Wolfgan Streek (¿Cómo terminará el capitalismo?): “el crecimiento constante, la moneda sólida y un mínimo de equidad social que extiendan algunos de los beneficios del capitalismo a los que no tienen capital, se han considerado desde hace mucho tiempo los prerrequisitos para que una economía política capitalista obtenga la legitimación que necesita”. De lo anterior se encargará la democracia liberal basada en el sufragio universal, pluripartidismo, libertad de expresión y un aceptable nivel de escolarización que dote a los ciudadanos de criterio y sentimiento de igualdad. Escribe R. Kurz (El colapso de la modernización): “El movimiento obrero extraía una cierta justificación del hecho de que el capitalismo, en su larga fase de expansión, permitía una cierta redistribución con resultados en algunos casos notables para las clases trabajadoras. Las críticas `inmanentes’, aun si su objetivo nunca ha sido superar el capitalismo, podían presumir de haber obtenido grandes éxitos que podían hacer creer que el capitalismo podía ser `domesticado’ en una democracia de mercado”. El Estado de Bienestar parecía poder crecer en un progreso sin fin: se cumplían las palabras de Spinoza cuando escribe que una multitud libre se guía más por la esperanza que por el miedo.

Los derechos políticos de los siglos XVIII Y XIX promocionaban espacios y garantías de libertad, derechos sin coste para las arcas del Estado. En el siglo XX se van sumando derechos que sí cuestan, como la instrucción pública, la asistencia médica o las pensiones. Se hace necesario que el cumplimiento de estos derechos venga acompañado de recursos para pagarlos, lo que supone que están condicionados por la disponibilidad de fondos, pero los ciudadanos ya los perciben y reclaman como derechos absolutos. Desde finales de los 70, se inicia en el capitalismo productivo un lento proceso que reduce su capacidad de generar valor por el masivo uso de nuevas tecnologías que reducen el trabajo humano, que es el generador de la plusvalía; las mercancías se multiplican para compensar su pérdida de valor (AS11). En esta fase el capital busca nuevas fórmulas para generar beneficios; los estados-nación van perdiendo poder para imponer medidas que controlen los procesos económicos, las empresas se deslocalizan, la desigualdad crece, los salarios se estancan o disminuyen, en especial los de las profesiones con menos cualificación y aumenta la precarización, mientras que inmensas cantidades de capital acumulado renuncian a convertirse en capital productivo buscando en las finanzas los beneficios que en el productivo ya no pueden encontrar. Surge el predominio de la economía financiera, que no es la invención de un grupo de desaprensivos especuladores, como la izquierda ingenua quiere creer, sino un proceso que ha permitido al sistema resistir un tiempo más. No se debe olvidar que, como afirma Marx, el capitalista individual, aunque sea el más beneficiado, es tan esclavo de la lógica abstracta del capital, como lo son los trabajadores.

Ante esta situación, la política de los países desarrollados experimenta una profunda transformación. Desde la izquierda, la crítica incide sobre el neoliberalismo, al que algunos llaman “hipercapitalismo” o “capitalismo posmoderno”. Implícita o explícitamente se oponen las derivas de un capitalismo “malsano” de la actualidad a uno más “sólido y “moral” del pasado. Se lamenta el paso del capitalismo de los empresarios al de los accionistas y, en consecuencia, la financiarización de la economía; el análisis va poco más allá de la condena moral de los “fondos buitre”. Mientras la decadencia prosigue, el campo político se achica, el vaivén del péndulo pasará de clamar por menos impuestos, menos ayudas sociales y la reducción del Estado, a clamar por más impuestos, más ayudas sociales y más Estado. En una u otra fase del vaivén, la deuda sigue creciendo.

La dialéctica política alcanza formas desmesuradas, a la vez que su verdadera capacidad transformadora se reduce. La descalificación moral del adversario toma carta de naturaleza: nosotros los buenos, ellos los sinvergüenzas, los corruptos. Desaparece la búsqueda de la convicción del otro, del uso de la razón. Se sustituye por la seducción, por la apelación a los sentimientos. Vuelan los insultos, las descalificaciones del adversario, al que se culpa de todos los males, y si los nuestros no los solucionan es porque ellos estarán siempre ahí para impedirlo, argumento que pone en solfa a la propia democracia, porque se afirma que ellos controlan a los jueces, los medios de comunicación… Siguiendo a Eric Sadin (El fin del mundo común), en Twitter (X) encontramos un buen ejemplo de la actual arena política. En X cualquiera puede seguir a alguien sin pedir su autorización y opinar sobre sus afirmaciones. Los mensajes son asertivos, no argumentativos, no pretenden defender con argumentos un punto de vista, sino imponer una percepción de las cosas. Insultos y alabanzas se multiplican ad nauseam. Cuando “ni siquiera entre los demagogos más descarados del circo político, se puede ya pretender tener recetas para salir de la crisis. Es entonces cuando vuelven a sacarse las banderas” escribe Anselm Jappe (La sociedad autófaga). Crece un populismo que más que de izquierdas o de derechas comienza a confluir en un “populismo transversal”, en el que el oscuro concepto de “identidad” se pone en primera fila, fraccionando cada vez más a la sociedad. Los “colectivos identitarios” siempre ofendidos reclaman un trato preferente frente a los demás, que han nacido con el imborrable pecado original de ser sus ofensores, triste remedo interclasista de la lucha de clases que en un tiempo fue el motor de la historia.

La sociedad de la mercancía crea individuos narcisistas infantilizados para los que sus deseos son ley y la resistencia a la frustración es mínima. Si la decadencia continúa, y con ella el desprestigio de la política de los malos formas, aflorará la agresividad y espíritu dictatorial que yace bajo cada narcisista, será la hora de los “antisistema del sistema capitalista”. Para entonces, ¿habrá nacido una izquierda con un discurso teórico capaz de dirigir con sensatez los nuevos retos? Mientras tanto, no olvidar, más allá de la melancolía que “pese a todas sus imperfecciones, entre las aberraciones del siglo XX, la socialdemocracia fue el único sistema que reconoció las necesidades de los seres humanos, los liberó de depender de la benevolencia de otros, y les garantizó la dignidad. No debemos resignarnos a su crisis, sino luchar por su renovación. El camino es estrecho, el resultado incierto. ¿Pero tenemos alternativas?”, Francesco Boldizzoni (Imaginando el fin del capitalismo).

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