

La salud de las mujeres ha sido objeto de estudio e interés creciente en las últimas cuatro décadas, impulsado por el feminismo. Hoy se dispone de datos sólidos que respaldan los relatos de las mujeres sobre sus malestares y enfermedades. La perspectiva de género y la investigación científica cuentan con la Medicina Basada en la Evidencia para mejorar la toma de decisiones y los resultados en la atención sanitaria. La participación plena de las mujeres es esencial para que siga avanzando la perspectiva de género en la Medicina y en la salud laboral

Al escuchar a las mujeres se constata que el cansancio es un síntoma que aparece con frecuencia. Expresiones como “no me da la vida”, “me duele todo” o “no puedo con mi alma” denotan estrés, dolor y malestar en su vida cotidiana, tanto en las conversaciones informales, como en las respuestas a las entrevistas clínicas de profesionales de la Medicina, la Enfermería y la Psicología. En la mayoría de los casos, aun cuando forma parte del motivo de consulta, se trata como algo habitual que se ha normalizado y minimizado, por lo que, consecuentemente, se han invisibilizado sus causas y consecuencias.
Nuria Varela (2017), en su libro intitulado Cansadas, nos pone en situación: “El año que cumplimos 40 años, el cansancio no era patrimonio de nuestra generación. También estaban cansadas las mayores y buena parte de las jóvenes…”[1]. Varela describe el enorme esfuerzo de las mujeres en situación de desigualdad, para responder a las exigencias sociales y las expectativas familiares y personales en el ámbito académico, laboral y de los cuidados con una reflexión ilustrativa y mordaz sobre algunos de los factores estresantes cotidianos: “¿Cómo no estar cansadas viviendo a toda velocidad, embutidas en una talla 38, sobre un tacón de 7 centímetros (y más) y peleando cada mañana contra el paso del tiempo?”[2]
Las condiciones y la situación de las mujeres, tanto en el trabajo productivo como en el reproductivo, son el origen de factores de riesgo para su salud. La desigualdad es un factor de estrés, y el estrés mantenido a lo largo de la vida produce efectos negativos en la salud física y mental de las mujeres, cuyos malestares se agravan por los estereotipos de género y la medicalización de procesos vitales naturales. La Salud Laboral merece atención especial para integrar la perspectiva de género en un ámbito en el que los factores de riesgos laborales afectan de forma diferente a los organismos de las mujeres y los hombres, en función de su edad, estado de salud, origen social, formación, etc.
Por consiguiente, no es extraño que las mujeres tengan una peor percepción de su salud que los hombres y que esta diferencia aumente con la edad a partir de la cuarta década de la vida.
Los datos son tozudos y corroboran en buena medida el relato de las mujeres. La última Encuesta de Salud de España – ESdE 2023, publicada en 2025[3], indica que el 74% de la población percibe su estado de salud como bueno o muy bueno, pero con una diferencia de ocho puntos entre los hombres (78%) y las mujeres (70,2%).
Esta “percepción positiva del estado de salud” varía de forma que el porcentaje de la población que percibe su estado de salud como bueno o muy bueno disminuye con la edad. Y es lógico, porque las enfermedades crónicas aparecen en el transcurso de la vida.
A partir de los 15 años, con el incremento de la edad, se observa un porcentaje menor de percepción positiva en las mujeres con respecto a los hombres. Esta diferencia aumenta más a partir de los 65 años. La clase social influye. En la clase más alta, el 83% percibe su salud como buena o muy buena, frente al 70% en la clase más baja. Pero, mientras este dato disminuye en los hombres desde el 85% hasta 76,4%, en las mujeres la disminución es mayor, desde el 80,7% hasta 64,7%, con lo que aumenta la diferencia entre hombres y mujeres, según disminuye la clase social.
En la “salud mental”, las mujeres duplican el porcentaje de padecimiento de ansiedad y depresión, así como el consumo de psicofármacos con respecto a los hombres. La Nota Técnica de la Encuesta citada destaca los siguientes datos: “El 6,6% de los adultos refiere padecer ansiedad crónica, 4,1% de los hombres y 9% de las mujeres. La depresión se declara casi en la misma proporción (6,5%). Al igual que la ansiedad, la depresión es referida más del doble en mujeres (8,7%) que en hombres (4,1%) … El 11,7% de la población consume tranquilizantes, relajantes o pastillas para dormir (15% en mujeres y 8,4% de los hombres), y el 6,4% consume antidepresivos o estimulantes (8,4% de las mujeres y 4,2% de los hombres)”[4].

La salud de las mujeres y su autopercepción es una realidad cambiante a lo largo de sus vidas que está condicionada por los determinantes de salud, los factores culturales y las desigualdades sociales. Todo ello da lugar a marcadas diferencias con respecto a la salud de los hombres.
En 1974, el Ministro de Salud y Bienestar de Canadá, Marc Lalonde, en el documento «Nuevas perspectivas sobre la salud de los canadienses», presentó un enfoque para la determinación del nivel de salud de una comunidad en función de cuatro grupos de determinantes de salud: biología humana, medio ambiente, estilos de vida y conductas de salud y sistema de asistencia sanitaria, cuyo análisis en función del gasto sanitario permitió concluir la inadecuación de la distribución de los recursos sanitarios y orientar su redistribución para mejorar el nivel de salud[5].
La Organización Mundial de la Salud (OMS) ha puesto el foco en los determinantes sociales de salud, que define como “las circunstancias en que las personas nacen, crecen, trabajan, viven y envejecen, y las fuerzas más amplias que conforman las condiciones de la vida cotidiana”[6], cuyo estudio es fundamental, dado que “Las circunstancias de pobreza social y económica repercuten sobre la salud durante toda la vida”[7].
En este contexto se enmarcan las desigualdades de género, injustas y evitables, asimétricas y estructurales, que cada cultura singulariza a través de las normas y costumbres, la distribución y el ejercicio del poder, las relaciones y el ejercicio de los roles en la sociedad, y son origen de diferencias en la salud entre hombres y mujeres.
Carme Valls-Llobet (2020), en Mujeres, Salud y Poder, indica que: “minimizar las diferencias biológicas nos aleja de la realidad también, ya que en ellas se manifiestan tanto las influencias culturales y medioambientales, como las genéticas asociadas a las diferencias endocrinológicas entre mujeres y hombres, y casi individualizadas en cada ser humano por su historia clínica y su biografía”[8]; por lo que el enfoque bio-psico-social es el que mejor contribuye al estudio de los determinantes de salud y las diferencias en la salud de las mujeres y hombres.
En el mismo texto, Valls-Llobet establece como objetivo un aspecto esencial y revelador muy trabajado por ella en Mujeres Invisibles para la Medicina[9]: “Intentaré ver a través de los múltiples estereotipos qué hay de simbólico, de imaginario y de real en las ciencias de la salud, que intentan estudiar la salud de los seres humanos, y por qué continúa el empecinamiento de hacer invisible lo que rodea la salud de las mujeres”[10].
Esa invisibilidad de la salud de las mujeres minimiza síntomas, ignora malestares y procesos crónicos que determinan las formas de enfermar de las mujeres y las sitúa en inferioridad frente a las formas de enfermar de los hombres descritas y generalizadas.
Los sesgos de género en la Medicina se han identificado como asimetrías en el esfuerzo diagnóstico y terapéutico para una determinada patología, que pueden ocasionar desigualdades en salud entre hombres y mujeres.
Ruiz-Cantero y Verdú-Delgado (2004) afirman que “Los estudios de sesgo de género y el paradigma de la medicina basada en la evidencia comparten la hipótesis de que existen imprecisiones empíricas en la práctica médica. No obstante, falta información sobre la variabilidad de la práctica en función del sexo, y el androcentrismo puede ser una de sus causas[11]”.
La perspectiva de género en la Medicina[12] es una mirada científica, objetiva y crítica que permite conocer la realidad de la salud de las mujeres y se construye con su participación en todas las fases del conocimiento. Por ello, es determinante su presencia en la investigación sanitaria, tanto en los equipos de investigación, como en la población de estudio, con metodología y criterio científicos. Supone un nuevo enfoque de la práctica clínica y la gestión de las instituciones sanitarias para dar respuesta a las necesidades de las mujeres y el cumplimiento de las políticas de igualdad[13].
La perspectiva de género y la investigación científica cuentan con la Medicina Basada en la Evidencia para mejorar la toma de decisiones y los resultados en la atención sanitaria, lo que supone un avance con garantías[14].
El Observatorio de Salud de las Mujeres del Ministerio de Sanidad es un referente que define su trabajo “en la elaboración de líneas de actuación comunes para la disminución de las desigualdades en salud por razón de género, desde una perspectiva de participación y colaboración de todos los agentes implicados, generando y difundiendo conocimiento que permita el análisis de género y promueva la inclusión del enfoque de género en las políticas públicas y sistemas de salud”[15].
Que las mujeres sean protagonistas de su salud es una aspiración democrática a la que han contribuido y contribuyen desde el feminismo profesionales de las ciencias de la salud y las ciencias sociales, la Filosofía y las tecnologías, las instituciones públicas y privadas que aportan conocimiento sobre las formas de enfermar y los malestares de las mujeres y su adecuado tratamiento. Ello supone importantes retos para la sociedad en su conjunto y, especialmente, para las propias mujeres.
Varela, Nuria, Cansadas (Ediciones B, Barcelona, tercera edición, 2017), pág. 19. ↑
Ibíd., pág. 21. ↑
Ministerio de Sanidad e INE. Encuesta de Salud en España-ESdE 2023. Publicada el 27 de mayo de 2025: https://www.sanidad.gob.es/estadEstudios/estadisticas/encuestaSaludEspana/ESdE2023/ESdE2023_presentacion_web.pdfhttps://www.sanidad.gob.es/estadEstudios/estadisticas/encuestaSaludEspana/ESdE2023/ESdE2023_presentacion_web.pdf ↑
Técnica. Encuesta de Salud de España 2023. Principales resultados. Págs. 5 y 6 https://www.sanidad.gob.es/estadEstudios/estadisticas/encuestaSaludEspana/ESdE2023/ESdE2023_notatecnica.pdf ↑
Piédrola Gil, “Medicina Preventiva y Salud Pública” (11ª ed.). Elsevier Masson, Barcelona, 2008. Pág 4. ↑
https://www.who.int/es/news-room/fact-sheets/detail/social-determinants-of-health ↑
Richard Wilkinson y Michael Marmot. Oficina Regional para Europa de la Organización Mundial de la Salud. “Determinantes Sociales de Salud. Los Hechos Probados”. Edición española, traducción de la 2ª Edición de la OMS. Ministerio de Sanidad y Consumo. 2006. ↑
Valls-Llobet, Carmen. “Mujeres, Salud y Poder”. Madrid, Cátedra, col. Feminismos, 2020, página 18. ↑
Valls-Llobet, Carmen. “Mujeres Invisibles para la Medicina. Desvelando nuestra salud”, Madrid, Capitán Swing. Tercera edición, 2020. ↑
Valls-Llobet, Carmen. “Mujeres, Salud y Poder”, pág. 19. ↑
Ruiz-Cantero María T., Verdú-Delgado María. Sesgo de género en el esfuerzo terapéutico. Gac Sanit [Internet]. 2004. Ago [citado 2025 Jul 22]; 18( 4 ): 118-125. Disponible en: http://scielo.isciii.es/scielo.php?script=sci_arttext&pid=S0213-91112004000400019&lng=es ↑
Ruiz-Cantero María T (coordinadora) et al. “Perspectiva de género en Medicina”, Barcelona, Fundación Dr. Antoni Esteve, 2019. ↑
Ley Orgánica 3/2007, de 22 de marzo, para la igualdad efectiva de mujeres y hombres. Artículo 27. Integración del principio de igualdad en la política de salud. ↑
Gutiérrez Cía, Isabel y Obón Azuara, Blanca. Perspectiva de género en la investigación en Medicina. Una perspectiva ética y legal. Foro de Debate. AequAlitaS 2017 (nº 40), pp. 38-45. ↑
https://www.sanidad.gob.es/organizacion/sns/planCalidadSNS/equidad/saludGenero/home.htm ↑