ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 63, septiembre-noviembre 2025

LOS ARANCELES DE TRUMP Y LA SOCIALDEMOCRACIA

E. de Andrés (Economista)

Estados Unidos ha sufrido en el pasado algunas maniobras de proteccionismo disfrazado por parte de ciertos países asiáticos, y eso ha perjudicado su balanza comercial y su empleo. Pero eso no es razón para una política tan agresivamente proteccionista por su parte como la actual. Estados Unidos ha tenido el privilegio de que, al ser su moneda de reserva internacional, ha podido sostener un déficit comercial continuado. La política de Trump perjudicará a la economía y la sociedad norteamericana, y también al conjunto de las economías del mundo, que deberán tratar de neutralizar esos efectos con políticas no proteccionistas

Una de las principales características de Estados Unidos es la desigualdad. El 1% más rico de la población acumula el 35% de la riqueza y el 20% de los ingresos antes de impuestos. Al mismo tiempo, el 50% más pobre solo posee el 1% de la riqueza y el 15% de los ingresos (World Inequality Database). Es conocido que estos elevadísimos niveles de desigualdad llevan décadas generando problemas muy visibles dentro de este país, pero hoy parece evidente que tales problemas han acabado por filtrarse al resto del mundo. El origen de la guerra comercial que hoy amenaza la economía mundial no es otro que el Presidente Trump, y la elección del Presidente Trump no puede explicarse sin el fuerte apoyo cosechado entre las rentas bajas sin estudios superiores. La guerra comercial y algunas otras medidas de tipo nacionalista/nativista (como la restricción de la inmigración o la implementación de una política exterior agresiva) constituyen, según parece, la caja de herramientas que ha elegido la clase trabajadora estadounidense para ajustar cuentas con las élites –esto es, reducir los niveles de desigualdad– y mejorar sus condiciones de vida.

En este contexto, la socialdemocracia –entendida como movimiento político global e internacionalista formado por partidos políticos socialistas, laboristas y progresistas que se coaligan con los sindicatos y los movimientos sociales (feminismo, ecologismo, LGTB, etc.)– se enfrenta a una disyuntiva más compleja de lo que parece. Por una parte, debe oponerse al matonismo internacional del Presidente Trump, que trata de imponer su agenda MAGA (Make America Great Again) a costa de suprimir los limitados avances alcanzados por los defensores de un modelo de globalización económica basada en el multilateralismo y la gobernanza global. Al mismo tiempo, debe cuestionar el funcionamiento caótico y desequilibrado de un orden económico internacional en el que los países, desprovistos de herramientas efectivas de coordinación internacional, se ven forzados a intentar atraer la demanda mundial de bienes y servicios hacia su economía sin contribuir al crecimiento de dicha demanda. Esta contradicción sistémica frena el crecimiento mundial e incrementa la desigualdad de ingresos. En medio de estos dos mundos, la socialdemocracia se encuentra criticando la política comercial disruptiva del Presidente Trump, al tiempo que cuestiona el mismo orden económico internacional al que ataca el Presidente Trump. Dicho de otra forma, la socialdemocracia se encuentra en medio de un juego complejo en el que no se cumple la famosa premisa de que “el enemigo de mi enemigo es mi amigo”, sino más bien lo contrario: “el enemigo de mi enemigo también es mi enemigo”. En esta situación cabe preguntarse ¿qué postura deben tener los partidos socialdemócratas ante la guerra comercial trumpista?

Antes de responder, tratemos de entender al Presidente Trump y al movimiento MAGA. Estados Unidos registra un déficit comercial ininterrumpido desde los años setenta, sistemáticamente superior (o muy cercano) al 4% del PIB desde el año 2000. El Presidente Trump y sus asesores consideran que este déficit comercial crónico es la causa principal de la pérdida masiva de empleos industriales en determinadas regiones de Estados Unidos, como el llamado “Cinturón del óxido” (en el noreste y medio oeste del país) o el “Cinturón textil” (en el sur). En su visión, el déficit comercial supone una pérdida de riqueza y empleos que el resto del mundo “roba” a través de acuerdos comerciales injustos, la manipulación de los tipos de cambio y otras técnicas deshonestas. Desde esta perspectiva, Estados Unidos pasaría de verse como el país más poderoso del mundo a ser una víctima del orden económico internacional, y la desigualdad o las malas condiciones de vida de una parte de la población no tendrían que ver con las políticas internas (como la ausencia de un Estado del Bienestar amplio, o la falta de una política industrial y regional efectiva), sino con la “agenda globalista” que el enemigo extranjero impone a través sus acuerdos y negociaciones internacionales.

Algunas ideas del discurso anterior se basan en verdades o medias verdades. El funcionamiento del sistema económico internacional promueve que los países traten de crecer económicamente a través de las exportaciones. Algunos ejemplos emblemáticos de “milagro económico” (Japón, Corea del Sur, China, etc.) se han caracterizado por seguir esta estrategia export-led de crecimiento económico, mientras que otras regiones con balanzas comerciales deficitarias (América latina en los años ochenta o el sur de Europa tras la entrada en el euro) terminaron sufriendo problemas económicos y financieros muy graves. El economista Anthony Thirlwall explicó muy bien la relación entre la sostenibilidad financiera del crecimiento económico y la balanza comercial a través de su conocida “Ley de Thirlwall” (1979), según la cual “el crecimiento económico de un país está limitado por la tasa de crecimiento de sus exportaciones dividido por la elasticidad ingreso de sus importaciones”. En lenguaje informal, esto significa que el crecimiento económico de un país solo será sostenible si no viene acompañado de un déficit comercial demasiado elevado durante demasiado tiempo. Por el contrario, un superávit comercial nunca supondrá problema alguno para la sostenibilidad del crecimiento. Ante esta asimetría, lo habitual es que los gobiernos prefieran registrar un superávit comercial a un déficit comercial, y que tomen medidas para promover las exportaciones y desincentivar las importaciones, mejorando de este modo la balanza comercial.

La preferencia generalizada por el superávit comercial es problemática desde una perspectiva global. En primer lugar, el deseo de los países de mejorar su balanza comercial propicia todo tipo de desórdenes y distorsiones en el comercio internacional, que aparecen en forma de políticas comerciales distorsionantes (barreras no arancelarias, guerras de divisas encubiertas, competencia desleal a través de subvenciones públicas, etc.) y políticas de desregulación laboral y medioambiental orientadas a competir a la baja en costes. Además, dado que las exportaciones de un país siempre son importaciones para otro, es materialmente imposible que todos mejoren su balanza comercial al mismo tiempo, dando lugar a un juego de suma cero (esto es, un juego en el que todo lo que gana un jugador supone una pérdida equivalente para otro u otros jugadores), en el que siempre habrá ganadores y perdedores. La acumulación sistemática de superávits comerciales en unos países supone necesariamente la acumulación sistemática de déficits comerciales en otros, dando lugar a los llamados “desequilibrios globales”. Es precisamente en este punto donde el Presidente Trump y el movimiento MAGA encuentran una justificación parcial en defensa de su relato. En efecto, es sabido que la competencia feroz –y quizá desleal– de algunos países asiáticos está detrás de la pérdida de cientos de miles de empleos industriales en Estados Unidos, especialmente desde la entrada de China en la Organización Mundial del Comercio en 2001. Además, los superávits comerciales permanentes de algunos países (China, Japón, Corea del Sur, Alemania, Suiza, Países Bajos…) son la contraparte del déficit comercial crónico de Estados Unidos, o dicho de otra forma, que es Estados Unidos el país que genera la demanda necesaria para absorber los superávits comerciales de este grupo de países superavitarios.

El hecho de que algunos estadounidenses hayan perdido su empleo por la competencia internacional, al tiempo que Estados Unidos sostiene la demanda de bienes y servicios –y por tanto el empleo– en otros lugares constituye el principal argumento favorable a la guerra comercial del Presidente Trump. Sin embargo, es importante tener muy claro que ninguna de las disfunciones del orden económico internacional se va a corregir con esta deriva neoproteccionista –o quizá debiéramos decir neoimperialista– de Estados Unidos. Tampoco encontrarán los estadounidenses mejora alguna en sus condiciones de vida, ni mucho menos se reducirá la desigualdad. En realidad, es posible que esta guerra comercial ni siquiera consiga reducir significativamente el déficit comercial de Estados Unidos. El Presidente Trump y sus asesores realizan una interpretación equivocada del significado del déficit comercial de Estados Unidos, no entienden las causas del mismo y sobrevaloran su capacidad para “ganar” –si es que se puede hablar de “ganar” o “perder” guerras comerciales– una guerra comercial contra el mundo en general, y contra determinados países en particular.

En primer lugar, Estados Unidos es el único país del mundo que no está sometido a la Ley de Thirlwall, al menos no en la misma medida que el resto. La prueba de ello es que lleva décadas registrando déficits comerciales elevados sin sufrir problemas macroeconómicos añadidos. Cualquier otro país en la misma situación se hubiese tenido que enfrentar a un coste creciente de los préstamos en moneda extranjera que los agentes económicos hubiesen tenido que pedir en los mercados internacionales para financiar el exceso de importaciones sobre exportaciones. Estados Unidos, sin embargo, tan solo tiene que “imprimir” –o más bien, teclear– nuevos dólares, que al ser utilizados internacionalmente como moneda de reserva, mantendrán intacto –o casi intacto– su valor. En términos informales, esto significa que el conjunto de los estadounidenses y sus administraciones públicas pueden permitirse el lujo de comprar bienes y servicios producidos en el extranjero –es decir, importar– sin necesidad de entregar a cambio bienes y servicios –es decir, exportar– por el mismo valor. El déficit comercial resultante se cubre simplemente creando nuevos dólares que el resto del mundo utiliza voluntariamente como medio de pago en cualquier transacción internacional, o simplemente como medio de conservar riqueza. Cualquier otro país –especialmente los países pequeños con monedas de poco uso internacional– que tratase de financiar un déficit comercial permanente simplemente creando dinero, sufriría tarde o temprano una depreciación de su moneda y/o una elevada inflación.

Por el contrario, Estados Unidos disfruta de un “privilegio exorbitante” (así lo describió Giscard d´Estaing, Ministro de Finanzas de Francia en los años 60) del que ahora, el Presidente Trump y el movimiento MAGA dicen sentirse víctimas. Dicho privilegio, por cierto, fue impuesto por los propios Estados Unidos en los llamados Acuerdos de Bretton Woods (1944), en los que obligaron al resto del mundo a utilizar el dólar como activo monetario de reserva. En el lado opuesto, el economista John Maynard Keynes (que negociaba en nombre del Reino Unido) proponía un sistema monetario mucho más equilibrado, sin predominio de ningún país, en el que todos los países cooperasen para evitar la acumulación crónica de superávits o déficits comerciales, evitando de este modo la aparición de los desequilibrios globales. A día de hoy, el orden internacional sigue sufriendo las consecuencias de ignorar los valiosos consejos de Keynes.

El déficit comercial de Estados Unidos es consecuencia, por tanto, de un privilegio creado por los propios Estados Unidos. Cierto es que la competencia agresiva –y puede que desleal– de algunos países ha provocado la pérdida de cientos de miles de empleos bien pagados en Estados Unidos, y cierto es que dichos excesos deben ser señalados, pero la idea trumpista de que el déficit comercial de su país es una suerte de “robo” del resto del mundo no es más que un delirio nacionalista/imperialista, que debe rebatirse con fuerza. La guerra comercial, por otra parte, no puede ser la solución a ningún problema de coordinación internacional, al menos en los términos que se plantea. El Presidente Trump parece actuar movido por ideas erróneas sobre comercio internacional, proponiendo aranceles a cada país en función de su déficit bilateral –un sinsentido económico, pues el déficit bilateral entre dos países carece de interpretación económica, y además presenta enormes problemas contables que reducen aún más la utilidad de estas cifras– y sin pararse a pensar en los efectos de los aranceles en un mundo hiper-globalizado, en el que los productos pueden entrar y salir varias veces de varias fronteras a través de las llamadas “Cadenas Globales de Valor”. El Presidente Trump y sus asesores parecen no ser conscientes de que poner aranceles a todo el mundo equivale, hasta cierto punto, a ponérselos a sí mismo. Por supuesto, tampoco parecen darse cuenta de que frenar la economía mundial –que es lo que provoca una guerra comercial– es lo que peor le viene a Estados Unidos para mejorar su balanza comercial, dado que en un mundo más pobre –o menos rico– comprará menos productos estadounidenses. Para colmo, el Presidente Trump se inventa barreras arancelarias imaginarias que ni siquiera lo son (como el IVA de la Unión Europea o la tasa Google), agravando el delirio y poniendo en duda la racionalidad de cualquier decisión que toma su gobierno.

La socialdemocracia debe oponerse al neoproteccionismo delirante del Presidente Trump. Su guerra comercial es perjudicial para los trabajadores de todo el mundo, que sufrirán mayores tasas de desempleo –por el menor crecimiento mundial que provoca esta guerra comercial– y menores salarios reales –por el incremento de precios que producirá la subida de aranceles en Estados Unidos y en los países que le respondan con la misma medida–. Las reivindaciones justas de la clase trabajadora estadounidense deben abordarse principalmente con políticas internas de tipo social, industrial o regional, y nunca con políticas populistas de corte nacionalista y sus variantes. Al mismo tiempo, la socialdemocracia debe impulsar un nuevo orden económico internacional que promueva un comercio más justo y equilibrado. Este nuevo orden debería penalizar la acumulación sistemática de superávits comerciales (como propuso Keynes) y combatir el dumping fiscal, laboral y medioambiental. La reducción progresiva de aranceles y la eliminación de las barreras no arancelarias son medidas positivas para el comercio y el crecimiento mundial, pero solo serán socialmente sostenibles si se producen dentro de un sistema de comercio internacional justo y basado en reglas. De lo contrario, volveremos una y otra vez al populismo nacionalista/nativista/imperialista encarnado en personajes como el Presidente Trump y el movimiento MAGA. En este sentido, cabe hacer un llamamiento firme a los partidos políticos que componen la Internacional Socialista y la Alianza Progresista –especialmente a aquellos que gobiernan en sus respectivos países–, para alzar la voz y liderar una alternativa creíble y beneficiosa para los ciudadanos de todo el mundo.

Argumentos Progresistas
Resumen de privacidad

Esta web utiliza cookies para que podamos ofrecerte la mejor experiencia de usuario posible. La información de las cookies se almacena en tu navegador y realiza funciones tales como reconocerte cuando vuelves a nuestra web o ayudar a nuestro equipo a comprender qué secciones de la web encuentras más interesantes y útiles.