
La izquierda ha perdido la conexión con la juventud, en parte por su ineficaz comunicación en redes sociales, donde la extrema derecha ha sabido dominar el discurso mediante bulos y mensajes populistas. Los jóvenes no están perdidos: se les ha perdido. A su vez, el desinterés, la presión social y el individualismo digital han erosionado el activismo estudiantil. Mientras influencers reaccionarios crean contenido viral, la izquierda se limita a imitar tendencias. Recuperar esa conexión requiere dejar de tratar a los jóvenes como un problema y empezar a comunicar con claridad, respeto y sentido común

Ya advertía el gran Miguel de Unamuno que la juventud necesita creer aun a costa de equivocarse, y esto creo que es algo que no dista mucho de la realidad actual. Las redes sociales son causa directa e indirecta del auge ultraderechista en la sociedad española (y occidental), con especial importancia en el caso de los jóvenes. Causa directa, porque es conocido por todos que las redes sociales, en especial X, son una fábrica continua y constante de bulos, de información no contrastada y de gasolina para los pseudomedios y los agitadores como Vito Quiles o el fallido Alvise Pérez. Decía también que son una causa indirecta, en este caso, por la difusión masiva, “vía influencers”, de un medio de vida basado en el consumismo, en el yoísmo y, en definitiva, en el postureo, en el reflejo de una vida perfecta, destinada a conseguirse a través del primer mandamiento: “sé tu propio jefe”.
Vivimos una era en la que la clase baja se siente clase media, la clase media lucha por no desaparecer y la clase alta se disfraza de víctima del sistema. Vivimos una época de olvido y, por qué no decirlo, de falta absoluta de respeto a las generaciones pasadas, en la que se lleva por bandera el lema “cualquier tiempo pasado siempre fue mejor”, en el que se escucha continuamente un ya no tan tímido “esto con Franco no pasaba” y un clamor, a los cuatro vientos, de que España es una dictadura social-comunista. Y todo me resulta esperpéntico, primero porque no conocen los términos que emplean, sino que repiten como loros lo que escuchan en las redes, y segundo porque se olvidan de que con el Caudillo lo que verdaderamente no podrían hacer es opinar libremente o manifestarse en las calles (a veces con banderas que sí representan una dictadura), como si pueden hacer en este país al que califican como totalitario.
Y esto no es una crítica dirigida a la juventud, sino que más bien va dirigida a los no tan jóvenes, incluso al sistema en general. Algo ha fallado, no nos tapemos los ojos, los jóvenes no estamos perdidos, sino que más bien se nos ha perdido. La izquierda tiene que replantarse muchas cosas hoy en día, pero en especial por qué ha dejado de ser atractiva para la juventud y cómo se ha pasado de un espíritu juvenil revolucionario a uno reaccionario. Claro ejemplo de todo esto lo podemos observar en las universidades, en mi caso hablo, como Presidente de ASPER, de la Universidad de Salamanca, con una participación anecdótica de los estudiantes en los movimientos sociales, una ínfima participación en las elecciones a los órganos internos de la Universidad y un auge de asociaciones ligadas a la derecha y la extrema derecha, en detrimento de las históricas asociaciones de izquierdas que hasta hace no mucho lideraban la lucha estudiantil.
Puede resultar paradigmático, pero las causas principales de este cambio social son dos, y son aparentemente muy diferentes entre ellas: el acomodamiento y la presión social. Después de décadas de lucha estudiantil, después de todas las conquistas sociales derivadas de esta lucha, la Generación Z (nacidos entre 1997 y 2012) se ha acomodado en ellas. A su vez, los nuevos ritmos de vida, con gran variedad de actividades lúdicas, culturales y deportivas; la autoexigencia, sumada a la del entorno; y la adicción a los medios electrónicos, han reducido la capacidad de concentración y reducido el tiempo disponible para estudiar, aumentando la presión llegado el momento, lo que en último término desincentiva la participación, en aras de dedicar la mayor parte del tiempo que resta al estudio.
Estos factores generan a su vez un desinterés general –más allá de los hobbies personales de cada uno–, que es aprovechado por los discursos populistas y reaccionarios como abono para poder florecer. Y es que el olor no espanta si el resultado que se promete es el que ansias obtener. Si tú, un currante o un estudiante, desencantado y desinteresado con la política, te viene un señor, con aparentemente muchos seguidores y mucho apoyo en redes, a decirte “Tú, currante, la culpa de todos tus problemas la tienen los inmigrantes que vienen a quitarte el trabajo, ten mucho cuidado y no salgas de casa, no te la vayan a ocupar, uf y además cuidado con las feminazis que te van a imponer un pajaporte, y todo esto es por culpa del Gobierno que nos está quitando la libertad” y encima este discurso te lo repiten 200 cuentas más, con también miles de seguidores, te lo acabas por creer, porque es muchos más fácil odiar a alguien que no conoces y culparle de todo lo que te acontece, que enfrentarte realmente y de cara a esos problemas. Y ante esto, la izquierda de este país tenemos un grave problema y es que no sabemos comunicar, salvo muy contadas excepciones. Es sonronjante entrar a TikTok o a X y ver cómo las cuentas oficiales de los partidos de izquierda, y en este caso también del PP, juegan a reproducir tendencias con tal de tener la mitad de las visualizaciones que los “creadores de contenido” a sueldo de VOX, mientras estos se dedican a esparcir odio, de manera bastante efectiva; a la vista está.
Si podemos sacar una cosa en claro de la situación actual, no es otra que la extrema derecha es la única que ha sabido jugar al juego de las redes sociales, mientras el resto de partidos observaban y competían por el primer premio al post que más vergüenza ajena diese. Mientras unos reproducían tendencias, los otros las creaban, mientras unos mandaban mensajes desde su cuenta oficial, otros llenaban las redes a través de cientos de creadores de contenido. Son contados los influencers de izquierdas que se dedican a hablar política o son conocidos por ello. Así, a bote pronto, se me ocurrirían Alan Barroso o Carla Galeote; en frente, bueno, más bien por la (extrema) derecha, Ángel Gaitán, Alvise Pérez, o Vito Quiles, sumados a los miles de las cuentas de bots en X que difunden los mensajes de odio de la extrema derecha o se hacen pasar por militantes de partidos de izquierdas con el único fin de desacreditarles.
Estamos en el camino, pero no es suficiente. Conectar con la juventud no es solo ir a un podcast la semana antes de las elecciones, un bono cultural, crear un Ministerio de Juventud; no es solo aumentar la partida destinada a las becas. Es todo lo anterior junto a una comunicación efectiva; es hacer llegar a los jóvenes la idea de que no son un problema, de que son la solución, y de que la izquierda creemos en ellos, que somos sus aliados y no sus enemigos. Frente a la difusión masiva de bulos, difusión masiva de datos; frente al odio, sentido común; y frente a la extrema derecha, una izquierda clara, unida y atrevida. Este es el único camino de reconducir a una juventud que no considera a la sociedad un problema, sino que más bien ha sido la propia sociedad la que ha considerado a la juventud como tal. De poco nos servirá que intentemos progresar, si a los ojos vendados de la mayoría todo seguirá igual o peor y cuando por fin se caiga esa venda, ya será tarde, porque en su día no supimos comunicar.
Me gustaría aprovechar estas últimas líneas para poner en valor el trabajo de los jóvenes en esta sociedad, porque al desinterés del que hablaba antes, se le suma el estigma social de ver a la juventud como inexperta y menos preparada, cuando hemos demostrado que eso no es así, que en aquellos lugares en los que hemos tomado la iniciativa, no hemos defraudado. La juventud de este país es valiente, está preparada y es el mejor ejemplo del futuro que podemos tener. No permitamos que la sociedad acabe por perder lo único que garantiza su existencia a futuro, que son los jóvenes. No juguemos con la democracia y no caigamos en provocaciones. La juventud necesita sentirse valorada, precisa de confianza y, sobre todo, reclama la importancia que se merece. Comuniquen ahora, o igual nunca más podrán hacerlo.