ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 63, septiembre-noviembre 2025

DEL PAN AL FUEGO: LA GESTIÓN OLVIDADA DEL MONTE

Mónica Lafuente (Licenciada en Ciencias Políticas. Exportavoz de Medio Ambiente en las Cortes de Castilla y León. Miembro de la Coordinadora Vecinal de Montes Comunales)

Nuestros montes arden, y las causas más profundas parecen ser una mezcla de desidia, ignorancia y tomar al monte como un recurso de explotación, abandonando una gestión integral. Ésta debe incluir un disfrute y aprovechamiento abiertos a los vecinos de los pueblos, pues el aprovechamiento ganadero, de leña, frutos o similares, contribuye a la limpieza y familiaridad con el monte. De no actuarse en este sentido, la cuestión no es si el monte se quema, sino cuándo será

Porque asumo que desconozco totalmente la forma de atajar el grave problema de los incendios forestales, porque asumo que no soy técnica, ni trabajo en el sector, es muy difícil dar una opinión o respuesta a los mismos. Para eso están los técnicos (y los tertulianos, claro), aunque la verdad, no creo que importe mi condición profana en estas líneas que me propongo escribir.

Por mucho que intentemos disfrazarlo con discursos técnicos, de explicaciones sobre los recursos que faltan o sobran según los casos y quien los cuenten, lo cierto es que los incendios forestales son también el reflejo de un fracaso social y político. No soy ingeniera de montes ni pretendo serlo; solo puedo hablar desde la experiencia (escasa) de haber crecido en un entorno rural, e inminente forestal, escuchando a los mayores de mi lugar y atendiendo a su buen hacer, el cual ha permitido mantener mi zona sin incendios importantes, a pesar de las inmensas trabas impuestas por las Administraciones Gestoras, las “guardianas de lo ajeno”. Y lo que aprendí entonces, puede que hoy no sirva para combatir incendios de cuarta o quinta generación, pero sí para comprender cómo hemos llegado hasta aquí.

EL MITO DEL “SISTEMA SORIA- BURGOS”

Cada verano, con la oleada de incendios, surge en titulares y tertulias la propuesta de aplicar el supuesto “sistema de gestión forestal de Soria”, “¿Por qué los pinares de Soria no arden? ¿Cuál es el supuesto milagro?” Y la respuesta es: ninguno, no existe ese milagro. Tras dejar de escuchar o ver trabajar el monte como lo hacían mis abuelos, tras décadas de abandono de la Junta de Castilla y León, con sus políticas de desidia, que también nos alcanzaron a pesar de intentar resistir como gatos panza arriba, solo se oye una evidencia, “la pregunta no es si este monte `modelo’ arderá, sino cuándo”

La certeza es una: no existe tal modelo diferenciado. La gestión de los montes públicos en esta comunidad es competencia de la Junta de Castilla y León, y, créanme, no se gestiona de forma diferente Soria que León, Ávila o Zamora. Lo que se ha bautizado como “sistema Soria – Burgos” no era un plan técnico, no es un sistema sesudo sacado de los despachos de Madrid o Valladolid, sino una forma de vida, nuestra única forma de vida desde que estos pueblos fueron fundados o repoblados en siglos pretéritos: trabajar en el monte todo el año, vivir de él y con él.

EL MONTE QUE NOS DABA DE COMER

Nuestros abuelos lo tenían claro. “Haced lo que se hacía antes”, me dijo hace poco un vecino de más de noventa años. Antes se apagaban los incendios porque se vivía del monte: la ganadería, el carbón, la madera, la resina. El monte no era un paisaje de postal ni un recurso ambiental abstracto: era el pan en la mesa. Y cuando de ello dependía la supervivencia, la gestión era constante, y los incendios, esporádicos.

Sinceramente me cansa la frase, “los incendios se apagan en invierno”, porque creo ciegamente que no es verdad; los incendios se apagan durante todo el año. Los incendios se apagan viviendo del monte, y viviendo todos, no solo unos pocos.

Hoy el monte no nos da vida, entendida esta en términos económicos, porque las políticas forestales y su dureza para una sociedad urbanizada nos ha apartado de él, pero nuestro monte sigue siendo nuestra vida. Nadie imagina vivir aquí sin él.

DE LA PROTECCIÓN A LA PRODUCCIÓN

La historia que he contado, sin embargo, fue distinta en gran parte de España, en la España no meramente forestal. Sin querer ser exhaustiva o académica, tal vez si sea necesario ver la evolución de nuestras políticas forestales, las que siempre se aplican por “los guardines de lo ajeno”, no importa la época, a costa de los propietarios.

La degradación por sobrepastoreo, roturaciones e incendios propios del clima mediterráneo obligó a iniciar planes de repoblación ya en el siglo XIX; desamortizaciones, Reales Ordenes que buscaban proteger la más que evidente degradación del suelo, iniciándose una gestión dirigida a la protección del mismo.

Para que se entienda, me voy a centrar en los más cercanos, en los Planes Nacionales de Regeneración Forestal, que para sorpresa de muchos no fueron creados por Francisco Franco ni su aparato dictatorial, sino que se deben a Ley de 9/10/1935, por la que se crea un organismo forestal específico para la repoblación, denominado Patrimonio Forestal del Estado (PFE), cuyo principal objetivo era restaurar, conservar e incrementar la superficie forestal del país. Y sobre todo, el Decreto de 21/6/1938, por el que se disponía la elaboración de un Plan Nacional de Repoblación Forestal. Este Plan fue elaborado por los ingenieros de Montes Luis CEBALLOS y Joaquín XIMENEZ DE EMBUN, que lo entregaron al Gobierno en 1939.

Por razones obvias, estos planes se aplican en años sucesivos, en una España devastada y hambrienta. La primera fase, aplicada en los años 1940-1959, sirvió para crear empleo en el mundo rural, pero en escasos terrenos, ya que estos eran muy necesarios para cultivos que alimentaran a la población. Estas repoblaciones se realizaron sobre todo en zonas baldías de MUP y zonas de protección hídrica. Las masas forestales creadas en este periodo tienen en la actualidad una edad comprendida entre los 49 y 68 años, están situadas en zonas pobres y en muchas no se han iniciado aún las primeras claras.

La segunda etapa se da del 1960 al 1971. Con el abandono paulatino del mundo rural y con la industrialización, hay más zonas para la repoblación forestal, pero esta ya no es con fines protectores, sino productores. La industria de la celulosa no en vano es en esta época la segunda más importante del país. Se comenzó a primar las repoblaciones productivas frente a las de protección, y a incrementar el empleo de especies de crecimiento rápido. Las masas forestales obtenidas en este periodo tienen en la actualidad entre 37 y 48 años. Se están comenzando a realizar las primeras claras, pero a un ritmo muy inferior al necesario.

Y a partir de aquí, con todos los matices, no pretendo hacer una tesis del tema, es donde empieza el problema actual. El monte lleva mucho tiempo sin ser tenido en cuenta como elemento protector, sino como elemento productor; especies de crecimiento rápido, más inflamables, que generan más desechos forestales, pero una, en principio, mayor rentabilidad económica, sobre todo para las manos privadas financiadas por los planes antes indicados (para sorpresa, esta vez, de nadie).

EL OLVIDO DE LOS CUIDADOS

Ahí empezó el problema. El monte dejó de concebirse como un sistema protector y se transformó en un huerto de madera. Se olvidó que repoblar no consiste solo en plantar árboles, sino en mantenerlos: limpias, podas, claras. Esa parte, costosa y poco visible, se dejó de lado hasta que las llamas nos devuelven a la cruda realidad.

LA NOSTALGIA DE LAS LIMPIAS

Cada crisis trae la receta mágica: recuperar las limpiezas invernales. Pero la nostalgia no siempre resiste al análisis.

Y es en estos momentos de lucidez obligada cuando se nos ocurre la idea de hacer limpiezas en invierno pagando a las brigadas forestales para que hagan trabajos de prevención, o se nos viene la hermosa nostalgia de lo que fue el sistema de “limpias” en el monte, que a decir de los del lugar daba sustento y trabajo a la población de mi zona. Pero entre la nostalgia y la necesidad acuciante de buscar una solución (sobre todo de discurso político y tertuliano televisivo), se nos olvidan varias cosas: la primera que, como dice Serrat: “Tus recuerdos son cada día más dulces, “El olvido solo se llevó la mitad…”. El sistema de limpias no constituía una única fuente de ingresos, sino que era un suplemento para la ganadería o la “Suerte de pinos”, es decir no se podía vivir de ello. Lo segundo, que hoy no quedan trabajadores en el mundo rural que realicen ese trabajo. Se acabó cuando el hijo se marchó y vivir en el pueblo era de paletos; cuando a los que se quedaron se les quitó de las manos la gestión de lo suyo, porque la soberbia de la ingeniería de montes no soporta el saber popular. Tercero, los futuros pobladores del mundo rural para trabajos “de invierno”, ¿saben dónde vienen a vivir?, ¿cuentan con acceso a vivienda, farmacia, colegio, medico, transporte, carreteras, quitanieves…? Esta población urbana o urbanizadas entre la que me incluyo, aun viviendo en el mundo rural, ¿está preparada para vivir aquí? Tal vez antes de intentar solucionar un problema puntual, aunque grave, deberían abordarse otros antes, y arriba doy una pista.

Idealizar el pasado no solucionará el presente

EL TRASFONDO ECONÓMICO

Cabe preguntarse si a las Administraciones realmente les compensa invertir en prevención cuando el coste de los incendios se financia en buena medida con fondos que salen de los propios montes, cuando lo apuestan todo a la suerte y a la vida de los demás. Mientras no exista un retorno económico claro y sostenido, la gestión forestal seguirá siendo la gran olvidada.

CONCLUSIÓN

El debate sobre incendios forestales no se resuelve con titulares ni nostalgias. El verdadero problema está en haber reducido el monte a recurso productivo y en haber abandonado su gestión integral. Mientras no se apueste por un modelo sostenible, rentable y continuo en el tiempo, seguiremos confiando en la suerte: que no se queme más de lo que ya se ha quemado.

Porque un país que olvida que el monte fue pan, está condenado a que sólo le quede fuego.

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