ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 65, marzo – mayo 2026

SALIDA, VOZ Y LEALTAD. LA DEMOCRACIA EN LOS PARTIDOS POLÍTICOS

Antonio García Santesmases (Excatedrático de Filosofía Política de la UNED)

En España, los principales partidos parecen orientados principalmente hacia la competencia electoral. Eso les lleva a buscar un gran líder y a eliminar el debate interno. No tratan de conseguir más y mejores militantes, sino solo y directamente el mayor número de votantes. Los electores pierden la posibilidad de una verdadera participación en los asuntos públicos. Precisamente la tendencia mencionada constituye la alternativa opuesta a la participación, y con ello a una democracia auténtica

Quizás algunos lectores de ARGUMENTOS hayan visto una serie de enorme interés histórico sobre lo sucedido en Francia a comienzos de la Segunda Guerra Mundial. Me refiero a TRANSATLANTICO: en Marsella se van agrupando grandes figuras del mundo literario, artístico e intelectual que temen por sus vidas. Desean pasar la frontera española y llegar a Lisboa para embarcar hacia Estados Unidos y poder sobrevivir. Entre los personajes que aparecen está Walter Benjamin, que no soportará la presión y optará por el suicidio; también contamos con Hanna Arendt, que logrará llegar a Estados Unidos y se convertirá en una de las teóricas políticas más importantes del siglo veinte, y por último, con un economista-sociólogo- analista político que opta por sumarse a la resistencia. Nos referimos a Albert Hirschman.

Este joven judío, luchador con la resistencia, publicó uno de los libros más interesantes para comprender el funcionamiento interno de las organizaciones económico-políticas. Ha sido utilizado en muchas ocasiones para analizar el funcionamiento interno de los partidos políticos. En su libro Salida, voz y lealtad el autor muestra tres posibles actitudes dentro de las organizaciones políticas. Tenemos aquellos que optan por la lealtad incondicional, sea quien sea el líder, sea cual sea la línea política. Pueden optar por esta posición por ser fieles a una tradición familiar, a una tradición vinculada a momentos especialmente dolorosos como pueden ser la condena a muerte de sus padres, o a los años de padecimiento en las cárceles, o de permanencia en el exilio. Ser leales a una organización política es una manera de dar continuidad a una lucha ancestral y ser fieles a un legado. Si a ello se añade el recuerdo de fricciones dramáticas entre compañeros se procura rehuir las críticas internas.

Cabe, por el contrario, optar por considerar que uno no puede ser fiel a sus convicciones sin posicionarse en encrucijadas que marcan la vida de las organizaciones. Se puede coincidir con unos principios genéricos, pero discrepar sobre la estrategia a seguir. Se puede ser más maximalista o más posibilista; se puede optar por buscar unos u otros aliados. Para que una organización pueda subsistir, necesita dar cauce a la pluralidad de posiciones que se pueden dar ante una decisión controvertida. Para ello es imprescindible que los militantes tengan voz.

Cabe, por último, que esa voz que se considera imprescindible para poder ser leal a la organización y ser fiel a las propias convicciones, se considere que no tiene ninguna relevancia, que no logra conmover los cimientos de la organización y hay que optar por la salida, por la baja en la organización, bien para refugiarse en la vida privada, bien para crear una nueva organización.

En los últimos años hemos tenido ejemplos sobrados de estos comportamientos en las organizaciones políticas españolas. Sigue habiendo un sector importante de militantes de los dos grandes partidos que siguen manteniendo su afiliación, pero los dos han sufrido la salida de muchos afiliados que han optado por vincularse a otra organización, o por crear una de nueva tipo. Pongamos algunos ejemplos.

Hay militantes socialistas que han optado por la salida, como Francisco Vázquez, José Luis Corcuera o Javier Saénz de Cosculluela. Hay militantes que han optado por vincularse a una nueva organización, como Celestino Corbacho, que pasa del PSC a CIUDADANOS, o los hay que optan por crear un nuevo partido como Rosa Diez al fundar UPYD.

En el campo de la derecha, la salida de la organización para crear un nuevo partido se puede visualizar en el líder de Vox Santiago Abascal, antiguo militante del Partido Popular. La opción de Abascal ha sido bastante frecuente en políticos liberal-conservadores que hoy pueblan las filas de la ultraderecha europea.

En el mundo de la izquierda alternativa, también se han dado ejemplos importantes; en Francia con Melenchon, pasando del Partido Socialista a liderar hoy la Francia Insumisa; igualmente en Alemania con Oskar Lafontaine, del SPD al partido de la izquierda (Da Linken).

Transvase de unos a otros partidos se han dado; lo que se ha producido en mucha menor medida, es permanecer en la organización manteniendo una voz propia. En España hemos asistido a un fenómeno de conflicto interno desgarrador entre los fundadores de PODEMOS, hasta llegar a formar organizaciones que compiten en el mismo espacio. Lo vimos en el 2019 con Pablo Iglesias e Iñigo Errejón, y lo vemos en el 2026 entre Yolanda Díaz a Irene Montero.

Tampoco es alentador lo ocurrido con líderes que compiten por el liderazgo y se retiran de la vida política, como Pablo Casado en el partido popular o Eduardo Madina en el PSOE. Al hacerse con el liderazgo se transforman en analistas, en comentaristas o en tertulianos. Se puede intervenir en periódicos, en emisoras de radio o en programas de televisión, pero donde no se discute es dentro de los partidos. Y esto es una pérdida para las organizaciones. Se prefiere la salida a la voz. Un efecto no querido pero real de las llamadas elecciones primarias, es este apartamiento de los que pierden en la contienda por el liderazgo. Otro efecto también negativo es el papel de los afiliados tras la elección del nuevo líder.

El afiliado es convocado a participar en la elección del líder, pero observa perplejo que el vencedor se lleva toda la representación. Descubre que la democracia se basa en elegir entre los líderes, no en participar en las decisiones. Como diría Schumpeter, la democracia no es el gobierno del pueblo, es la competencia entre líderes hasta convertir a los partidos en potentes maquinas electorales. En la película de León de Aranoa POLITICA, MANUAL DE INSTRUCCIONES se puede ver cómo los dirigentes de PODEMOS consideran imprescindible que el líder máximo no comparta su poder con otros, aun a riesgo de encarnar un “macho alfa”. Es la condición imprescindible para poder competir con los otros “machos alfa”.

Este modelo plebiscitario de articular las organizaciones hace que el debate se desplace fuera de los partidos. Al no haber cauce interno de debate y de reflexión colectiva, esa reflexión no desaparece, porque los partidos no pueden vivir sin tener alguna orientación sobre su identidad, sus valores o su estrategia. Ese lugar se realiza en los grandes medios o en los periódicos digitales minoritarios, en los ateneos o en las fundaciones, en los seminarios de investigación de las universidades o en las revistas de pensamiento.

Este desplazamiento tiene un enorme coste para la democracia representativa. Al reducir a los partidos a maquinas electorales, se pierde todo el papel pedagógico que deberían realizar; el papel de cultivo de la propia historia, de reformulación de la propia identidad, de búsqueda de nuevas estrategias. Parece que estuviéramos abocados a ser soberanos únicamente el día de las primarias y ser consumidores pasivos de noticias a partir de ese momento.

Para evitar esa reducción del militante a la condición de votante –a un votante al que no se vuelve a consultar–, es imprescindible revitalizar la vida interna de los partidos.

En la fecha temprana de 1991, Fernando Morán, gran conocedor de la vida política europea, denunció tempranamente esos peligros. En su obra TIEMPO DE REFORMAS, decía: “En democracia lo público no se legítima por la encarnación de mitos, sino por la participación, por la representación. Esto exige una mayor dinamización de los procesos políticos. Si no lo hacemos, seguiremos viendo a la cosa pública y al estado como opresores, ajenos, como encarnación de todas nuestras frustraciones históricas” (p. 36)

Han pasado los años, y desgraciadamente a la crisis geopolítica que estamos viviendo, a la incertidumbre por el cambio climático o por la inteligencia artificial, tenemos que constatar que la vida interna de los partidos sigue muy alejada de los parámetros que exige la democracia. Seguimos teniendo una democracia de partidos que compiten electoralmente y una muy escasa democracia interna dentro de los partidos políticos.

Aunque nuestro sistema es parlamentario, y elegimos diputados que a su vez invisten a un candidato, la dinámica de la competencia política provoca una lucha despiadada de líderes –de machos alfa, por decirlo con el lenguaje de la película de Aranoa– que tienen que conseguir el mayor número de votos. Para conseguir estos apoyos consideran imprescindible que no haya discrepantes internos que les hagan sombra. Esta concentración del poder en el líder exige dar vía libre a los asesores y los expertos en comunicación; exige igualmente que los congresos se sustituyan por grandes convenciones, donde los delegados son entretenidos en un espectáculo de arriba abajo. No existe el control de abajo arriba ni la formulación colectiva de la posición política; sin ese control y esa voz son muchos los que optan por la salida. Seguimos teniendo una democracia de partidos, pero como señaló con acierto hace muchos años Fernando Morán, la democracia en los partidos sigue siendo una asignatura pendiente. Más pronto que tarde conviene iniciar el tiempo de reformas que lúcidamente Morán defendía.

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