ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 65, marzo – mayo 2026

REGENERACIÓN DEMOCRÁTICA DE LA IZQUIERDA

Pedro Espino Hurtado, del grupo Hormigas Rojas

La izquierda política atraviesa una crisis que no puede explicarse únicamente por derrotas electorales ni por errores coyunturales. Se trata de un deterioro más profundo, ligado a sus prácticas, a su funcionamiento interno y a la progresiva pérdida de referencias históricas que le daban sentido. Ante este panorama, la regeneración democrática no es una opción estratégica más, sino una necesidad histórica si la izquierda aspira a recuperar credibilidad, coherencia y capacidad transformadora

Si se suscita la idea de la regeneración democrática de la izquierda es porque se piensa que las organizaciones que se adscriben a este ideario están dejando de constituir un modelo deseable por su práctica o por sus objetivos. Es decir, porque se cree que la izquierda no puede seguir siendo la misma de los últimos años, y que afrontar una regeneración sólida no es solo una cuestión estratégica, sino una necesidad histórica. Si se acepta que la izquierda política de los países occidentales, incluida España, ha experimentado un desgaste profundo habrá que pensar en la introducción de cambios. Pero para programar la transformación buscada, se deben identificar en primer lugar las ideas o las actuaciones que merecen modificarse.

Entre las características actuales de la izquierda realmente existente se pueden destacar:

Electoralismo. No se entenderá como tal la participación decidida en los procesos electorales, que debe seguir dándose, sino el acortamiento de las perspectivas temporales, que quedan limitadas básicamente hasta las elecciones siguientes, ya sean generales, regionales o locales. Los plazos cortos dificultan la elaboración de metas más ambiciosas, y un partido que esté siempre inmerso en un proceso electoral estará más centrado en las encuestas de intención de voto que en verdaderos objetivos políticos.

Renuncia al universalismo. La izquierda parece haberse rendido a las reivindicaciones identitarias y, con frecuencia, se discuten especialmente los derechos, reales o supuestos, de tal o cual colectivo. Del vocabulario de la izquierda ha desaparecido prácticamente un término de gran tradición y significado: el internacionalismo.

Papel de la militancia. La fortaleza de los partidos de izquierda residía en sus militantes. Sin embargo, la transformación de las organizaciones en aparatos electorales ha dado lugar a que su funcionamiento dependa casi exclusivamente de cargos con nóminas institucionales: miembros de órganos ejecutivos, parlamentarios, concejales… Y cuando se gobierna se produce un traslado del centro de gravedad del partido al gobierno. El protagonismo de sus militantes ha pasado a ser una reliquia histórica.

Política espectáculo. Este fenómeno se produce cuando lo más importante de la actividad política consiste en captar la atención del público, entretener y generar una conexión emocional, a menudo a través de la simplificación y la dramatización de los temas. Así, los miembros conocidos de los partidos —generalmente los cargos mencionados en el punto anterior— participan en programas televisivos de entretenimiento en los que la forma, la imagen y la estimulación de los sentidos se imponen sobre el contenido, la discusión racional y las propuestas de fondo. La personalidad, mejor si es fotogénica, de los líderes se antepone a la ideología y al debate profundo. Una consecuencia de este hecho es la frecuente rotación de miembros de órganos ejecutivos que, tras ser conocidos por su presencia en los medios de comunicación, se convierten en cabezas de lista de las siguientes elecciones. De este modo, la política se convierte en espectáculo y se trivializa. (En inglés se ha llegado incluso a acuñar el término politainment, proveniente de la unión de ‘política’ y ‘entretenimiento’).

Modas del funcionamiento democrático. Se ha generalizado la idea de que lo realmente democrático es que las organizaciones políticas lleven a cabo elecciones primarias para elegir candidatos para los siguientes comicios. Esto, como tantas cosas, se ha importado desde la cultura política estadounidense. Pero no hay que olvidar que allí los votantes registrados de los partidos eligen al candidato presidencial, y que el presidente será elegido mediante votación popular y tendrá unas funciones ejecutivas. Dado que en España se eligen parlamentarios y no presidentes, unas auténticas primarias serían las que se hicieran para designar a cada uno de los componentes de las listas de candidatos a diputados (o concejales). Las primarias para los candidatos a presidente son un poco artificiosas, especialmente en el caso de los partidos que saben que no van a ganar. Este salto de hipercorrección democrática tiene como consecuencia negativa la creación de liderazgos excesivos de los que dependerán casi todas las decisiones.

Sedes de militancia. La tradición socialista española contaba, a finales del siglo XIX y principios del XX, con las denominadas «casas del pueblo». Se trataba de bastante más que de simples sedes políticas o sindicales, y se diseñaron como centros de sociabilidad, educación y emancipación para los trabajadores. Otras organizaciones de izquierdas tuvieron centros de menor importancia, como ateneos obreros, populares o libertarios. La actual desaparición de estas instituciones se ha traducido en que las sedes se han convertido en emplazamientos burocráticos de poder de los que han desaparecido los militantes de base, militantes que han pasado a ser afiliados o inscritos. (Parece que los locales de partido sí se están manteniendo entre los nacionalistas vascos).

Nombres de los partidos. A diferencia del PSOE, que ha conservado su nombre histórico (también el PCE, aunque no es fácil encontrarlo inmerso en otras siglas), la izquierda considerada «a la izquierda del Partido Socialista» se ha caracterizado por recurrir a denominaciones posmodernas (Podemos, Unidas Podemos, Más País, Sumar, Compromís, Comuns, Por Andalucía…) que poco aclaran para saber a quién pretenden representar. No creo que se trate solo de algo caprichoso o del deseo de originalidad, sino que más bien parece un intento de desideologización que busca no ser confundidos con una organización de extrema izquierda.

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Sin caer en la nostalgia de que cualquier tiempo pasado fue mejor, y si se acepta que los puntos descritos más arriba constituyen un lastre que debilita el futuro de la izquierda política, será una tarea fundamental contrarrestar los defectos señalados. Al electoralismo estrecho habrá que contraponer la elaboración y seguimiento de programas (sobre educación, sanidad, vivienda…) a más largo plazo, lo que no significa desdeñar la consecución de reformas que refuercen y amplíen el estado de bienestar. El universalismo ha sido siempre una concepción de la izquierda que se está poniendo en peligro con el énfasis actual en los tribalismos que suponen numerosas reivindicaciones identitarias. Se da la paradoja de que mucha gente identifica ahora la izquierda con una abundancia de -ismos más particulares y, a veces, contradictorios. Ya se está observando que la derecha política empieza a enarbolar banderas que muchos creían que pertenecían a la izquierda, pero que, si las emplea la derecha, es porque no ponen en cuestión el núcleo del neoliberalismo. Las concepciones de clase tradicionales sí que son un patrimonio de la izquierda que la derecha no intentará arrebatar. En estos momentos, la resignificación del internacionalismo, que echaba en falta más arriba, debe pasar ineludiblemente por una posición inequívoca de defensa de los derechos humanos y de solidaridad con los trabajadores inmigrantes. El refuerzo de la militancia de las organizaciones de izquierda no es una tarea fácil por el sacrificio personal que supone para los miembros de un partido. En la actualidad, cuando se habla de ‘políticos’ se suele entender la figura de ‘políticos profesionales’, es decir, de aquellos que han hecho de la política, entre otras cosas, un medio de vida. Esta profesionalización puede originar una cadena de lealtades que están por encima de la política como servicio. El fortalecimiento del protagonismo de los militantes traería consigo unos beneficios indiscutibles para la regeneración democrática de la izquierda. Solo el trabajo militante podrá recuperar la presencia en espacios cotidianos: barrios, centros de trabajo y de estudio, asociaciones civiles, etc. Es imprescindible fomentar la pedagogía política y la formación de cuadros para evitar que el debate interno se reduzca a luchas de poder. La política espectáculo, que, como se dijo más arriba, nos ha venido de EE. UU., es una maldición que parece no tener fin. Las actividades partidistas, prácticamente siempre electorales o preelectorales, han pasado a ser una inflación de aplausos —de todos hacia todos— y de abrazos que poco tienen que ver con debates y mensajes serios, y que habría que desterrar. Muy probablemente, la actividad política pública sería muy distinta si no estuvieran presentes en estos actos las cámaras de televisión. Cada vez más, el funcionamiento democrático de los partidos de izquierda se limita a las elecciones primarias para el cabeza de lista en épocas electorales. Creo que hay pocas dudas de que la democracia interna solo se puede recuperar con el restablecimiento de los cometidos locales —y no solo cuando hay elecciones— de las organizaciones de izquierda. Es exigible aumentar la transparencia en la toma de decisiones y en los procesos de selección de liderazgos mediante un desempeño eficiente de los órganos intermedios. Y esta vida interna dependerá mucho de la actividad real y satisfactoria de las sedes de militancia, con funciones que vayan más allá de las tareas burocráticas.

La regeneración democrática de la izquierda no será fruto de un único gesto, sino de un proceso sostenido de autocrítica, apertura y reinvención. Su éxito dependerá de la capacidad que se tenga para que militantes y simpatizantes se impliquen en la construcción de un proyecto innovador con coherencia ética que haga posible recuperar la credibilidad y volver a ser un motor de transformación social.

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