ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 65, marzo – mayo 2026

MERCADO VS. DEMOCRACIA: POR UN RESURGIR NO DOGMÁTICO DEL MARXISMO

Jesús Mora (Investigador del Departamento de Filosofía de la Universtitat de València)

Hoy día una parte importante del pensamiento marxista dirige la mirada hacia las distintas formas de dominación que, por una parte, controlan el mercado y, por otra derivan de él y gobiernan nuestras vidas como un “poder ajeno”, en expresión del propio Marx. Frente a eso, él mismo propugnó la intervención democrática sobre las esferas económicas dominadas por el mercado y el capital. Eso alcanza también a la energía. Como mínimo, se requiere un control y regulación del mercado al respecto, y una valoración de las energías alternativas como potencialmente más democráticas

En los últimos años, de la mano de teóricos emergentes como el danés Søren Mau y su Coacción muda, el marxismo ha vuelto a girar su mirada hacia las distintas formas de dominación que, en las sociedades capitalistas, permiten al mercado gobernar nuestras vidas como un “poder ajeno”—una de las expresiones favoritas de Marx. Tras el fin del experimento soviético, los marxistas hemos tenido que escuchar hasta la saciedad que nuestro proyecto viajaba a la deriva. El golpe asestado por el resquebrajamiento del socialismo real fue tan duro que hay quien se resiste, todavía hoy, a asimilarlo. Así nos lo recuerdan, sin ir más lejos, esas afinidades prorrusas que sobreviven entre algunos sectores de la izquierda y que solo pueden explicarse desde un sentimiento profundo de negación: si nos autoconvencemos de que el mundo no ha cambiado, no tenemos razones para mirarlo de manera diferente. Como a principios del siglo XX, los marxistas del XXI nos encontramos, además, frente a la posibilidad de que ni siquiera las concesiones democráticas y sociales que los movimientos obreros arrancaron al capital sobrevivan a la ola reaccionaria que acecha al mundo.

Aunque no debamos dejar de reivindicar lo poco o mucho que se haya podido conseguir dentro del capitalismo de bienestar frente al fascismo, tampoco podemos renunciar a recordar al mundo que hay un hilo que une las luchas obreras de ayer y que nos puede permitir tejer un mañana en el que merezca la pena vivir. Ese hilo pasa por arrebatar espacio al poder del mercado sobre—literalmente—nuestras vidas, por impedir que la lógica del intercambio basado en el enriquecimiento personal (con un trasfondo de profundas desigualdades) no solo se haga más fuerte dentro de los sectores que ya domina, sino que también se haga dominante en otros.

Ya en los ‘90, Jerry Cohen nos advertía de esa ajenidad del poder del mercado con una famosa metáfora: en las sociedades capitalistas, decía Cohen, “el mercado es un casino del que es difícil escapar”. Aunque no pocas veces se ha comparado al mercado con una ruleta o una tragaperras, la metáfora de Cohen va más allá de una condena moralista al juego y a los que disfrutan apostando. El mercado es un casino, primero, porque quienes participan en él pueden saber dónde colocan sus fichas, pero nunca saben con cuántas fichas acabarán. Así, por ejemplo, los esfuerzos por conseguir una educación universitaria de muchas familias humildes a menudo son recompensados con frutos escasos o nulos, sin que nadie tenga muy claro por qué, de un momento a otro, capacidades y cualificaciones que aseguraban una vida digna dejan de hacerlo. Pero, segundo, el mercado también es un casino porque el objetivo del juego (satisfacer necesidades humanas) no guarda relación alguna con la lógica de su funcionamiento (que, para que esas necesidades puedan ser satisfechas, alguien tenga que beneficiarse antes con ello). Por ejemplo, como explica Matt Huber, fue su fácil producción y alto valor calórico, junto con su fácil venta y consumo, lo que llevó a las grandes empresas estadounidenses a apostar por la comida rápida —basura— como base de la alimentación moderna, más allá de lo bien o mal que su composición se correspondía con nuestras necesidades nutricionales.

Lo mismo ocurre, claro, con las fuentes de energía que utilizamos para movernos, dar luz a nuestros edificios o regular su temperatura. Señala Andreas Malm que, si la gran industria hizo al mundo dependiente de los combustibles fósiles, no fue por su mayor eficiencia o productividad, sino porque permitían a los capitalistas salvar diversos obstáculos orográficos, antropológicos e institucionales a su enriquecimiento. Hoy, esa decisión motivada por la lógica del intercambio mercantil basado en el beneficio individual ha llevado a nuestro mundo a una situación límite en términos climáticos, un contexto que hace urgente reivindicar una alternativa marxista que tanto el socialismo real como el capitalismo dominante en los últimos tiempos borraron de nuestra memoria: el control democrático de la economía.

Como insiste Bruno Leipold en su lúcido Citizen Marx, si hubo alguna constante a lo largo de todo el pensamiento maduro de Marx, esta fue su compromiso con la intervención democrática sobre las esferas económicas dominadas por el mercado y el capital. Fue esa constante la que inspiró a algunos partidos y movimientos obreros a asegurar que la sanidad, la educación o las infraestructuras básicas se rijan por una lógica en la que sus proveedores no sean vendedores y sus beneficiarios compradores, sino que todos y cada uno de ellos sean ciudadanos. Por razones de urgencia, también ahora esa visión nos apremia a extirpar la producción de energía de la lógica del casino de la que hablaba Cohen, y someterla a mecanismos de decisión democrática que fijen sus fuentes de generación y los propósitos a los que sirven. Sobre todo, porque esperar a que la transición energética sea rentable para los agentes del mercado, a una escala que nos permita cumplir con los límites necesarios al aumento de la temperatura media del planeta, puede hacer que llegue demasiado tarde.

Esta urgencia, no obstante, también tiene, como se afana en recordarnos César Rendueles, consecuencias políticas de calado para los marxistas, pues igual que implica que no podemos confiar la transición al casino y esperar que la bolita caiga en la casilla salvadora de la ruleta, también nos priva del tiempo que requiere llevar el control democrático de la energía hasta sus últimas consecuencias. Puede ser que la proximidad de la catástrofe climática exija que, a veces, tengamos que conformarnos con regular el despliegue de energías renovables por parte de actores privados, en lugar de planificarlo totalmente desde parlamentos y gobiernos democráticos que lo desplieguen a través de empresas públicas o proyectos de nacionalización. No obstante, esto no debería impedirnos celebrar las regulaciones, los controles y los incentivos necesarios para dirigir a los actores privados hacia las renovables como un triunfo de la democracia sobre el mercado.

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