
La COP30 cerró una década del Acuerdo de París con avances parciales y una pregunta pendiente: ¿hasta cuándo postergaremos lo inevitable? La Conferencia fracasó en elevar la ambición climática sin alcanzar una hoja de ruta para poner fin a los combustibles fósiles. En las COP rige la regla del consenso: todos los países deben estar de acuerdo en lo que se apruebe. De todos modos, en esta se ha aprobado el llamado «Paquete de Belém»: un conjunto de 29 decisiones adoptadas por consenso que pretenden acelerar la implementación del Acuerdo de París

Había mucha expectativa, quizá demasiada. La COP30 que se celebraba en Belém, en plena Amazonía brasileña, el pulmón del planeta, iba a ser distinta. La presidencia la anunciaba como la «COP de la verdad», donde celebrar los diez años del Acuerdo de París, ese pacto de 2015 que nos prometió salvación. Diez años después, estamos muy cerca de romper la barrera de los 1.5ºC. La temperatura global se ha disparado, los récords de calor e inundaciones y las emisiones globales siguen subiendo.
Pero la COP30 fracasó en elevar la ambición climática sin alcanzar una hoja de ruta para poner fin a los combustibles fósiles. Aunque en el tiempo de descuento se consiguiera cerrar la aprobación de un mecanismo de transición justa demandada por la sociedad civil, la realidad es que los avances no se produjeron
El fracaso más evidente de la COP30 es que aunque se esperaba avanzar en compromisos de reducción de emisiones en el texto final no menciona los combustibles fósiles, a pesar de que más de 80 países, incluido el estado español, pedían una hoja de ruta clara para la eliminación progresiva de los fósiles. Unas desafortunadas palabras de Lula en medio de la cumbre lograron reactivar el juego político calculado y ejecutado con precisión por los países productores de petróleo, que bloquearon cualquier mención a la necesidad de abandonar los combustibles fósiles acordado dos años atrás. Y lo consiguieron. Porque en las COP rige la regla del consenso: todos los países deben estar de acuerdo, o no hay acuerdo. Una regla diseñada, teóricamente, para proteger a los más vulnerables, pero que en la práctica se ha convertido en el arma perfecta para que los petroestados secuestren el futuro de todos.
En la plenaria final, Colombia objetó, dijo en voz alta lo que muchos pensaban pero pocos se atrevían a verbalizar: La COP de la verdad no puede ignorar la ciencia. Aproximadamente el 75% de las emisiones globales provienen de combustibles fósiles. No hay mitigación si no podemos debatir la transición hacia su abandono. Chile respaldó su posición; la Unión Europea también, pero no sirvió de nada. El presidente de la COP30, André Corrêa do Lago, se disculpó por no haberles dado la palabra antes y cerró la sesión. Sin cambios. La esperanza está ahora en la cumbre internacional organizada por Colombia y Países Bajos en una conferencia internacional centrada en un compromiso real para poner fin a los combustibles fósiles, que se celebrará en Santa Marta (Colombia). Quizás sea esta la oportunidad de marcar la línea entre aquellos países que apuestan por el fin de los combustibles fósiles con la financiación internacional requerida, frente a los sospechosos habituales que bloquean las negociaciones.
Sin embargo, debemos reconocer que no todo fue negativo. La COP30 aprobó el llamado «Paquete de Belém», un conjunto de 29 decisiones adoptadas por consenso que pretenden acelerar la implementación del Acuerdo de París. Entre los logros destaca la propuesta defendida por toda la sociedad civil internacional de la creación del Mecanismo de Belém para la Transición Global Justa, diseñado para ayudar a los países a garantizar que la transición hacia economías sostenibles sea inclusiva y no deje atrás a trabajadores ni comunidades. No basta con cerrar minas de carbón o reconvertir refinerías; hay que garantizar empleos alternativos, formación y protección social. Sin esto, la transición generará resistencias sociales que pueden bloquear cualquier cambio. El Mecanismo de Belém busca institucionalizar este enfoque. Aunque todavía queda un largo camino para hacerlo operativo, falta ver cómo se financiará y operará.
Además se alcanzó el compromiso de triplicar la financiación para adaptación hasta 2035, 120.000 millones de dólares anuales como parte del compromiso acordado en la COP29 para financiación climática total. Es, sin duda, una señal política relevante pero todavía lejos de las cuantías requeridas. Según estimaciones científicas, se requerirían entre 160.000 y 340.000 millones anuales solo para adaptación. Así que triplicar, en este contexto, es mejorar, pero no resolver. También se aprobaron 59 indicadores para medir los avances en el Marco Global de Adaptación. Cubren sectores críticos: agua, alimentación, salud, ecosistemas, infraestructuras, medios de vida. Es un avance técnico importante, porque hasta ahora medir la adaptación era casi imposible. El avance de las medidas de adaptación serán el centro del debate en 2028 en la cumbre de Addis.
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El Acuerdo de París cumplió una década justo antes de la COP30. Estaríamos mucho peor sin él, como señaló, Simon Stiell, secretario ejecutivo de ONU Cambio Climático, ya que nos encaminaríamos hacia los 5°C. El Acuerdo ha servido como marco, ha movilizado inversión masiva en renovables (que se multiplicó por diez desde 2015), ha puesto la adaptación en la agenda internacional y ha creado estructuras de gobernanza climática. No es poco, pero tampoco está exento de críticas, ya que no se está produciendo una transformación sistémica y se replican en muchas de esas soluciones problemas como el acaparamiento o la vulneración de derechos.
El Acuerdo de París tiene un defecto de diseño fatal, su carácter voluntario. Cada país decide qué hace y cuándo, sin sanciones ni mecanismos coercitivos. Solo «buena voluntad» y «responsabilidad compartida», de modo que cuando algunos países (los más ricos, los históricamente más contaminantes) deciden simplemente retirarse, como Estados Unidos bajo Trump, no pasa nada. Pueden entrar, salir, volver a entrar y volver a salir. Donald Trump retiró a Estados Unidos del Acuerdo en su primer mandato. Joe Biden lo reincorporó, y en enero de 2025, Trump volvió a sacarlo. El mayor contaminante histórico del planeta, el que más dinero aportaba a la financiación climática, simplemente se va y el multilateralismo climático sigue como si nada.
La COP30 se celebró en uno de los momentos geopolíticos más complicados desde el Acuerdo de París. Estados Unidos, bajo Trump, ha vuelto al negacionismo activo. Rusia y Arabia Saudí bloquean cualquier mención a los fósiles. China, el mayor emisor actual, avanza en renovables, pero sigue construyendo centrales de carbón. La Unión Europea intenta liderar, pero enfrenta resistencias internas y externas. Los países en desarrollo exigen financiación que no llega, o llega tarde y condicionada.
Los conflictos en Ucrania y Oriente Medio erosionan la cooperación internacional. Las tensiones comerciales entre bloques aumentan. El escepticismo ciudadano crece, alimentado por la falta de resultados tangibles y por campañas de desinformación bien financiadas. En este contexto, que la COP30 haya logrado un acuerdo (aunque sea insuficiente) es casi un milagro. Pero las meras palabras no frenan el cambio climático, las medidas efectivas, sí.
Después de Belém, es legítimo preguntarse: ¿sirven las COP? ¿Tiene sentido seguir reuniendo a 56.000 personas cada año para producir documentos que, en el mejor de los casos, son insuficientes y, en el peor, vacíos? La respuesta no es sencilla.
Por un lado, las COP son el único espacio multilateral donde todos los países del mundo discuten el clima. Mantiene el tema en la agenda global, genera presión política, moviliza a la sociedad civil, visibiliza la ciencia. Sin las COP, probablemente no habría Acuerdo de París. Ni compromisos de reducción de emisiones, ni financiación climática, ni mecanismos de adaptación.
Por otro lado, las COP se han convertido en eventos altamente institucionalizados, burocráticos, capturados por intereses económicos y políticos que frenan cualquier avance real. La regla del consenso permite que un puñado de países petroleros secuestre las negociaciones, y la falta de mecanismos de cumplimiento hace que los compromisos sean papel mojado. La dinámica de las negociaciones (donde todo se juega en las últimas horas, con textos de compromiso que diluyen la ambición) favorece el statu quo.
Quizá la solución no es abandonar las COP, sino complementarlas. Necesitamos coaliciones de países ambiciosos que avancen sin esperar consensos globales. La Unión Europea, América Latina, los pequeños estados insulares, África: bloques que actúen con o sin el resto. Acuerdos sectoriales vinculantes: descarbonización del transporte marítimo, de la aviación, de la industria del acero. Mecanismos de ajuste en frontera para penalizar a los productos de países que no reduzcan emisiones. Tribunales climáticos que condenen la inacción.
Quizá, si nos centramos en buscar las alianzas que nos lleven a crear vidas dignas en lo climático y lo social, podamos evitar la distopía a la que la derecha nos conduce. Es la oportunidad para ello. La convulsión geopolítica abre una ventana de oportunidad única para establecer nuevos ejes internacionales que, frente a Trump, Putin, Xi Jing Ping…, antepongan la solidaridad, la igualdad y la cooperación como motor de las relaciones internacionales.