

El ideal de igualdad -y, por lo tanto, la corrección de las desigualdades- es un objetivo fundamental de las fuerzas progresistas, que está en su misma esencia. No es preciso recordarlo, aunque da la impresión de que, tal vez por sabido, cada vez se formula de manera menos explícita y se insiste menos en que ese ideal es inspirador de un sinnúmero de políticas, propuestas y medidas, que, en último término, buscan la construcción de un determinado modelo de sociedad.
Porque la igualdad no es el resultado natural del funcionamiento del sistema económico y social. Al contrario -y esto sí que convendría recordarlo más a menudo-, el libre mercado no sólo no produce un reparto igualitario de la renta y la riqueza, sino que ocasiona una distribución desigual y, dejado a sus propias fuerzas, hace crecer de forma continua la desigualdad social.
De esa constatación indudable nacieron una gran parte de las mejores aportaciones de los movimientos progresistas a lo largo de décadas. Principalmente se basaban en la actuación del Estado como contrapeso del mercado de múltiples formas.
Se buscaban formas de equilibrar las desiguales posiciones de partida en el mercado laboral para lograr mejorar los derechos de las personas trabajadoras, y también un reparto más justo entre salarios y beneficios en la creación de valor en el proceso productivo. También se crearon impuestos progresivos para corregir en un segundo momento las grandes diferencias entre los más y los menos favorecidos, y el proceso de concentración de la riqueza en cada vez menos manos. Se aspiraba a crear un Estado de Bienestar que facilitase importantes bienes públicos de manera gratuita -sanidad, educación, etc.-, y un sistema de prestaciones sociales para cubrir las eventualidades de la vida y las etapas de mayor fragilidad -la infancia, la enfermedad, el desempleo, la vejez, etc.-, no sólo para los más pobres ni como una forma de beneficencia, sino como derechos universales para todos los ciudadanos, financiados a su vez con esos impuestos que deben pagar más lo más ricos. Todo eso, en un proceso global de redistribución que reduce considerablemente, como se ha demostrado, las desigualdades.
De todo ello, de repetir una y otra vez su necesidad, su profundo sentido y su importancia crucial, ha surgido la idea de dedicar este número de ARGUMENTOS PROGRESISTAS a la lucha contra la desigualdad.
Pero no ha sido sólo eso. En esta ocasión, la reflexión que nos traído aquí es más específica.
El momento político que vivimos en España está marcado por el avance de las fuerzas conservadoras y las perspectivas de provocar en un próximo proceso electoral un vuelco completo a la situación. Si la izquierda perdiera esas elecciones, todas las políticas y los avances realizados en tantos aspectos serían revertidos en un plazo muy breve de tiempo. Y en todo a lo que nos hemos referido más arriba sufriríamos un retroceso que conduciría a un aumento de la desigualdad y a un deterioro de las condiciones sociales de la mayoría de la sociedad.
Eso sucedería en uno de los peores momentos que está viviendo el mundo en más de medio siglo; que está poniendo en cuestión tantos progresos logrados con tanto esfuerzo.
Una manera de hacer un llamamiento a la participación electoral de los ciudadanos progresistas es ‘convertir la lucha contra la desigualdad en un arma política’, logrando una gran movilización.
Somos conscientes de la necesidad de renovar ante los electores esa lucha contra la desigualdad, para mostrarles que las ideas también se renuevan al tiempo que surgen problemas nuevos y situaciones más complejas.
La desigualdad está aumentando tanto a nivel mundial como en la mayoría de los países, como consecuencia del debilitamiento de las fuerzas que levantaron esos mecanismos a los que nos referíamos al inicio de estas líneas, y del avance de las fuerzas partidarias de la desaparición de los mismos para agudizar la concentración de renta y riqueza, en especial en los ultra millonarios y en las grandes empresas.
No resulta infundado temer que una parte de los apoyos electorales de las fuerzas de izquierda padecen un cierto desánimo al ver cómo va el mundo actual, y cómo sufren los valores de progreso.
Reforzar el nexo de unión con los votantes progresistas, y volver a ganar su apoyo y su entusiasmo, exige renovar los planteamientos sin abandonar los objetivos. Por ello hemos pedido a una serie de personas progresistas especializadas en diversos campos, que tienen todos ellos mucho que ver con las políticas de lucha contra la desigualdad, que piensen en medidas y planteamientos para combatirla en el nuevo contexto.
Medidas que sirvan para que esos votantes recuperen la confianza, se movilicen y den, una vez más, su apoyo a las fuerzas de progreso que son las que pueden defenderlas. Medidas, además, que unifiquen las posturas del conjunto de fuerzas de la izquierda.
Así, en los trabajos de este número se ofrecen un grupo de importantes análisis y propuestas nuevas en esa dirección.
Propuestas para conseguir una mejora sostenida de los salarios reales frente a los crecientes márgenes de beneficios empresariales, y cuando la ganancia generada por las ventas totales de las empresas en 2024 superó en más de un 30% a la obtenida en 2019. Propuestas para lograr el inaplazable avance de la progresividad en los impuestos, especialmente cuando el 1% más rico soporta una presión tributaria total muy inferior a la que paga el otro noventa y nueve por ciento de la población. Propuestas para evitar la redistribución negativa de la renta y la riqueza entre los hogares que no pueden acceder a la misma debido a la escasez de viviendas sociales y al encarecimiento. Y propuestas para limitar y controlar los peligros del poder de las grandes tecnológicas en la vida de los ciudadanos y en el destino de los países.
Se trata de algunos de los grandes problemas de nuestro tiempo y de sus repercusiones sobre nuestra sociedad.
Pero, quizá lo que resulta clave en este momento es que las fuerzas progresistas den un impulso a esas nuevas ideas y respuestas nuevas para los nuevos problemas. Eso es muy importante, pero aún lo es más que lo hagan de tal forma, con tanta audacia y resolución, que la presentación y defensa de esas propuestas constituya una herramienta potente de movilización política, que permita atraer a los ciudadanos a las urnas y ganar las elecciones, devolviéndoles la confianza en que hay un futuro mejor.