
Parece estar de moda una cierta mística centrada en el yo individual, desprovista de racionalidad y diferente de la religión. Su dimensión espiritual es falsa, pues sus frutos principales son objeto de comercio y consumo. A menudo se trata de una pose donde la falsa subjetividad es objeto de exaltación, de espaldas a la conciencia de la realidad objetiva explotadora y total del propio sistema. A veces parece incluir la aspiración a algo más elevado y espiritual, pero carece de consistencia y es una elaboración vana y estetizante

La mística está de moda. Recientemente, Rosalía, publicitada en todos los medios de comunicación, incluyendo los telediarios de la televisión pública, ha presentado un disco que, al parecer, demuestra su querencia por la trascendencia y la búsqueda del absoluto: hace bien en buscar a Dios y muchas reproducciones en Spotify. Y, por supuesto, no cabe duda de que todo esto es hermoso y profundamente espiritual. E incluso vamos a creer, no hay motivo para lo contrario, en su sinceridad. En fin, un triunfo del espíritu sobre el burdo materialismo capitalista.
¿O no?
Debería sorprender que ante el avance arrollador del Capitalismo surja de pronto la mística como fenómeno de moda. Incluso alguien podría, tal vez llevado por alguna sospecha, que igual esa moda mística —que fluye desde la espiritualidad a la meditación y desde la presunta conexión trascendente, con creencia sincera, a hablar de la supracociencia cuántica como pseudociencia— algo tendrá que ver con el auge del propio Capitalismo. Y quizá esta relación entre triunfo del Capitalismo y mística sea cierta. Y precisamente de ello va este artículo.
Efectivamente, lo interesante aquí no es solamente criticar la mística presentada como elaboración intelectual profunda cuando en realidad es la negación del pensamiento crítico. También debemos plantearnos, y es ese motivo principal, por qué en el Nuevo Capitalismo, una sociedad absolutamente consumista y materialista en su sentido más grosero, hay una moda mística.
Se trata, en definitiva, pues, de dos tareas. La primera, desenmascarar a la mística como una forma de relación falsa con la realidad: una, en palabras claras, superstición. Y, la segunda, presentar por qué y cómo esa superstición gana patrocinio en la sociedad del Nuevo Capitalismo.
Lo primero para tratar este tema, y para ser justos, es diferenciar entre mística y religión. Si bien tienen puntos en común, la religión y la mística, y de ello sabe mucho la iglesia católica que siempre ha desconfiado de la segunda, no son lo mismo. Veamos brevemente sus parecidos y sus diferencias.
Los parecidos son la creencia en un orden superior trascendente que de alguna manera rige, y debe además hacerlo, la vida humana. Ante esta trascendencia, en ambas, se debe actuar con devoción y entrega, pues su orden superior debe dirigir nuestra existencia. Además, esta trascendencia siente un interés por la actividad humana, no es místico el primer motor inmóvil aristotélico al que nada importamos, y busca de alguna manera tener una influencia o, directamente, una determinación sobre ella. Por último, en ambos casos y la mayoría de las veces, aunque no todas en las religiones más antiguas, hay un contenido salvífico en ambas, en cuanto a que lo importante de la relación no es el descubrimiento de un conocimiento determinado, existe Dios por ejemplo o la causa última del movimiento o la realidad, sino la comprensión del sentido de la vida y la salvación personal, ya fuera en el propio sentido último de la existencia ya en otra vida inmortal.
Pero, hay también diferencias importantes y que nos van a permitir, mientras que con los parecidos no es así, empezar a vislumbrar por qué está de moda la mística y no lo está la religión.
La diferencia fundamental está en la forma de acceso a esa trascendencia. Mientras que en la religión su acceso es mediado a través de una creencia estandarizada y dirigida desde una instancia superior, que puede ser la costumbre o tradición o, lo más frecuente, una casta sacerdotal, el acceso místico es absolutamente personal, peculiar y único. El pronombre personal de la religión es el nosotros, el pronombre personal de la mística es Yo. Además, para la religión hay una importancia absoluta del rito y su repetición —hay que ir a misa, a la mezquita o al sacrificio— mientras que en la mística el tránsito a la trascendencia no implica un rito y, por consiguiente, una estandarización de actos repetidos en la tradición, sino que es una experiencia absolutamente personal, un éxtasis o arrebato.
Así, lo que nos interesa resaltar aquí es cómo la mística tiene características divergentes, y en algunos puntos enfrentadas, con la religión como tal. Y lo que ahora vamos a intentar demostrar es que el auge de la mística en el Capitalismo actual tiene que ver no con las semejanzas con la religión, cuya importancia histórica y social en el Nuevo Capitalismo ha quedado relegada al turismo de semana santa, sino precisamente con sus diferencias en esa nueva moda ideológica que es la espiritualidad.
Como ya hemos señalado, el fin de la mística sería el acceso a la trascendencia. Este acceso, para ser místico, no se realiza de cualquier forma, sino en una inmediatez, el éxtasis místico, que hace que el individuo llegue a ese estado de contacto y fusión con lo trascendente. No hay pues necesariamente mística, por ejemplo, en las religiones cuando señalan que al final de la vida nuestra alma, y la de casi todos, ascenderá al cielo. Esa afirmación, o mentira según se vea, no es mística. Porque la mística lo que señala es que determinados individuos, y sólo determinados y además en determinadas ocasiones, lograrán un ascenso directo a la comunión con Dios, la común-unión que diría un cursi heideggeriano.

Y este ascenso directo no lo es tampoco por un proceso de argumentación o por un esfuerzo de investigación y compresión racional, y por tanto universalizable, como lo es la ciencia o la filosofía, que pueda ser seguida por otros individuos. Lejos de esa democratización del pensamiento, la mística defiende un determinado estado alternativo de conciencia alejado de cualquier racionalidad argumentativa y que más tiene que ver con una fusión individual y selectiva, incluso elitista, hacia esa misma trascendencia que con una realidad universal de la propia razón.
Así, la mística tiene dos elementos claves.
El primero, es la aceptación a priori de la existencia de una trascendencia a la cual debe rendirse el ser humano pues su finalidad debe ser fundirse en ella. Y esta aceptación a priori implica una creencia, una presencia en plan cursi, que se siente pero no se demuestra en la argumentación.
El segundo, es que el fin último del sujeto no es su autonomía ni su desarrollo como tal sujeto, sino su fusión en Lo Otro, así con mayúsculas. Es decir, es la idea de que el auténtico valor de las personas no reside en ellos mismos sino en esa trascendencia que les da sentido y que solo al fundirse en ella, y por eso perder su autonomía, adquiere sentido. La heteronomía es absolutamente pura, incluso más que en la religión cristiana, por ejemplo, donde la propia individualidad se mantiene en el más allá.
Por todo ello, lógicamente, la mística puede ser defendida y continuada por teorías que no consideren que la razón universal sea un elemento constitutivo y fundamental de la experiencia humana, sino que consideren que esa misma fusión con la trascendencia marca el momento más humano posible: lo más humano no es la racionalidad universal, sino la capacidad selectiva del éxtasis y la rendición y entrega de la individualidad y el pensamiento racional ante esa trascendencia.
Por lo tanto, aquellos que sentimos apego por la Ilustración y apego por una razón argumentada y universal, y cuando decimos universal queremos decir no solamente capaz de conocer la realidad sino también perteneciente a todos y cada uno de los seres humanos, no nos sentimos a gusto con la mística. Es más, consideramos que las ideas místicas, que parten necesariamente del supuesto de la existencia de una trascendencia y necesariamente también del supuesto de que esa trascendencia tiene que ser accesible sólo a determinados individuos bajo determinadas prácticas de fusión con ella, no esconden sino, en realidad, un espíritu absolutamente supersticioso. Y por eso, la despreciamos.
Pero, si todo esto es así, ¿por qué, y esta sería la pregunta fundamental, al parecer se ha vuelto a poner de moda la mística? Y, elemento importante, ¿la mística que se ha puesto de moda es la clásica o pertenece a otra condición?
La mística, repetimos, está de moda. Y las modas deben tener causas. Porque en una sociedad donde el consumo es la clave fundamental y existe el materialismo en su sentido más peyorativo, y no en su sentido glorioso, filosófico e ilustrado, se vuelve a poner de moda la mística. Pero, para contestar al por qué de esto, debemos de nuevo dividir nuestra respuesta en dos partes. Primero, señalar qué tipo de mística es la que se está presentando en la actualidad y si es exactamente igual que la mística tradicional. Y segundo, explicar entonces por qué esa mística tan concreta es la que se ha puesto de moda y no otra.
Tradicionalmente, la mística ha ido acompañada de una fase preparatoria como era la ascética. La ascética era la renuncia al mundo físico y material, buscando precisamente que con esta renuncia resurgiera con fuerza el mundo espiritual e interior, que presuntamente se hallaba en contacto con la trascendencia divina. La ascética era así puerta, aunque no la única evidentemente, a la conexión mística. La idea respondía a un esquema que conceptualmente podemos relacionar con el platonismo y con el neoplatonismo. Existe lo material, que es siempre imperfecto, feo y sucio, y existe lo espiritual, desarrollado también en el alma humana, que es perfecto y superior. La idea de que lo material ejerce como prisión de lo espiritual, en la célebre frase estandarizada de Platón de que el cuerpo es una cárcel para el alma, refleja perfectamente esto. Y la ascética, aprobada por el Cristianismo aunque siempre de una forma vigilada, era la muestra de que la renuncia a lo material nos iba a permitir liberar lo espiritual y, por lo tanto, resultaba paso previo general al éxtasis espiritual, aunque no exclusivo porque podía haber mística sin este intermedio. Así, en la inmensa mayoría de los místicos antiguos la vida era una privación de los bienes materiales. Y esto se ve muy bien también en los místicos modernos como Simone Weil que, en su vana creencia, demostraba en su vida cotidiana una ascética de renuncia a los bienes materiales que ella consideraba le iba a permitir llegar al éxtasis y a la comprensión de lo trascendente.
Y por eso aquí viene un elemento clave para entender en realidad lo que está ocurriendo. La mística actual, frente a la tradicional que iba unida a ese rechazo al mundo material entendido como vida de bienes particulares, no es así: la mística actual no necesita el rechazo al bienestar material. La vida mística en el Nuevo Capitalismo es un momento dentro del horario personal, de la agenda, que uno dedica a ejecutar su presunta unión con lo trascendente. Una, por seguir el ejemplo, cantante como Rosalía —y estamos hablando aquí de su presencia pública y no, por supuesto, de su vida personal, que ni la conocemos ni nos interesa conocerla lo más mínimo— se presenta a sí misma como una persona cuajada de riqueza material que exhibe sin pudor y que, curiosamente, no sólo no la impiden desarrollar su acceso místico a la trascendencia, sino que es una celebración más dentro de ese proceso de trascendencia. A las cuatro de la tarde tengo pilates, a las cinco tengo conexión mística con lo Otro —ya saben, las mayúsculas— y a las seis me voy a tardear durante un rato para luego cenar en el exclusivo restaurante de moda: la vida del espíritu (…del Capitalismo).
Esta, precisamente, es la mística del Nuevo Capitalismo. Un proceso más de consumo personal y de exaltación del yo. Efectivamente, quien ejerce esta nueva mística se siente por encima de aquellos que viven en el mundo estrictamente material, en un mundo proletario, presentando su falsa dimensión espiritual como prueba, pero al tiempo participando de ese mismo mundo material capitalista en la conversión de la mística como elemento absoluto de consumo: otra mercancía como la propia vida humana. Por supuesto, y como ya hemos señalado aquí, no se trata de que la mística sea revolucionaria y haya ahora que domesticarla. Más bien, la mística siempre ha sido absolutamente domesticada y una falsificación ideológica intelectual. Pero hasta algo tan vacío de reflexión racional tenía su momento de verdad en la diferencia entre la realidad y el ideal de un mundo mejor: entre el ser, la realidad grosera, y el deber ser, que susurraba al menos que todo podía ser diferente e incluso superior en lo espiritual. Sin embargo, ahora su nuevo destino es llevar a cabo esa falsificación ideológica absoluta de una forma mucho más grotesca: convertida ella misma en objeto de consumo y agenda de famoso. La mítica ya entra en la aplicación del móvil iphone, por supuesto que para eso tenemos trascendencia, entre el Tinder y la tarjeta de crédito.
El Nuevo Capitalismo desenmascara definitivamente a la propia mística como una pose, como un punto determinado donde la falsa subjetividad vive una exaltación sin precedentes frente a la realidad objetiva explotadora y total del propio sistema que niega al propio Yo como realidad. La mística -que una vez pudo ser, un poquito sólo eso es bien cierto, rebelde- ha entrado en el basurero de la historia, por más que esté de moda y precisamente por ello, y germina como abono con sus restos el inmenso vertedero que es la sociedad del Nuevo Capitalismo: ¿ya son las cinco?, voy a entrar en contacto con lo Absoluto. Y lo absoluto es ya ese mismo Capitalismo.