
Sergio Riesco Roche
Universidad Complutense de Madrid
Es posible que el año 2025 haya sido, entre otras cosas, el «año de la memoria». El cincuentenario de la muerte de Franco ha tratado de ser contestado desde un plano asertivo con la creación, un tanto tardía, de la comisión «España en Libertad. 50 años» vinculada a la Secretaría de Estado de Memoria Democrática del Gobierno de España. En junio de 2025, un sondeo del CIS revelaba que uno de cada cinco menores de 25 años valoraba la dictadura como «buena» o «muy buena»; que en torno a un 38% no le importaría vivir en un «régimen poco democrático» si eso garantizara una supuesta mejor calidad de vida y que uno de cada cuatro varones consideraban «en algunas circunstancias» una dictadura como preferible a la democracia.
Esos datos han alarmado a una (pequeña) porción de la población española y, sobre todo, ha animado a que desde instituciones y medios de comunicación se haya desatado un inusitado interés por los agentes educativos de la memoria. Sin negar la mayor, quienes nos movemos en este ecosistema nos encontrábamos ante la siguiente tesitura: abrazar el discurso catastrofista de un supuesto fracaso o aprovechar el momento para contar lo que se lleva haciendo en muchos lugares de nuestra geografía en torno a una pedagogía de la memoria.
En torno a la primera opción circulan una serie de lugares comunes: que nunca (sic) se imparten los contenidos de nuestro pasado traumático; que ningún libro de texto habla de estos temas; que las redes sociales han sustituido a la escuela. De algún modo, nada nuevo bajo el sol. En estas líneas me gustaría avalar con experiencias la segunda opción: se están haciendo muchas pequeñas cosas en numerosos lugares. Hay feina, pero los profesionales de la educación sabemos cuál es el camino. Y una coda: la escuela ni ha sido, ni puede ser, el hospital donde se curan todos los males de la sociedad. Como mucho, puede aportar su propio bálsamo de Fierabrás con dos recetas muy sencillas: cumplir la ley y que el resto de la comunidad educativa confíe en la institución.
La Ley Orgánica 3/2020 por la que se modifica la Ley Orgánica de Educación (LOMLOE), recoge sin tapujos:
«La necesidad de que la comunidad educativa tenga un conocimiento profundo de la historia de la democracia en España desde sus orígenes hasta la actualidad. El estudio y análisis de nuestra memoria democrática permitirá asentar los valores cívicos y contribuirá en la formación de ciudadanas y ciudadanos más libres, tolerantes y con sentido crítico. El estudio de la memoria democrática deberá plantearse, en todo caso, desde una perspectiva de género, haciendo especial hincapié en la lucha de las mujeres por alcanzar la plena ciudadanía»
Complementa esta parte expositiva el artículo 44 de la Ley 20/2022 de Memoria Democrática:
«El sistema educativo español incluirá entre sus fines el conocimiento de la historia y de la memoria democrática española y la lucha por los valores y libertades democráticas, desarrollando en los libros de texto y materiales curriculares la represión que se produjo durante la Guerra y la Dictadura»
El cual, por cierto, incluye la actualización de los contenidos curriculares y la formación del profesorado y el impulso en la comunidad educativa del «derecho a la verdad, la justicia, la reparación y la no repetición». «Cúmplase y hágase cumplir» podríamos añadir. Aunque se trate de experiencias marginales, la irrupción del movimiento memorialista desde principios del siglo XXI, acercó a las escuelas sus demandas y el recuerdo de que nuestro pasado incómodo está ahí y que debe ser afrontado también en las aulas dentro de unas políticas públicas de memoria.
Desde el ámbito educativo, la creación del Instituto Navarro de la Memoria en 2018 supuso un turning point. Dirigido por un equipo de docentes de educación secundaria de la escuela pública, su impronta se ha dejado sentir. En el año 2020 comenzamos a sondear las iniciativas que en todo el Estado se hacían en relación a estas cuestiones y a tejer alianzas con otros equipos de docentes e investigadores tanto académicos como procedentes de la enseñanza no formal. Aquello se materializó en el I Congreso Historia con Memoria en la Educación, celebrado en Iruña/Pamplona en noviembre de 2022. De alguna manera, el inesperado éxito de participación, con cerca de 400 asistentes, nos reafirmó que aquel era el camino: un formato auténticamente horizontal de gestión y participación para compartir experiencias. En la segunda edición, en noviembre de 2024, ese número no sólo aumentó sino que dio cabida al alumnado como agente activo: entre actividades curriculares y extracurriculares —por ejemplo artísticas— participaron estudiantes de diez centros educativos.
De todo aquello surgió la necesidad de establecer un contacto permanente con la comunidad educativa que estaba trabajando estos temas. De ahí nació RedMemoria, comenzando por una sencilla lista de distribución de correo con todos los eventos que contengan «educación y memoria» y un enlace web donde alojar materiales educativos para trabajarlos. Fruto de ello, a principios de octubre de 2025 se llevó a cabo en Pamplona el I Encuentro Educativo de RedMemoria. Bajo el patrocinio del Instituto Navarro de la Memoria y del comisionado España en Libertad. 50 años, reunimos a las puertas del fuerte de San Cristóbal a cerca de 200 alumnas y alumnos de toda España. Después, tras hacer parte del recorrido de la célebre fuga del fuerte de 1938, compartimos en las instalaciones de la Universidad Pública de Navarra las experiencias de más de 25 centros y las expectativas y planes de futuro. Todo ello dando el mayor protagonismo al alumnado, agente activo de estas iniciativas.
Una parte de la comunidad educativa ha encontrado en la presencia de republicanos españoles en los campos de concentración nazis, muy en especial en Mathausen-Gusen (Austria), la puerta de entrada y el banderín de enganche con el tema. Al vincular Holocausto nazi y el ciclo guerra y dictadura en España, es difícil encontrar cualquier tipo de cuestionamiento. Pero otras muchas iniciativas están utilizando lugares de memoria próximos como un aula abierta convertida en espacio de reflexión y crítica: fosas, exhumaciones, campos de concentración, destacamentos penales, colonias penitenciarias militarizadas, rutas del exilio, etc. La geografía de la represión franquista es tan amplia que resulta imposible no tener cerca uno de estos espacios a los que acercarse con el alumnado. Imprescindible un trabajo previo, durante y con posterioridad. Los lugares de memoria no son espacios turísticos a los que acudir de forma aséptica.
En la actualidad, además de los materiales compartidos por RedMemoria, existen repositorios donde encontrar otros muchos: aulasconmemoria.com de la Asociación para la Recuperación de la Memoria Histórica, la colección Hacer Memoria de la Secretaría de Estado de Memoria Democrática o las situaciones de aprendizaje publicadas por el Instituto Navarro de la Memoria.
Es evidente que queda mucho camino por recorrer, en especial en torno a la formación del profesorado y a hacer cumplir la ley en el consentido medio de la educación concertada y privada. Sin embargo, las redes que llevamos tejiendo en estos cinco años cada vez son más densas y conscientes de que en nuestra memoria democrática se entrecruzan los retos educativos de la transmisión de valores básicos de ciudadanía y derechos humanos.