ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 54, noviembre-diciembre 2023

LA UNIÓN EUROPEA ANTE DESAFÍOS EXISTENCIALES, EN UN CONTEXTO POLÍTICO POLARIZADO Y UNA DEMOCRACIA AMENAZADA (II)

  • José María Zufiaur
  • Exmiembro de la CEC de UGT
  • Exmiembro del CES europeo

En la primera parte de este artículo se pasó revista a los objetivos principales que parece se deben acometer por la Unión Europea. Esa tarea se hace más difícil debido a varios factores que proceden de las sociedades europeas, como el autoritarismo y el populismo. Esas tendencias y otros hechos hacen difícil una verdadera Unión, pero subsiste la necesidad, y distintos líderes políticos lo saben

2. LA DEMOCRACIA EN RIESGO

2.1 El auge del autoritarismo

La extrema derecha, el populismo, los gobiernos iliberales, el autoritarismo (muchas y diferentes definiciones se utilizan para definir los factores que están poniendo en cuestión la democracia) se expanden por todo el mundo. ¿Por qué? Es una pregunta que debiera estar más presente en el análisis, el debate y la elaboración de alternativas para poder defender la democracia.

La profecía de Fukuyama sobre “el fin de la historia”, basada en la idea de que la lucha entre ideologías había terminado, que el tiempo de las dictaduras había llegado a su fin y que, por tanto, las que quedaban pronto desaparecerían y se generalizaría la democracia liberal que se había impuesto tras la Guerra Fría, no se ha cumplido. Más bien se ha ido en la dirección contraria.

Según un estudio del Instituto sueco V-Dem, referenciado en Le Monde, los países democráticos eran, en 2019, menos que los autoritarios (87 contra 92). Pero los mismos autores consideran que esta cifra es optimista, ya que han elaborado el informe contando como democracias a los países, precisan, en los que hay un “formalismo” de derecho de voto y de elecciones libres. Por ello, precisa el indicado Instituto, el número real de democracias liberales es de 34.

Desde la referida profecía de Fukuyama, en 1992, mucho han cambiado las cosas. Actualmente, la expectativa no está centrada en cuantas dictaduras o regímenes autoritarios pueden pasar a ser democracias, sino en lo contrario. En Estados Unidos ha gobernado Trump y tiene posibilidades de volver a hacerlo. En América Latina, Lula ganó las elecciones por los pelos y ahora ha incorporado a su Gobierno a dos partidos de la derecha conservadora, que apoyaron a Bolsonaro, para poder mantener una mayoría de gobierno; en Argentina ha ganado las primarias un extremista de derecha, en Chile el partido mayoritario es de extrema derecha, con el que tiene que negociar el Presidente Boric, como con los demás, para la elaboración de una nueva Constitución; Venezuela, Cuba, Nicaragua son dictaduras, y en otros varios países sudamericanos los partidos autoritarios han ganado terreno. En África, salvo Senegal y África del Sur (asolada por la corrupción) es difícil señalar democracias capaces de asumir pacíficamente la alternancia en el poder, como han puesto de manifiesto la decena de golpes de estado en estos dos últimos años. Lo mismo se puede decir de Egipto, de Turquía, de Israel. En la India, el país de Gandhi, considerado durante años “la democracia más grande del mundo”, el gobierno de Modi se manifiesta cada vez más nacionalista, racista e intolerante. Tampoco China, Rusia o Corea del Norte son, precisamente, un ejemplo democrático. En la UE, en Italia, Hungría y Polonia gobierna la extrema derecha; en Suecia, Eslovenia y Finlandia, participa en el gobierno la extrema derecha; en Austria, la extrema derecha ha formado parte del gobierno y, actualmente, está presente en los gobiernos de algunos länder; en España, la extrema derecha participa en un amplio conjunto de gobiernos autonómicos y municipales; en Holanda y Dinamarca es fundamental en la gobernación el apoyo de la extrema derecha. Y en Alemania, a la extrema derecha, Alternativa para Alemania, los sondeos electorales le dan, actualmente, porcentajes superiores a los del social-demócrata SPD. En Francia, el RN de Le Pen, encabeza los sondeos. A su vez, en el Parlamento Europeo, los dos grupos en los que se reparten los miembros de los partidos de ultraderecha y antieuropeos, amenazan con igualar o superar en las elecciones europeas del año que viene, al Partido Popular Europeo.

2.2 Por qué aumenta el populismo iliberal

Hannah Arendt situaba el origen de las pulsiones totalitarias (particularmente del nazismo) en un sentimiento de desolación creado tras la Primera Guerra Mundial por la ruptura con la tradición y por el derrumbamiento del sistema de clases, dejando a cada uno ante la incertidumbre de su identidad. A su vez, Karl Polanyi, autor de “la Gran Transformación”, pensaba que el origen estaba en el insoportable sentimiento de impotencia e incertidumbre provocada por el mercado libre desregulado, y en sentido adverso atribuía (en 1944) la victoria de las democracias occidentales respecto a los totalitarismos a la regulación del mercado, a las regulaciones estatales. Así, las regulaciones impulsadas por Roosevelt y los grandes países europeos, consiguieron la prosperidad de los Treinta Gloriosos y la adhesión de la clase obrera a la democracia parlamentaria. Actualmente, en las elecciones presidenciales francesas de 2022, la primera opción de los trabajadores fue la abstención (33%, siete puntos más que en los cuadros y los empleados), y en la segunda vuelta, Marine Le Pen ganó claramente a Macron en el voto obrero (67%) y en el de los empleados (57%).

Actualmente, el mundo, y también la UE, se caracteriza por la ausencia de certidumbres. Y el extender la inseguridad y el miedo siempre ha sido una vieja receta de los populismos y de los nacionalismos, que están ganando terreno. Por ello es importante dedicar más tiempo a analizar los elementos centrales que caracterizan estos movimientos –muy diversos entre ellos, por otra parte– y también a pensar en la influencia que han tenido en ello las propias contradicciones de las democracias occidentales, incluidas las europeas (la pérdida de atractivo referencial de Estados Unidos y de la Europa democrática en América Latina o África, por ejemplo, es, a mi entender, una de las muestras de ello).

La idea de que la globalización del mercado implicaría más prosperidad y la democracia para todos, no se ha cumplido. A su vez, esa globalización ha conducido a que se hagan visibles los problemas ocultos que existen, también en las democracias occidentales: la dominación colonial o imperial, que, en parte, sustentaron su riqueza, el racismo, la dominación masculina y el machismo, la violencia machista hacia las mujeres y los extendidos casos de pederastia, el oprobio hacia las sexualidades o las religiones no conformes a la norma mayoritaria, el desprecio hacia las culturas no occidentales, la explotación indiscriminada de la naturaleza, las desigualdades económicas, etc.

De acuerdo con Alain Caillé, profesor emérito de sociología, todo ello ha provocado, a escala mundial, “la panique identitaire géneralisée”: una lucha por el reconocimiento y una reivindicación de identidades, que se ha generalizado por el mundo. “Cada uno se demanda qué valor tiene, qué le corresponde, cual debería tener en tanto que blanco, negro, árabe o asiático, cristiano, musulmán, judío. budista o ateo; en tanto que hombre o mujer, hetero, gay, lesbiana, bisexual, transexual, queer, americano, francés, español, indio, chino, ruso, africano, turco o brasileño.”

En esta lucha planetaria por el reconocimiento, Occidente se ve cada vez más criticado. El hecho de que las democracias occidentales estén cada vez más denunciadas (lo que no impide que, tanto en la extrema derecha como en la extrema izquierda sigan existiendo ciertas simpatías por autoritarismos como el ruso o el chino), no es tampoco obstáculo para que sean envidiadas y deseables. Y seguir siendo el destino de los que buscan escapar de dictaduras, del crimen organizado o de la ausencia de toda perspectiva económica y democrática. Lo que tiene que ver con la inmigración, frente a la cual la UE sigue sin ser capaz de establecer una política común, estructurada y coherente, respecto al asilo y a la inmigración. Ahí radica una de las bases del crecimiento de la extrema derecha. El hecho de que Dinamarca, hasta ahora uno de los campeones del multiculturalismo, haya devenido en el país de la Unión con una política migratoria más dura, respaldada también por la socialdemocracia danesa que demanda revisar la política emigratoria de la UE, es un elemento que lo demuestra.

El avance de la extrema derecha se basa, por otra parte, en el miedo económico, vinculado al gran aumento de las desigualdades. Es algo generalizado, y, como ha señalado Dani Rodrik, “el auge de los populismos de extrema derecha hay que ubicarlos en el mercado de trabajo, la inseguridad económica, la precariedad laboral, la desaparición de empleos de calidad y la reducción del ascensor social para la clase media”. Algo de lo que ya éramos muy conscientes (de la crisis social, no de la corriente autoritaria) los sindicalistas, hace más de 20 años. Recuerdo, al respecto, el artículo que escribí para los Encuentros de Salamanca de la Editorial Sistema, de 2012: “¿Es necesario recuperar el objetivo del pleno empleo?” En el que señalaba que “En el Estado Social, esa gran conquista del movimiento obrero que ha supuesto durante varias décadas pasar de la inseguridad a la seguridad ante los riesgos existenciales (enfermedad, vejez, desempleo, ignorancia, falta de lugar donde cobijarse) el “pleno empleo” y el “empleo a pleno tiempo” era el elemento central de la sociedad.” La transformación del Estado liberal por el Estado social, la ciudadanía social lograda para la inmensa mayoría de la gente mediante el derecho del trabajo y de la Seguridad Social vinculada al trabajo, ha sido la gran transformación lograda por el sindicalismo y la socialdemocracia.

Y señalaba los cambios que se estaban produciendo en la protección del trabajo. En cuatro aspectos: 1) La pérdida del valor del trabajo en el sentido de reconocimiento de su valor, de su dignidad y de la necesidad de su protección; 2) El estar pasando de lo obligatorio a lo voluntario. Como la Responsabilidad Social Empresarial, los códigos de buena conducta, el método abierto de coordinación en la UE, que van ganando terreno a las leyes y a los Convenios colectivos. 3) La transferencia del riesgo a los trabajadores, pasando de la seguridad a la inseguridad, del bienestar al miedo. Asistimos a una “privatización del Estado Social”, y se desplaza, como en las subcontratas, el riesgo de las empresas a los trabajadores. 4) La sustitución de la igualdad por la no discriminación. La no discriminación es un componente de la igualdad, pero no el único.

Estos cambios provocados por la doctrina neoliberal son centrales en el auge del miedo, de la incertidumbre y del descontento. Alain Caillé, resume en seis componentes ese ideario: 1) la avidez, la sed de beneficios es una buena cosa; 2) la sociedad no existe. Como decía la señora Thatcher, son los individuos los que existen; 3) cuanto más se enriquezcan los ricos, mejor será para todos por el efecto ruissellement, chorreo, hacia los más pobres; 4) la única manera deseable de coordinación entre las personas y el mercado libre y sin trabas, es (comprendido el mercado financiero) su autorregulación, en beneficio de todos; 5) no hay límites para el mercado. Cada vez más, es lo mejor para todos. 6) No hay alternativa, como dijo también la señora Thatcher. Y concluye el autor, señalando que “cada una de esas propuestas es falsa y perniciosa. El problema se plantea porque ellas, y especialmente la primera, de la que las demás se derivan, tomadas en su conjunto, parecen condensar lo esencial de la aspiración democrática (de libertad o de igualdad), mientras que en la realidad su satisfacción es imposible. Es amplificando, de manera unilateral, algunos de los componentes del ideal democrático, que el neoliberalismo lo vacía de contenido y prepara su ruina”.

Suecia es un ejemplo de ello. Tras haber sido una referencia mundial en la lucha contra las desigualdades hasta 2017, ha pasado a ser casi un contra-modelo al pasar a ocupar la plaza número 20, lejos de otros países nórdicos y de otros de la UE. Se ha convertido en un país “paraíso de los más ricos”: en 1996, contaba con 28 milmillonarios, que han pasado a ser 95. Como resultado de haber practicado, desde 1990, una política neoliberal drástica. Las telecomunicaciones, correos, el sistema ferroviario fueron privatizados (como en tantos otros países tras la Directiva Bolkestein, de 2006). La sanidad y las pensiones fueron reformadas y recortadas y los impuestos rebajados.

Un dibujo de una persona

Descripción generada automáticamente con confianza media Caillé termina esta reflexión señalando que esta ubicuidad del mercado, apoyado y super-mutiplicado por Internet, genera un nuevo tipo de sociedad que cataloga de “parcelarista”. “Contrariamente a sociedades totalitarias en las que lo colectivo era todo (lo colectivo indivisible, el individuo no es nada), en ésta los colectivos no son nada más que construcciones transitorias. Todo lo que es del orden colectivo o del común —naciones, Estados, instituciones, sindicatos, partidos, clases sociales, religiones, familias incluso, los individuos mismos, su sexo o su género, etc.— son vistos como artefactos perjudiciales y a deconstruir, para dejar paso a los consumidores”. Según otros varios autores, las sociedades contemporáneas, cada vez más atomizadas, se perciben cada vez menos como sociedades (“Le Temps des passions tristes. Inégalistes et populisme”). Relativamente, las desigualdades de clase, las que han estructurado las sociedades democráticas hasta ahora, hace mucho tiempo que no habían sido tan importantes y, sin embargo, se hacen cada vez menos visibles, forman menos parte del debate. “A partir del momento en el que la regla social primordial ha pasado a ser la igualdad de todos con todos, se ha relegado la desigualdad fundamental y objetiva entre clases dominantes y dominadas, y se percibe sobre todo la desigualdad particular de cada uno con cada uno de sus semejantes o próximos. Teniendo todos, en principio, derecho a todo pero sin poder acceder de facto a ello, se sienten discriminados. Y el sentimiento de discriminación alimenta un clima de rabia y de resentimiento que no deja plaza más que a las “pasiones tristes”, dado que no existe un “gran relato” que esté en condiciones de sustituir a los que estructuraban el debate político en la sociedad de clase. Y, por ello, estamos confrontados a una parcialización creciente del cuerpo social”.

Finalmente, la tercera cuestión que alimenta el populismo es el miedo medioambiental. Que es cada vez más presente y más determinante. Pero que no termina de tomarse en serio. Es llamativo, por ejemplo, en nuestro país la escasísima presencia en el debate público –más allá de las informaciones sobre los récords que alcanzan las temperaturas, la creciente escasez de agua, los incendios en los bosques, las inundaciones…– del tema medioambiental. Más allá de “enverdecer el lenguaje”, se echa en falta que los gobiernos presenten cada año la hoja de ruta, la estrategia, que se va a seguir para reducir los gases de efecto invernadero conforme a los objetivos marcados por la UE y las Naciones Unidas para intentar llegar al objetivo del 1,5% fijado en el Acuerdo de París. Tampoco hay una pedagogía para que los ciudadanos seamos más conscientes y coherentes y adoptemos todos, y especialmente los más pudientes, que son quienes más actividades pueden hacer para contaminar, prácticas más sobrias de consumo, de transporte, etc. Y por supuesto, una parte esencial de las responsabilidades ante el cambio climático y su necesidad de atenuación, recaen en los modos de producción de las empresas, en una sociedad basada en el crecimiento permanente y en el consumismo. La tesis del economista Milton Friedman, defendida en 1970, según la cual “la única y sola responsabilidad social de la empresa es la de utilizar sus recursos y empeñarse en actividades que aumenten sus beneficios”, es la que se ha seguido. Actualmente, sin embargo, esa tesis habría que cambiarla por otra de otro intelectual americano, Kenneth Boulding, que dice: “el que crea que el crecimiento puede prolongarse infinitamente en un mundo finito es, o bien un loco o bien un economista” (de la escuela de Friedman, se supone).

La responsabilidad social de las empresas, RSE, conlleva, desde 1990, criterios medioambientales, sociales y de gobernanza. Que suelen ser utilizados para ayudar a los inversores a tomar sus decisiones, aunque las hemos criticado por la falta de transparencia en su elaboración y su carácter no vinculante. Para remediarlo, la Comisión Europea ha publicado, el pasado 31 de julio, un texto definiendo las nuevas informaciones que alrededor de 50.000 empresas deberán publicar cada año, a partir de 2025, de acuerdo con la Directiva votada en 2022 (sobre la exigencia de publicación de informaciones extra-financieras para las grandes empresas). En la que se recoge el principio, totalmente nuevo, de la doble materialidad. Ello significa que los informes publicados por las empresas deberán, en adelante, permitir no solamente el estimar la manera en la que los inputs exteriores pueden afectar al rendimiento financiero, sino también hacer públicos y cuantificar los impactos de las empresas sobre su entorno económico, social y de la naturaleza. Yendo más allá, un conjunto de 500 empresas de todos los tamaños, se han dado como razón de ser corporativo el principio de “hacer efectiva la transformación de una economía extractiva hacia una economía regenerativa, de aquí a 2030”. Que así sea, y que para ese año ese colectivo de empresas se multiplique, al menos, por cien.

Frente al desafío medioambiental, el cambio de paradigma es pasar a una sociedad más sobria. Para lo que sería necesario, como en los demás aspectos, convertirlo en un objetivo por parte de los gobiernos, los partidos políticos, los sindicatos, la sociedad, los expertos. Como sostiene Eloi Laurent, investigador del Observatorio de coyunturas económicas (OFCE), el modelo de crecimiento actual es “ciego respecto al bienestar humano, sordo ante los sufrimientos sociales y mudo respecto al estado del planeta”. Frente a quienes argumentan que una sociedad más sobria y con otro tipo de crecimiento nos llevaría a menos libertad y más pobreza, señala que ese supuesto futuro es, más bien, el que ya está aquí. En esta sociedad de consumo existen altos porcentajes de personas que no pueden acceder a buenos servicios de salud, a un empleo digno, a una vivienda, a un ambiente sano, etc. Si se quiere, afirma, “incluso con las actuales tecnologías se podría evitar lo peor de la crisis climática y lograr beneficios colosales en materia de salud, de empleo y de seguridad”.

2.3 Los ingenieros del caos

En el auge de los populismos, para acabar, están incidiendo, en gran manera, las nuevas formas de propaganda política vinculada a las nuevas tecnologías de la inteligencia artificial. Como soy un absoluto lego en el tema, simplemente me voy a basar en lecturas recientes al respecto y, especialmente, en un libro publicado en Francia en 2019 y traducido y publicado en España en 2020 titulado “Los ingenieros del caos”.

Su tesis es que el auge del populismo ha roto todas las reglas establecidas y las transforma en sus respectivas antagonistas. “Los defectos, por ejemplo, de los líderes populistas –evidentes en muchos de ellos, como es el caso de Trump o de Grillo– se transforman, a ojos de sus electores, en cualidades. Su inexperiencia sería la prueba de que no pertenecen al círculo corrupto de las élites y se percibe como garantía de su autenticidad. En ese mundo, cada día lleva su controversia, su golpe de efecto. Apenas se ha tenido tiempo para comentar un tema cuando otro lo ha eclipsado ya, en una espiral infinita que cataliza la atención y satura la escena mediática”. Y el autor señala que, tras las apariencias del carnaval populista, se oculta el duro trabajo de muchos spin doctors, de ideólogos y, cada vez más, de científicos y expertos en Big Data, sin los que, según el autor, los líderes populistas nunca habrían alcanzado el poder o la presencia que tienen actualmente.

Cara de un hombre con un traje de color negro

Descripción generada automáticamente con confianza baja El libro trata de las historias de algunos de ellos. Por ejemplo, Gianroberto Casaleggio que, comprendió a principios del 2000, que Internet revolucionaria la política, y “enroló al humorista Beppe Grillo para convertirlo en el primer avatar en carne y hueso de un partido-algoritmo, el “Movimiento 5 Estrellas”, asentado enteramente en la recopilación de datos de los electores y la satisfacción de sus demandas”. O Steve Bannon, fundamental en el populismo estadounidense, quien, tras conducir a Trump a la vitoria, se fue a Italia –cuna del surgimiento populista– a fundar una Internacional Populista para combatir lo que él llama “el partido de Davos de las élites globales”. O de Dominic Cummings, el director de campaña del Brexit, quien había afirmado que “si quieres progresar en política, no emplees a expertos o comunicadores, sino más bien a físicos”. Con un equipo de científicos, Cummings pudo embaucar a millones de votantes indecisos, de cuya existencia sus adversarios no tenían ni idea (dado que la encuestas no recogen los datos individualizados que recogen los físicos del Big Data), gracias al envío de mensajes, en el momento más oportuno para convertirlos a la causa del Brexit. Es también el caso de Arthur Finkelstein, un judío de Nueva York que se convirtió en el asesor más eficaz de Viktor Orbán, y antes de Trump, abanderado de la Europa reaccionaria y comprometido en una lucha sin tregua con los valores reaccionarios.

Estos ingenieros del caos, según el autor, “están reinventando una propaganda adaptada a las redes sociales, y al hacerlo, están transformando la naturaleza misma del juego democrático”. Se trata de anular la intermediación (partidaria, por ejemplo) y la democracia representativa, sustituyéndola por la acción contestataria, como en el caso de los “chalecos amarillos”. Lo que importa no es el contenido, sino el “me gusta” y la adhesión inmediata. No trata de lograr consensos en torno a mínimos comunes (acuerdos), sino el inflamar las pasiones, la polarización y la aglutinación en los extremos. El algoritmo de los ingenieros del caos “diluye las viejas barreras ideológicas y rearticula el conflicto político sobre la base de una oposición maniquea entre “el pueblo” y las “élites”. En el caso del Brexit, así como en el de Trump y el de Italia, el éxito de los nacional-populistas se mide por su capacidad de hacer saltar por los aires la división izquierda-derecha y captar votos de todos los enojados, no sólo de los extremistas de derecha”. Y se concluye diciendo que el populismo contemporáneo se nutre “de dos ingredientes que no tienen nada de irracional: la ira de algunos ámbitos de la clase trabajadora, que se alimenta de motivos sociales y económicos reales; y una maquinaria de comunicación imponente, originalmente concebida con fines comerciales (en Sllicon Valley), que se ha convertido en el principal instrumento de quienes quieren multiplicar el caos”

3. CONCLUSIÓN

A tenor de la polarización, la desmesura y la falta de consensos políticos existentes en la UE, del debilitamiento del eje franco-alemán que ha sido esencial en los avances europeos, de los egoísmos nacionales, del debilitamiento de la socialdemocracia en muchos países, del auge de la extrema derecha y de las diferencias que se manifiestan actualmente entre los países europeos respecto a la “autonomía estratégica” europea, no es fácil apostar a que la UE dé el paso hacia una unión política.

Es difícil, sin embargo, que pensando en que no hay otra alternativa si quiere tener un futuro no irrelevante y que eso es lo que desean la mayoría de los ciudadanos de la Unión, no tener la esperanza de que, de nuevo, la demostrada resiliencia de la Unión no vuelva a dar un salto en esa dirección de la Europa política y federal. El artículo de Draghi de hace unos días, publicado en varios grandes periódicos del mundo, pidiendo pasar a una Unión Fiscal, me ha renovado la esperanza. Sus argumentos son irrebatibles. La UE ya no tiene que enfrentarse a políticas diferenciadas sobre las normas presupuestarias entre países miembros, sino a choques comunes e importados como la pandemia, la crisis energética y la guerra en Ucrania. Antes, federalizamos con la pandemia; ahora tenemos y tendremos que federalizar para los objetivos comunes, como la defensa, la transición verde, la digitalización. Es lo que hace Estados Unidos. Y, si no lo hacemos, ¿cómo cumplir nuestros objetivos climáticos, de seguridad, de política industrial? Y termina Draghi su propuesta diciendo que hay que aprovechar la propuesta de la Comisión de revisión de las normas fiscales para hacerlo. Y también, dado que requerirá el cambio de los Tratados, hay que aprovechar las próximas incorporaciones de países del Este a la UE para hacerlo. Evitando los errores del pasado, en los que se han hecho las ampliaciones en la periferia sin fortalecer el centro de las decisiones.

Por otra parte, y sin la importancia del artículo de Draghi, me ha llamado la atención, positivamente, la iniciativa de Macron de realizar un encuentro, el pasado 30 de agosto, en presencia de la Primera ministra y de los presidentes de las tres Asambleas francesas –Parlamento, Senado y Comité Económico, Social y Medioambiental– con los líderes de los 11 partidos representados en el Parlamento para hablar, sin teléfonos, sin ayudantes, e intentar buscar, pese a las diferencias, elementos comunes al servicio de los franceses, de aquí al final del mandato. En la reunión estuvieron todos, duró 12 horas, entre las 3 de la tarde y las 3 de la madrugada. Y todos consideraron positivo el encuentro, que se va a repetir. Las posiciones que puedan salir de ese o esos encuentros son susceptibles de convertirse en propuestas de ley o de ser sometidas a referéndum. También va a haber otro encuentro parecido con los interlocutores sociales, incluso con el tema de las pensiones sobre la mesa. No será fácil que consigan muchos consensos, pero el intentarlo y conseguir alguno ya me parece positivo, en un clima tan polarizado como el existente, también en Francia donde, y durante varios meses, las calles han estado ocupadas por los disturbios.

En el contexto que he tratado de reflejar, a partir de varias lecturas, para actualizar y estabilizar la democracia, sería fundamental buscar todos los consensos posibles para afrontar a la vez el desafío identitario, el económico-social y el ecológico. Para ello es también necesario ser conscientes de que tales miedos están influidos por el paradigma neoliberal. Y volver al ejemplo de cuando, tras la Segunda Guerra Mundial, junto al objetivo de la paz se abordó también el Contrato Social, con el que pasamos del Estado liberal al Estado Social y Democrático de Derecho, pactado por las fuerzas reformistas fundadoras de la Comunidad Europea, dando paso al capitalismo de los “treinta gloriosos”.

Todo ello va a depender en gran parte de lo que pase en las elecciones del año que viene en Estados Unidos y en las europeas al Parlamento Europeo. Y de lo que podamos hacer para reducir la polarización y desmesura del debate político. Y la explosión de las desigualdades a escala planetaria, elemento crucial para actualizar y salvar la democracia.

Lecturas relacionadas:

  • L’Europe: changer ou périr. Nicole GNESOTTO.
  • Extrême droite et autoritarisme partout, pourquoi?: La démocratie au risque de ses contradictions. Alain Caillé.
  • Los ingenieros del caos. Giuliano da Empoli.
  • Alternativas económicas y Sociales frente a la crisis. Artículo de José María Zufiaur. ¿Es necesario recuperar el objetivo del pleno empleo?
  • Constitucionalismo crítico. Artículo de Miguel Ángel García Herrera. Estado económico y capitalismo financiarizado: propuesta para un constitucionalismo crítico.

 

 

 

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