ARGUMENTOS PROGRESISTAS N.º 56, abril-mayo 2024

GUERRA SEMIÓTICA: PERROSANXE VS LA FACHOSFERA

Miguel Martín (Licenciado en Filosofía, Doctor en Periodismo y miembro de DIACRONÍA)

 

El ciclo político inaugurado en España por el 23J está marcado por un fenómeno mediático muy significativo que refleja la importancia que tiene hoy en día el uso de las redes sociales a la hora de generar y fortalecer corrientes de opinión en la esfera digital sobre muy diversas cuestiones, especialmente de carácter político. Porque tal y como postularon los estudios semióticos sobre cultura de masas de mediados del siglo XX, momento en el que dominaban teorías como la de la aguja hipodérmica o de la couch potato, los procesos comunicativos no son unidireccionales

Por un lado, se presenta un emisor y por otro, un receptor. Pero tanto quien elabora y emite el mensaje como quien lo recibe e interpreta, tienen un papel activo en la comunicación, ya que entran en juego diferentes modos de codificar y descodificar la información transmitida, así como numerosas estrategias de persuasión y manipulación que tratan de influir sobre la fase interpretativa que se da en toda experiencia comunicativa.

De hecho, como tantas veces repitió el semiólogo Jorge Lozano en sus lecciones sobre Semiótica de la Comunicación de Masas, este tipo de procesos debe leerse — al igual que el árabe– de derecha a izquierda, dado que quien configura un determinado mensaje lo hace usualmente con el fin de que aquello que desea contar pueda ser significativo para alguien concreto. Es decir, el sujeto responsable de comunicar algo suele hacerlo sobre la base de una prefiguración de su destinatario, en función de la cual imprime una determinada forma a su mensaje. De ahí, por ejemplo, que las industrias culturales traten cada vez más de producir películas o series que puedan ser consumidas por públicos muy específicos y no tanto por una suerte de público general informe y homogéneo.

En ese sentido, quien elabora un producto comunicativo, sea el que fuere, lo hace con la esperanza de que éste pueda ser interpretado de una determinada forma por un tipo de destinatario previamente imaginado. No obstante, aquél al que se dirige este producto no tiene por qué interpretarlo tal y como desea el emisor, ya que una misma producción textual (un cuadro, una canción, un spot publicitario, una noticia, una palabra, etc.) puede ser leída de formas muy diversas, generando, así, todo tipo de reacciones y respuestas contradictorias e indeseadas. Entre ellas se encontraría una muy significativa en el entorno mediático actual: la guerrilla semiológica. Término acuñado por Umberto Eco y Paolo Fabbri en los años 60 para referirse al fenómeno cultural y mediático por el que aquellos que comúnmente han sido considerados como meros receptores pasivos de la información que otros hacen circular, son capaces de organizarse para modificar el sentido de lo que se les hace llegar a través de distintos canales comunicativos, tales como los mass media.

En España, dentro del ámbito político, fue especialmente relevante esta forma de organización en las elecciones que se produjeron inmediatamente después del 11-M, cuando miles de personas, durante la jornada de reflexión, exigieron ante la sede del Partido Popular de Madrid que contase lo que el Gobierno de entonces estaba ocultando a la ciudadanía respecto a los atentados de Atocha. Una movilización sin precedentes que se tradujo en una inesperada mayoría electoral del PSOE, que posibilitó, a su vez, la investidura de José Luis Rodríguez Zapatero.

En el caso de las Elecciones Generales de 2023, la situación era muy distinta, pero sucedió un fenómeno mediático destacable. El presidente Pedro Sánchez, tras la pérdida de poder institucional de su partido en las elecciones municipales y autonómicas, se enfrentaba a una reelección en la que su principal adversario, Alberto Núñez Feijóo, daba por segura su victoria. La única duda que se planteaba era la de si su Gobierno dependería de Vox o podría establecer otro tipo de mayorías en el Congreso. La campaña de desprestigio contra la figura de Sánchez parecía haber dado sus frutos y el ánimo en las fuerzas progresistas estaba bajo mínimos, especialmente entre los socialistas, que, a pesar de que no habían sufrido una debacle electoral, vieron cómo la fragmentación del conjunto de la izquierda impedía que se pudieran conformar gobiernos en importantes territorios como la Comunidad Valenciana, Extremadura o Canarias.

En estas circunstancias, se desencadenó un fuerte activismo en redes sociales donde lo que hasta ese momento se había empleado como un insulto, se convirtió en una seña de identidad: “Perro Sánchez” se transformó en “PerroSanxe” y comenzaron a proliferar todo tipo de creaciones en la esfera mediática que realzaron su figura y su capacidad para sobreponerse a las adversidades. Una especie de relato mitológico que, a la luz de los resultados, fue infinitamente más efectivo que cualquier spot electoral.

Por supuesto, contribuyó la actitud desafiante que Sánchez o el mismo Zapatero mostraron en entrevistas con Pablo Motos, Ana Rosa o Carlos Herrera. Sin embargo, esto probablemente no habría sido suficiente si no hubiese venido acompañado de un movimiento fan que convirtió cada una de sus victoriosas intervenciones en una gesta contra aquellos que se habían conjurado para derrotarlo de forma definitiva. Se configuró, así, de modo espontáneo, una guerrilla mediática que trasladó el escenario de campaña a un espacio virtual en el que cualquier usuario podía sentirse partícipe de la batalla electoral que estaba teniendo lugar entre los que querían poner fin al “sanchismo” y los que deseaban que Sánchez siguiese como presidente. Fue un auténtico fenómeno social en el que muchas personas vivieron de manera apasionada su simpatía por esta figura, y organizaron parte de su vida cotidiana para crear y compartir contenidos que ensalzaban a “PerroSanxe” y su aparente imbatibilidad, como si de un superhéroe se tratara. Se llegó hasta el punto de presentar antiguos tweets de su perfil en Twittercomo si se trataran de predicciones futuras o profecías.

Finalmente, esta movilización dio sus frutos y Feijóo, a pesar de su intento de investidura, comprobó cómo su partido era incapaz de conformar una mayoría alternativa a la del PSOE, que sí logró los apoyos necesarios para que Sánchez encabezara un nuevo Ejecutivo.

En estos primeros compases de legislatura, si bien el activismo en redes se ha relajado, se ha introducido en el discurso político un término que puede resultar relevante en los próximos años desde el punto de vista comunicativo: la “fachosfera”, una suerte de neologismo con el que el Presidente ha comenzado a referirse a todos aquellos agentes políticos y mediáticos que tratan de deslegitimar su acción de Gobierno y lo califican de totalitario y traidor a la nación española. Un término que hasta el momento parece haber resultado efectivo, sobre todo de cara al PP, que ha visto neutralizada su campaña contra el “sanchismo”.

Ahora bien, si algo debe tomar en cuenta el actual Gobierno de coalición, especialmente el PSOE, es que, si se abusa de este concepto, el de “fachosfera”, al igual que lo ocurrido con el insulto de “Perro Sánchez”, éste también puede llegar a ser resignificado por aquellos que se sientan aludidos. Lo que, a su vez, puede propiciar que la palabra “facha” se convierta en motivo de orgullo, como ha sucedido con el término “zorra” a través de la canción que se ha popularizado gracias al Benidorm Fest. Al respecto, Bertrand Ndongo, más conocido como “el negro de Vox”, ya protagonizó un intento frustrado con el tema “Superfachas”, un rap interpretado junto a la activista Sofía Rincón en el que se decían cosas tan sorprendentes como que “el facha no nace, se hace” o, refiriéndose a la bandera española, que con ella se pueden “lanzar bolas de fuego” y “rayos de energía” como muestra del poder que tiene el “facheo” y ser “superfacha”. Una auténtica parodia de sí mismos.

 Sin embargo, que esto haya resultado fallido no significa que no pueda surgir en el futuro cercano una corriente mediática que revindique su “facherío” y no se avergüence de ensalzar públicamente los valores que sustentan este tipo de tendencias ideológicas. Atendamos, sin ir más lejos, a cómo se están canalizando las protestas del sector agrícola tanto a nivel europeo como a nivel nacional, señalando como el origen de sus problemas la apuesta por el desarrollo sostenible, las políticas proteccionistas del medio ambiente y la satánica Agenda 2030. Obviando, al mismo tiempo, todo lo relativo al acaparamiento de tierras por parte de fondos de inversión, los efectos del calentamiento global sobre la disponibilidad de agua y la degradación del suelo que provocan los monocultivos, la ganadería intensiva y el uso abusivo de pesticidas y herbicidas.

Desde posturas progresistas puede resultar irracional e incomprensible que este tipo de discursos pueda llegar a triunfar, pero lo cierto es que, en situaciones de incertidumbre y desesperación, la búsqueda de chivos expiatorios, conspiraciones y respuestas fáciles es una constante a lo largo de la historia. Porque en esas circunstancias lo que deseamos es que nuestros problemas se resuelvan de forma inmediata. Anhelamos volver a un pasado ideal que nunca existió y renunciamos a reflexionar sobre nuestro grado de responsabilidad respecto a lo que sucede. Por ejemplo, para alguien que ha perdido su trabajo debido al cierre de una fábrica en su localidad, es más fácil asumir que el cambio climático es un invento de una malvada élite que quiere perjudicar a su país, que tratar de entender por qué la empresa para la que trabajaba se deslocaliza a un país del Sur Global.

El “poder del perro” fue efectivo para afrontar el 23J, pero ¿será suficiente para enfrentarse a las múltiples corrientes de opinión que nazcan de la desinformación en los próximos años? Imaginar que Sánchez es un héroe con poderes y capacidades extraordinarias puede ser consolador a corto plazo. No obstante, en el mundo en el que vivimos, en el que todo lo que hacemos se entreteje e hibrida con la esfera digital, es fundamental traducir el activismo de las redes sociales en propuestas e iniciativas que, además de responder a los retos y desafíos de nuestro tiempo, logren integren a nuestras respectivas comunidades en su desarrollo y realización.

Necesitamos pasar de lo virtual a lo material, de la potencia al acto, del poder ser al ser, y entender que lo que sucede en nuestra vida digital, si no se complementa con acciones en nuestro día a día, no tendrá ningún efecto sobre la modificación de las condiciones materiales de nuestra realidad. Una realidad que, cada vez más, está siendo colonizada por movimientos reaccionarios que nos inducen a anclarnos a la nostalgia, al mismo tiempo que nos impiden imaginar futuros más deseables y nuevos horizontes.

Como señala Pablo Francescutti en su libro Historia del futuro. Utopías y distopías después de la pandemia, estamos faltos de sueños convincentes y bien articulados. Es decir, de relatos que nos generen adhesión y nos involucren dentro de un proyecto que nos entusiasme e ilusione. Al respecto, el mundo digital, lejos de ayudarnos, puede convertirse en un muro infranqueable que imposibilite la relación con nuestros iguales, condición sin la cual no se puede emprender ningún tipo de acción comunitaria que sea transformadora, ya que, en los procesos de digitalización, como señaló Jorge Lozano, se privilegia el like y la declinación del “yo” (“yo creo”, “yo opino”, “yo pienso”, “I like…”) sobre cualquier forma de diálogo.

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